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domingo, 16 de octubre de 2011

El árbol de la vida: un acto de fe

Para Calix, sin cuya insistencia no hubiera escrito esto

Tras haber estado pensando en El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011), creo que, como película sobre el Misterio, para apreciarla pide literalmente de un acto de fe: como en la experiencia religiosa, requiere de una creencia en ella a priori para disfrutarla. Uno tiene que decidir que le va a gustar para que le guste, como los discípulos de Jesús debían subir a su barca y creer para comenzar a entender y apreciar lo que les decía el Maestro. Imagino que esto es un defecto, porque una obra de arte debería tener suficientes elementos per se para poder apreciarla sin condiciones previas; por otra parte, creo que, al mismo tiempo, toda obra de arte que no sea abiertamente irónica, paródica, sobre todo si es ambiciosa, seria, y busca emocionar, requiere de un pequeño acto inicial de fe por parte del receptor. Si uno se acerca con cinismo —justamente, con mala fe—, resulta muy sencillo que hasta la más sublime creación seria sea susceptible de la parodia. Lo explica muy bien el agrio narrador de Maestros antiguos, de Thomas Bernard: “Lea a Kant con insistencia y con más insistencia aún y de pronto le dará un ataque de risa […] En el arte se puede ridiculizar todo” (las cursivas son del autor).

El problema de El árbol de la vida es que está al límite (si no lo sobrepasa) de la delgada línea roja que separa lo lírico y lo grandioso serio de lo kitsch. Uno puede sobrecogerse con su espectacular remontada al origen del mundo, que implica por parte del autor aceptar a portagayola el reto de la cita de Job con que comienza la película, respuesta del mismo Dios a Job al porqué del mal: “¿Dónde estabas al fundar yo la tierra, / Dímelo si tanto sabes, // entre la aclamación de los astros matutinos y los aplausos de todos los hijos de Dios?” (Job, 38, 4-7); porque solo desde esa perspectiva puede uno asumir el absurdo y aceptar los designios de un Dios que lo abarca todo, como ocurre en la película… O puede decidir que se trata de un conjunto de imágenes de archivo de National Geographic, o un power point de los que circulan por Internet. Por no hablar del desierto —la experiencia del desierto, tan religiosa— y posterior ¿paraíso?, que (con más dificultad) puede comprenderse, mientras suena el Lacrimosa de Zbigniew Preisner, como una epifanía del hijo mayor tras de su crisis; o bien como una ilustración en movimiento de los Testigos de Jehová si no, como dicen algunos maliciosos, como un anuncio de seguros…

Cartel tomado de VesCine
El árbol de la vida es una película moderna en el sentido de anterior a la posmodernidad: no solo no renuncia a la posibilidad de una obra de arte que pueda aprehenderlo, comprenderlo todo, sino que convierte esto en el asunto mismo de la obra, a la manera de Virginia Woolf o Walt Whitman (“creo que una brizna de hierba no es inferior a la jornada de los astros”). Malick intenta una narración total, con un narrador que se sitúa más allá de la omnisciencia, que trata de abarcar desde el big-bang al zigoto pasando por la intimidad de los personajes mediante la voz en off. Pero, paradójicamente, dicha totalidad se resuelve mediante el fragmento inconexo, lo discontinuo (otra característica moderna): no como un todo coherente y ligado, sino como reunión de fragmentos. El cartel de la película es una magnífica expresión gráfica de lo que pretende ésta: una yuxtaposición que quiere ser exhaustiva, que apunta a un sentido pero donde no se nos ofrece la ilación de la trama: como la vida misma. Una narración que, por tanto, funciona más como un poema o una partitura y, donde más que un hilo narrativo, hay que buscar la lógica discursiva (redundante, rítmica, simbólica), de un poema. El problema es que nuestra sensibilidad estética es posmoderna: se ha acostumbrado al fragmento que no busca el todo, al microrrelato, al videoclip; a la parodia, a la broma, a la ironía; al sinsentido sin mayores preocupaciones. Y a veces es casi inevitable no ver momentos de El árbol de la vida como una parodia de sí mismo: directamente como una parodia que hicieran los Simpson sobre El árbol de la vida. No sé si ésta a veces bordea efectivamente el ridículo, o si es que tenemos el gusto estragado de cinismo.

Si de la fe se dice que no se sabe si uno cree o si uno quisiera creer, yo no sé si El árbol de la vida me gusta, o si tan solo me gustaría que me gustara.

domingo, 2 de octubre de 2011

Amor al arte

Aun a riesgo de parecer que estoy haciendo la homilía del domingo, quiero decir que lo que más me impresionó de la representación de anoche de La voz humana en el Teatro Tamayo, con Verónica Plata en el papel protagonista, Héctor Eliel Márquez al piano, con dirección de Rafa Simón, es la realización misma del proyecto. En un mundo donde, ya casi de forma automática, lo primero que uno se pregunta es qué puede sacar de algo, qué va a reportar, quién nos lo paga, resulta instructivo y emocionante saber que todavía puede juntarse un puñado de personas para hacer algo por el gusto de hacerlo, porque es divertido, porque merece la pena: literalmente, por amor al arte. Por amor al arte ha habido incontables horas de ensayos, preparación, conversaciones; por amor al arte un puñado de personas han trabajado de asistente de sala, de responsable de los subtítulos, de iluminador, regidor... Sin cobrar nada, sin esperar por ello una promoción personal; tan sólo, repito, porque merecía la pena hacerlo, y que un público lo viera. Y con unos resultados a la altura de la dedicación, el entusiasmo y la profesionalidad de los participantes.

Esto no puede hacerse siempre, claro: de algo hay que vivir. Pero puede hacerse: alguna vez, en el tiempo libre, que es más del que solemos creer. Para mí ha sido una lección y me ha dado que pensar. Sobre la cultura en tiempos de crisis; sobre nuestro papel como espectadores y personas intersadas en el arte que siempre esperan que sea otro, por lo general una institución pública, quien haga el trabajo o ponga el dinero -ay, las célebres subvenciones a la cultura- para el espectáculo que queremos ver.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La piel que habito

Nota: en esta crítica no hay spoilers.

En La piel que habito se produce algo sorprendente: se trata de uno de los pocos casos en los que una película le falta metraje, cuando lo normal suele ser lo contrario. En ella se producen una serie de procesos, de transformaciones, una evolución en la psicología de los personajes, que requerirían de un mayor detenimiento, no tanto para que el espectador los comprenda, sino para que los sienta y se vuelvan, por tanto, verosímiles e interesantes. Por ejemplo, la película debería haber tenido un tramo voyeurista importante y, sin embargo, sólo se nos ofrece una breve escena incapaz de rendir cuentas de la obsesión del protagonista. Este desarrollo también habría hecho más creíble —o menos relevante el hecho de su posibilidad, más una licencia artística— el hecho central de la película que, salvo por una capacidad notable de suspender la incredulidad (probablemente vinculada con una simpatía a priori por la obra de Almodóvar), bordea lo ridículo: basta con atender a su relato por parte de la protagonista al final de la película a otro personaje: no se sostiene y suena a chiste, cuando el momento debería ser de patetismo y anagnórisis.

La puesta en escena es buena: Almodóvar sabe hacer cine. La historia presenta, como no, ideas notables. Pero cuando una obra de arte queda mejor explicada en sus intenciones que exhibida ella misma, malo, y eso es lo que ocurre con La piel que habito (como ya ocurría, por ejemplo, con La mala educación): que aparecen ideas, relaciones interesantes cuando uno se para a pensar sobre ella después, pero no mientras se está viendo: los elementos están ahí pero apresurados (y no se trata de que estén tan sólo sugeridos, según exigencias de la modernidad, para que el espectador haga el trabajo). O sea, que, aun siendo mejor película que la farragosa Los abrazos rotos, también es un trabajo fallido de Almodóvar.

domingo, 7 de agosto de 2011

Sobre la lista de películas

Mi amigo Calixto me pide razón de las películas de la lista del post anterior. Tiene lógica. Dejo aquí, algunos apuntes sueltos, hechos sobre la marcha, vacacionales.

Lo primero: en general, la lista de películas es buena por la sencilla razón de que están seleccionadas. Entre la consabida falta de tiempo y la edad, uno ya no ve cualquier cosa sino que se pone a ello con cierta deliberación. Incluso lo malo o lo que es sólo para divertirse un rato.

De las películas vistas en el cine, de estreno, la mejor ha sido Two Lovers. El retrato que hace de las relaciones amorosas en toda su complejidad -a partir de un motivo tan manido como el de un hombre que no se decide entre dos mujeres a las que ama- es melancólico, poético, sutil, con moral pero sin moralismos; es una película excelentemente rodada, sin pretensiones, con intimismo y eficacia. Fue un descubrimiento. También me gustó mucho La red social, esa típica película que algunos menosprecian tan sólo porque no parece tener un tono elevado o superficialmente retórico en el guión. Recuerdo que me sorprendió el ritmo, que remedaba al de las propias relaciones en Internet. Origen me gustó mucho, como todo lo de Nolan: creo que ha conseguido aunar profundidad, espectáculo e imaginación, aparte de reflexionar sobre la propia tarea de hacer cine, que consiste en urdir sueños y montarlos después; me gustaría volver a verla porque no se deja a trapar a la primera. Valor de ley también me pareció excelente, clásica, rotunda. El cisne negro también me gustó, a pesar de algunas irregularidades; pero se arriesga a emocionar y a cierta profundidad cuando lo normal viene siendo ser irónico y quitar hierro, y eso me ganó; aparte de que el principio es precioso. El discurso del Rey me resultó entretenida, pero algo convencional. De Medianoche en París admito que no es una gran película, pero yo quise ver un guiño irónico y sentimental a las aspiraciones culturales, ni siquiera secretas,de tantos gafapasas como somos de medio pelo, quizá las del propio Allen, y me resultó emotiva y enternecedora por eso. Cuando estuve en la Shakespeare and Co. había gente en los divanes escribiendo en Moleskines; jóvenes y no tanto. Daba algo de vergüenza ajena, sí, pero al mismo tiempo resultaba enternecedor.

La mayoría de los otros títulos son muy conocidos y habría poco que decir. Soy fan de Píxar, y creo que Los increíbles es la mejor película de superhérores que se ha hecho (con permiso de El caballero oscuro). No había visto antes Bambi y fue una sorpresa: me pareció una película poética, profunda y terrible, casi nietzscheana, con ese subrayado del retorno cíclico de las cosas en el que se diluye la muerte (tremenda la elipsis entre la lágrima furtiva de Bambi, el fundido a negro y los pájaros cantando después en plena primavera); y esa presencia dañina del ser humano a quien nunca se le ve, sino tan sólo su rastro de destrucción.

Me sorprendió mucho también Metrópolis. La gente se asombra de ciertas tonterías actuales en 3D tan sólo porque no han visto lo que se hacía en los años 20, y con menos recursos. Me reí con ganas con Los caballeros las prefieren rubias. Creo, sin asomo de nostalgia, que ya no se hacen películas tan graciosas. Y, con nostalgia, que ya no existe ni esa elegancia ni ese glamour.

De las películas más gafapastosas, me gustó mucho Blow-up (creí que iba a ser más aburrida y pretenciosa), su reflexión sobre la mirada y la realidad, tan de la época -pleno estructuralismo francés-, y ese mostrarte las cosas casi en tiempo real, como si estuvieras allí. Teorema sin embargo, me pareció que había envejecido mucho, las angustias existenciales de los protagonistas, tan enternecedoras hoy (¡un empresario que cede la fábrica sus obreros porque está hastiado de vivir en la mentira burguesa!); me pareció interesante, pero ya como historia del cine. Café y cigarrillos era simpática, con alguna historia interesante (la de las hermanas, en el hotel), pero no termino de entender el revuelo. Creo que es porque no sé de música popular, y no pillaba las referencias.

domingo, 8 de mayo de 2011

El bluff ninja

La crisis ninja y otros misterios de la economía actual es un claro ejemplo de libro-pelotazo: su origen es un breve texto del autor, Leopoldo Abadía, explicando el origen de la crisis financiera que circuló con gran éxito en internet -efectivamente muy interesante y clarificador- y que ocupa desde la página 20 a la 34 del libro. ¡14 páginas! El resto, 204 páginas, es un puro relleno para componer un volumen  que vender a un precio razonable. Con todo, eso no es lo peor: lo peor es el tono increíblemente simplón y simplista del discurso general (a excepción del citado texto sobre la crisis): trata a los lectores de imbéciles explicandoles, como a niños con un severo retraso cognitivo, obviedades; y finge hacerlo con el recurso de fingirse el propio autor, en una descarada captatio benevolentiae, como alguien que tampoco sabe mucho y que tiene que ir preguntándolo todo por ahí. Si del hecho de que este libro haya sido uno de los más vendidos de los últimos tiempos pudiera deducirse el nivel intelectual del lector español sería para preocuparse. El tono es tan empalagosamente optimista y humilde que al final crea una especie de chantaje moral: parece que si criticas este libro, como yo lo estoy haciendo, eres una especie de cínico sin corazón. Puedo imaginar al autor, un simpático anciano con cara de monja, leyendo esta crítica y asintiendo de modo complacido y paternalista, y luego replicar a ello con algún tipo de elogio indulgente, perdonándome, comprendiéndome, como el remedo de un personaje salido de una película de Marisol. He conocido gente así. Dan grima y, al mismo tiempo, uno, chantajeado, quiere que lo quieran. Terrible.

Por si fuera poco, Abadía, usando como camuflaje el citado optimismo humilde, deja ahí, como quien no quiere la cosa (pero queriéndola), un discurso moralmente reaccionario (sobre el que se previene incluso con ironía: "¡Qué horror! Una norma moral objetiva", titula un apartado, p. 135); discurso tramposo que mezcla conceptos válidos (pero obvios), como la necesidad del esfuerzo, la responsabilidad y los valores éticos compartidos, con colar de rondón la idea de que dichos valores provienen de una suerte de moral natural objetiva que, casualidad, viene a coincididr con la propugnada por el catolicismo; el libro incluye incluso una parte final de consejos tan obvios como ñoños para las parejas, donde el transfondo oscuro consiste en dejar bien claro que éstas están naturalmente compuestas por un hombre y una mujer. En este sentido, lo único divertido es cómo, en idéntico tono buenista, le arrea unas críticas tremendas desde el sentido común a los años de gobierno de Zapatero, sin nombrarlo y sin acritud, pero entendiéndosele todo. Oye, a lo mejor así, sin dar nombres, es capaz de convertir a algún hooligan de esos que están contra el gobierno sin saberlo, y que dicen las cosas que dice Rajoy mientras no se lo nombres...

Un libro para usar y tirar. Casi mejor para tirar sin usar. En realidad, lo mejor es hacerse con el informe inicial y tirar el resto.

Entretanto, el autor ha escrito otros dos tres libros más, me parece que sin tanto éxito.

domingo, 1 de mayo de 2011

Las cosas de Ravel

Cualquier aficionado a la música sabe que Ravel posiblemente sea el mejor orquestador de la historia de la música. Su capacidad para generar colorido y timbres insólitos y crear atmósferas musicales es asombrosa. Ahí queda, por ejemplo, esa combinación sorprendente de trompeta, piccolo y celesta en una de las repeticiones de la melodía principal del Bolero...

Ayer, la OCG interpretó magníficamente, dirigida por Salvador Mas, una de sus obras más bonitas: Le tombeau de Couperin. Con la excusa de un homenaje a la música francesa del XVIII -por la brevedad, el encanto y el equilibrio-, Ravel consigue una música evocadora, de una naturaleza trascendida con toques de paganismo (uno quiere ver a las criaturas mágicas pululando por un bosque ideal). Asistir a la interpretación una obra de Ravel es toda una experiencia porque puedes apreciar la sutileza de las combinaciones de instrumentos, y ver de forma literal los efectos sonoros que se van produciendo y que, en una grabación, se perciben más o menos pero que no siempre se sabe de dónde provienen.

Por ejemplo ayer, en el Minueto, durante el trío -que podría evocar una suerte de rara marcha o procesión pagana, tan al gusto de los impresionistas-, había de fondo un sonido inquietante que contribuía a la atmósfera enrarecida. Al principio no identificaba de dónde provenía, hasta que me di cuenta, para mi asombro: eran los contrabajos realizando, pianissimo y en notas agudas, armónicos -presionando apenas la cuerda con el dedo, en lugar de apretar. Maravilloso. Qué ocurrencia. Nunca lo había apreciado al oírlo en disco.

El concierto, por cierto, se completó con el Requiem de Fauré. Mas lo llevó con un tempo muy lento, que contribuía a  reforzar la trascendencia, en este caso plenamente cristiana, de la obra. Había tensión y cierto sobrecogimiento en los intérpretes, sin renunciar a la dulzura; a la soprano solista se le escapó una lágrima tras el Agnus Dei... Fue uno de esos conciertos que emocionan al escucharse y que quedan para el recuerdo.

lunes, 18 de abril de 2011

Semana cultural antes de la Santa (y III)

El jueves 14, presentación del primer tomo de la Poesía completa de Javier Egea (Bartleby Editores) en la librería Nueva Gala. El (casi) todo Granada de del mundillo literario presente; los ausencias, igual de significativas. Morbo, expectación. La cosa no defraudó. El testaferro de la viuda, participante en la edición, enumeró, con voluntad de aclarar malentendidos y tergiversaciones, la sucesión de hechos en torno a los litigios por el legado del poeta tras su muerte y el intento de soslayar la publicación de su obra y poner bajo sospecha las actuaciones de la viuda. Desconozco la veracidad de sus afirmaciones, pero lo que decía sonaba contundente, y aludió varias veces a diversos juicios ganados. Hacía tiempo que en la presentación de un libro no se aludía de un modo tan crudo y claro a las relaciones entre lo escrito y lo real, en lugar de las habituales vaguedades y generalidades que no comprometen a nada. Después, sin poder quedarnos hasta el final (había varias botellas de tinto sobre una mesa con mantel, y otras de blanco enfriándose), Antonio Carvajal, Pepe Cabrera y yo nos subimos al Carmen de Rodríguez Acosta, a la inauguración de la exposición de retratos del fotógrafo Francisco Fernández. Decir que había lo de siempre, en este caso no es un demérito: pulcritud, composición, oficio y penetración psicológica en unos retratos impecables. Lo bueno de la exposición era que podías cotejar los retratos con los retratados, porque casi todos estaban allí.

El viernes 15, concierto de la OCG. Un programa breve (menos de una hora), pero exigente, compuesto por piezas para cuerda, densas y sombrías. El adagio y fuga de Mozart K 546 es una extraña meditación de su autor sobre Bach que hace que haya que rendirse a los tópicos sobre lo inabarcable de su genio. La obra casaba muy bien con la siguiente, las Tres piezas líricas de Berg, por lo que tiene de cotejo entre las dos escuelas de Viena y por subrayar sus evidentes lazos de continuidad. Por último, la Segunda sinfonía de Honegger , tan angustiosa y opresiva, liberada por fin en un final brillante con trompeta ad libitum añadida. La orquesta estuvo sensacional, matizada y finísima bajo la dirección de Arturo Tamayo.

domingo, 17 de abril de 2011

Semana cultural antes de la Santa (II)

El lunes 11, lectura del poeta Bruno Doucey en la Biblioteca de Andalucía. La cosa versaba sobre Lorca. En una primera parte, el poeta -un madurito interesante- leyó unas notas sobre La casa de Bernarda Alba (en francés, con alumnos de traductores haciendo de intérpretes), y luego leyó su largo poema Chant Funèbre pour Federico García Lorca, también en francés, esta vez sin ninguna traducción, pero acompañado por dos guitarristas. El autor leyó muy bien su obra, con timbrada emoción, y las guitarras, flamencas y un punto posmodernas, ayudaban a crear ambiente. Pero lo cierto es que se incidió en los tópicos lorquianos más obvios, además con un marcado carácter orientalista, esto es, la sempiterna fascinación del francés culto por la (supuesta) pasión andaluza, racial, de un Lorca junto a su (más supuesto aún) compromiso con las minorías, raciales y sexuales. La sala, una de las pequeñitas de la biblioteca, estaba abarrotada.

El martes 12, Metrópolis (Fritz Lang, 1927) en el Cine Club universitario. La última versión restaurada y remontada tras haber encontrado en una filmoteca de Buenos Aires fragmentos inéditos -cuyos intertítulos hubo que traducir del español al alemán original. Ciento cuarenta minutos. Espectacular. Del año 27, y luego a la gente Avatar le parece original y moderna. Escenas memorables, como cuando la gran máquina se convierte en Moloch devorador de hombres en la imaginación del protagonista; El estupendo McGuffin de la máquina como un reloj cuyas agujas hay que ajustar continuamente a las luces que se encienden (variante del castigo de Sísifo); el primer plano de la espalda del empresario dictador, que se encoge de hombros ante la suerte de sus semejantes; el sermón filmado sobre la Torre de Babel... La idea, tan perversa, de crear una Eva -referencia a La Eva futura- con la que pervertir la labor redentora de María (qué interpretación, la actriz, qué mutación de ángel a demonio)... El final, tan complaciente y ñoño, de reconciliación entre clases, no puede borrar la inquietud deshumanizada de toda la película, y la desadosegante volubilidad irracional de las masas. Y el célebre robot, cuyos primeros planos consiguieron darme miedo... En fin, que a pesar de la redundancia cansina de algunos momentos, que se hacían pesados (que probablemente necesitaban los espectadores de la época, menos hábiles en el lenguaje visual), fue una experiencia extraordinaria. El medidadior entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón.

El miércoles 13, compra de las entradas para la 60 Edición del Festival de Música y Danza, y, por la tarde-noche, fallo del premio de Poesía Villa de Peligros. Las entradas, por una vez, resultó fácil y relativamente rápido comprarlas. Lo hice para la Tercera de Mahler, dirigida por Metha; la Segunda de Mahler y La Creación de Haydn por la Orquesta del Festival de Schleswig-Holstein -en la primera obra, acompañados por el Coro de la OCG; para la ópera Aynadamar (Lorca visto por extranjeros, una vez más, veremos en qué queda); y para el último de Barenboim, que tocará un concierto de Mozart y la Tercera de Bruckner, aunque no sé si finalmente podré ir.

sábado, 16 de abril de 2011

Semana cultural antes de la Santa (I)

La semana pasada la tuve tan repleta de actividades culturales que merece un resumen.

El viernes 8, concierto de Barbara Hendricks en el Auditorio Manuel de Falla. Una de las grandes sopranos de todos los tiempos, pero ya con una edad. Una gira crepuscular por lugares que no se la podían permitir en la plenitud de su carrera, imagino. Con todo, el concierto no fue ni mucho menos un bolo: dio un recital de dos horas que incluyó lieder de Schubert, Mahler, Barber y las Siete canciones populares de Falla. El resultado fue técnicamente impecable pero el instrumento, la voz, estaba al límite de sus posibilidades: pesante, metálica con tendencia a irse al registro grave. Mereció la pena. Dio tres propinas: Delibes, el Ave Maria de Schubert (una de sus grandes creaciones; precioso el pianissimi que hizo en la última repetición), y un espiritual negro. El espiritual fue sobrecogedor y perfectamente apropiado para las condiciones actuales de su voz. Si hubiera venido con un recital de espirituales hubiera sido un concierto para la historia de la ciudad; con todo, lo es, en cierta medida.

El sábado 9 fuimos a Andújar a la comunión del sobrino de Rafael, que la hacía solo, el pobre, porque en mayo, en Jaén, un alérgico al olivo solamente puede huir de la provincia. No es un acontecimiento cultural público, aunque las anécdotas darían para un post mucho más interesante que el presente. Cantaron el propio Rafael y un grupo de amigos; uno de ellos, Conchi, acompañó con una viola. El cura sacó esa agresividad territorial que aflora en algunos sacerdotes cuando se acerca alguien de fuera a su parroquia, en lugar de agradecer el posible enriquecimiento, y trató de boicotear el acto: primero dijo que para qué cantar en latín habiendo tantas canciones bonitas en español -para que cantar a Mozart estando Gabaráin, vaya-; esto lo dijo bajo un enorme zócalo del altar mayor con un lema en latin. Luego suprimió alguna de las obras que traían preparadas porque él ya tenía canciones previstas. Previstas para cantarlas él solo, a voz en cuello, como si estuviera oficiando una Misa Negra, esto es, una parodia de la Santa Misa. La combinación fue, cuando menos, peculiar.

La misma tarde del sábado, directamente desde el banquete de la comunión, sin pasar por casa, volvimos al Auditorio a escuchar al Cuarteto Ensemble Vega y a Antonio Carvajal, que interpretaban Las siete palabras de Cristo en la cruz de Haydn. Carvajal leyó sus poemas sobre las Siete palabras precediendo a cada uno de los movimientos que Haydn compuso ilustrarlas musicalmente (más la Introducción y el Terremoto finale). Maravilloso: Antonio recitó espléndidamente, sobrio, contenido, claro, despacioso, grave y solo. La versión de la obra para cuarteto (Haydn realizó hasta tres: para orquesta y coro, para orquesta sola y para cuarteto de cuerda), resulta la más apropiada para nuestra sensibilidad contemporánea, por la reducción que implica de todo el discurso musical a sus líneas maestras y su mínima expresión, lo que hace además, que aflore de modo más claro la lógica de la obra y su relación con el texto. El cuarteto estuvo soberbio, preciso y matizado.

El domingo 10, como colofón a un día dedicado a reponernos de la intensidad del anterior, fuimos a ver El discurso del Rey (Tom Hooper, 2010). Bonita, emotiva, simpática, decorosa; quizá no mucho más. Perfecta en cualquier caso para una tarde tranquila de domingo que culminar con un helado en Los italianos.

sábado, 2 de abril de 2011

Crítica teatral de Se ha escribido un crimen

Para los lectores del blog que no me sigan ni en Facebook ni en Twitter, dejo aquí el enlace a mi última crítica de teatro para Granada Digital sobre la obra Se ha escribido un crimen.

Fotografía: Rafa Simón


Negro Cañí

domingo, 20 de marzo de 2011

Crítica teatral de Humor Platónico

Aprovecho para una actualización del blog y que éste no languidezca del todo, la última crítica teatral que he escrito para Granada Digital sobre el espectáculo Humor platónico. Cuando tenga menos trabajo (ando, sobre todo, preparando clases), podré publicar aquí con más frecuencia.

Foto de la obra por Rafa Simón


El teatro Alhambra, en fiestas

Enlazo la crítica al margen del periódico porque Granada Digital hace lo que quiere con mi texto por lo que respecta a la puntuación y disposición del texto, y porque los enlaces expiran al tiempo. Dicho enlace, mientras dure, es éste.

miércoles, 9 de febrero de 2011

La casa de Bernarda Alba

Nueva crítica de teatro para Granada Digital. Esta vez de La casa de Bernarda Alba en la versión realizada por TNT-El Vacie con gitanas analfabetas del barrio de las tres mil viviendas y que ha tenido, por razones obvias, cierta repercusión en los medios. Pensé en titular la crítica El coño de la Bernarda, pero este tipo de cosas, ay, ya no puede hacerse.

Al final de la función, entre los aplausos y la mirada paternalista de la única actriz profesional que actúa en la obra (y que la organiza y dirige), la actriz que hacía de Bernarda se dirigió al público: Queremus dedicá la obra a ese muchachu, García Lorca, qui disen que estaba mucho con gitanus. Literal, más o menos. El mito crece.

¡Calla, paya!

domingo, 30 de enero de 2011

La función por hacer

Retomo el blog después de un parón largo, de esos cíclicos que sufre cuando a su autor lo desbordan el trabajo, las circunstancias o la apatía. Comencemos por poco, con humildad: dejo aquí enlace a la última crítica teatral escrita para Granada Digital sobre la obra La función por hacer. Incluyo la fotografía realizada por Rafa, porque esta nueva entrada tras tanto tiempo sea más vistosa, y porque creo que es de las mejores que ha hecho, y el periódico, por negligencia técnica, no le ha sacado todo el partido que se merecía.


El teatro a escena

Ya tuvimos ocasión de ver esta misma obra hace un tiempo en Madrid. Se hacía en el hall del teatro Lara, a medianoche, cuando había terminado la función "oficial" que se representaba en el teatro propiamente dicho. Con un aforo mínimo, unas cuantas sillas desiguales distribuidas en corro alrededor de un vacío central que hacía las veces de escenario, se representaba todas las noches, supongo que para que resultara rentable. El caso es que funcionó el boca a oreja, y la obra se convirtió en una de las revelaciones de la temporada pasada en Madrid. También, por lo que nos dijeron, en una suerte de obra para actores. El día en que nosotros fuimos nos encontramos con que entre el público, compartiendo el mismo exiguo espacio que nosotros, estaban, entre otros, Aitana Sánchez Gijón, Maribel Verdú, Miguel Rellán, o Rosa María Mateo, lo que tuvo su gracia añadida a la función. Lo cierto es que en aquel espacio mínimo y compartido, con los actores moviéndose entre el público, la obra funcionaba mejor que en el escenario del Alhambra, aun cuando trataron de reproducir en éste unas condiciones análogas.

lunes, 1 de noviembre de 2010

La nueva temporada del Alhambra

Se me acumulan las cosas por hacer y el blog se me resiente sin que por ello, ay, parece que despeje el cúmulo de tareas. En fin. Aquí -mínimo hilo de continuidad- enlazo la crítica de la primera obra de la temporada de este año del Teatro Alhambra a la que hemos ido: María Estuardo, de Schiller. La foto, Magnífica, de Rafael


El poder de las palabras y las palabras del poder

sábado, 9 de octubre de 2010

Salinger



Salinger es uno de esos escritores (otro buen ejemplo es Borges) que vuelve una y otra vez sobre los mismos temas y lo hace, además, de la misma forma. Esto, al menos, deja las cartas sobre la mesa para el lector: puede decidir tras una cata breve que no necesita leer sus obras completas (y lo más probable es que con cierta irritación), o bien se hace admirador de él una forma personal, esto es, esperando justamente las reiteraciones, consciente de los defectos, e incluso por —o al menos con— esos defectos. En mi caso, sin irritación, tengo que decir que con El guardián entre el centeno y los Nueve cuentos, ya he tenido bastante como para hacerme una idea. Pero puedo entender, aunque a mí no me interese mucho, por qué a tanta gente le gusta y es considerado un autor de culto.
Salinger siempre habla de lo mismo: de personas que tienen algún grado de excentricidad y por ello son capaces de percibir, desde un punto de vista enajenado y melancólico, la anormalidad que subyace bajo las convenciones y los usos sociales normales. Bien se trate de niños o adolescentes que aún conservan una mirada prístina, genuina, y que se resisten a entrar en el mundo adulto, al que los abocan sin remedio; bien se trate de adultos que, por algún tipo de trauma (en los nueve cuentos casi siempre es haber participado en la guerra) han quedado descompaginados y perplejos ante lo que antes era su mundo cotidiano. Desde el punto de vista formal, Salinger también utiliza siempre los mismos recursos (y hay que decir que los utiliza muy bien): o nos encontramos con narraciones en primera persona, donde quien narra es el personaje excéntrico, y de ese modo nos aporta su peculiar punto de vista sobre el mundo, casi siempre mediante un lenguaje coloquial y un tono sarcástico que en el fondo desvela un profundo desvalimiento; o hay un narrador omnisciente que, a la manera de Hemingway, se limita a narrar acciones o a describir detalles externos, materiales, objetivos, y a reproducir diálogos, de forma que es el lector quien debe decidir qué está sucediendo tras ese acopio de hechos, casi siempre triviales (que un personaje añora la vida que pudo tener si hubiera tomado otras decisiones, o que se está enamorando, etcétera.) Esta es, quizá, la gran virtud de Salinger como escritor, y un recurso que, en estos tiempos en los que los escritores tienden a dar demasiadas explicaciones, habría que estudiar e imitar. Cómo el lector puede comprender qué está sucediendo y cómo son los personajes en relatos como "Un día perfecto para el pez plátano" o "Linda boquita y verdes mis ojos" a través de las conversaciones entre éstos y los gestos triviales, sin asomo de simbolismo fácil, que realizan mientras hablan (casi siempre por teléfono, además) es de una maestría envidiable.

Imagino que lo que les gusta a los fans de Salinger es identificarse con el punto de rebeldía original y tierna de los protagonistas. Saberse diferente en un mundo adocenado. Eso, claro está, es lo que no me gusta a mí. Es posible que en los tiempos de la publicación, la actitud de los personajes fuera genuinamente rebelde y original. Luego (también como sucede con Borges), han salido tantos imitadores y admiradores de estos rasgos, que uno que, inevitablemente, ha leído a veces antes a los discípulos degradados que al maestro, ya no puede, ay, evitar poner a éste también bajo sospecha de cierta cursilería.

domingo, 3 de octubre de 2010

Reinauguración del Auditorio Manuel de Falla

Por fin ha vuelto a abrir el Auditorio. Lo hizo con la OCG, progrma, como no, de Falla, y Estrella Morente como guest star. Fuimos con invitación del Granada Digital, a cambio de crónica del acontecimiento y foto de Rafael. Aquí os dejo el enlace a ambas. La crónica tiene su puntito de pimienta.

Y la música volvió a su casa de Granada

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Las necesidades sexuales y el doble rasero socialdemócrata (Millenium II)

La única persona que entendía la pasión sexual que Silvio Berlusconi sentía por Michelle era su esposa, y la entendía porque él se había atrevido a hablarle de sus necesidades. No se trataba de infidelidad, sino de deseo. El sexo con Michelle le daba un subidad que ninguna otra mujer era capaz de darle, incluida Veronica [su mujer]. [...]


Junto con Veronica había explorado el sexo con dos mujeres -una de ellas una destacada galerista- y descubrió no sólo que su mujer presentaba marcadas inclinaciones bisexuales y que él mismo casi se paralizó de placer al sentir cómo dos mujeres la acariciaban y satisfacían simultáneamente, sino también que experimentaba una sensación placentera difícil de interpretar al ver cómo su esposa era acariciada por otra mujer. [...]


Su vida sexual con Veronica, por tanto, no resultaba ni aburrida ni insatisfactoria; lo que sucedía era que con Michelle la experiencia se le antojaba completamente diferente.


Ella tenía talento. Aquello, simplemente, era SJB. Sexo Jodidamente Bueno.


Tan bueno que él lo vivía como si hubiese alcanzado un equilibrio óptimo entre Veronica como esposa y Michelle como amante, según sus necesidades. No podía vivir sin ninguna de las dos y no pensaba elegir.
Valiente machista, Silvio; y rijoso ¿no es verdad? Repugnante. El problema es que el sujeto de estas acciones no es Silvio Berlusconi. He aplicado el mismo método que utilizó Gombrowicz para probar la verdad y la coherencia de un discurso: cambiar el sujeto. "Un día puso Alemania en un discurso donde los nacionalistas de su país escribían Polonia y la verdad resplandeció en todo lo alto." En realidad el sujeto principal del texto de arriba no es Silvio Berlusconi, sino una mujer, Erika Berger, una de las protagonistas de Millenium de Stieg Larsson. Donde dice la esposa, Veronica, debe decir Greger, el marido de aquélla; y el amante es Mikael Bloomkist, el héroe de la serie. De repente el párrafo no es machista, o la fantasía inverosímil de un varón que proyecta el deseo de tener una mujer sumisa y complaciente. De repente el texto habla de una mujer liberada y moderna; de una relación civilizada.

La clave la encontramos en la propia novela, un poco después del pasaje citado; la injusticia previa que la absuelve:

Mikael era un hombre; podía ir de cama en cama sin que nadie arqueara una ceja. Ella era una mujer y el hecho de que tuviera un amante -contando, incluso, con la bendición de su marido y considerando, además, que llevaba veinte años siéndole fiel a su amente- daba lugar a unas intersesantísimas conversaciones de sobremesa (Larsson: La chica que soñaba... p. 162).

Este es otro ejemplo del doble rasero que nutre toda la novela y que es un síntoma, o signo, de los tiempos.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Stieg Larsson, los hombres, las mujeres y el progresismo de hoy

Acabo de terminar La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, la segunda parte de la trilogía de Stieg Larsson. Después de leer el primero hace más o menos un año, no estaba seguro de querer leer ninguno más: me había entrenido, pero no me había entusiasmado; y no son breves. Comencé éste por curiosidad y tengo que admitir que me enganché. Engancha y divierte, qué duda cabe, a pesar de algunas prolijidades y trampas.

Ahora bien. Desde un punto de vista ideológico, se trata del libro más socialdemócrata -en la acepción irónica que emplea Arcadi Espada-, más políticamente correcto que he leído en la cuestión de las relaciones entre hombres y mujeres (que es el tema que vertebra la trama de los dos libros que yo he leído hasta ahora). Está al borde de la parodia, pero no lo es. Es más bien un síntoma.

Los principios fundamentales del progresismo en materia penal, a saber, la presunción de inocencia, el derecho a defensa y a juicio justo, y que la pena por un delito no implique castigo físico, no rigen en él para los hombres en relación con las mujeres. Sencillamente porque los hombres son culpables ontológicos. La injusticia secular que han cometido anula culaquier posibilidad de ser injusto con ellos: es imborrable, un pecado original sin Dios que pueda redimirlo. Lo que tanto odia la progresía, el ataque preventivo y el "algo habrá hecho", es, sin embargo, aplicable a los varones. Por eso en la novela una mujer policía, garante de la Ley, puede abofetear a un colega por un insulto, en lugar de denunciarlo, mientras que una situación opuesta sería un acto atroz de violencia de género. Por eso la protagonista puede torturar a un ser humano: el hombre era un putero que se acostaba con mujeres menores. Los únicos hombres que pueden librarse (el grupo de protagonistas buenos, incluido un boxeador cuya fuerza bruta es necesaria en el desarrollo de la trama) son los que asumen su culpa y se pasan toda la novela pidiendo, literalmente, perdón por si un comentario ha podido ser sexista, y subrayando la absoluta libertad e independecia de sus compañeras de aventuras.

En lugar defender el argumento de razón, de progreso, de que los hombres constituye una abstracción -hay este hombre o aquel hombre-, y que por tanto este hombre o aquel hombre no son responsables de la la conducta volenta de aquel otro hombre o este otro hombre, cierto progresismo actual se siente fascinado por esa suerte de injusticias o derechos atávicos de grupo, producto de una no menos atávica injusticia histórica. Historicismo, grupo -colectividad-, injusticia (¿rémoras de un marxismo al que todavía se apela de modo subconsciente?): es lo que justifica en mayor o menor medida, a los ojos socialdemócratas a nacionalistas, terroristas no occidentales y a las mujeres. La culpa del varón mítico; la culpa de un Occidente no menos mítico.

La idea seminal que subyace a esta novela es misma que ha hecho posible en España una Ley, real, material, como la de Violencia de Género, donde un varón es culpable per se. Puedo imaginar a Bibiana Aído leyendo La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y disfrutando con delectacción y diciendo para sí, "tooma" cada vez que una mujer propina una patada o un insulto a un varón, que lo merecía, por presuntuoso. Porque la novela está concebida para eso.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Los veranos del Corral

Esta es la crítica que he escrito para Granada Digital de las tres representaciones dadas por la compañía Teatro para un instante dentro del ciclo Los veranos del Corral celebrados durante el mes de agosto en El Corral del Carbón.

Qué no se acabe nunca este Instante