jueves, 9 de abril de 2009

Los planos rotos de Almodóvar

Si tuviera que definir la ambivalencia que me ha producido Los abrazos rotos podría hacerlo con la frase de una canción de Serrat que dice algo así como "me gusta todo de ti pero tú no". La película explica muy bien per negationem lo que es una estructura y cómo una obra de arte lo es por excelencia: en Los abrazos rotos se produce una sucesión de escenas magníficas -una de ellas me parece una de las cumbres del cine de Almodóvar-, de interpretaciones soberbias (la de José Luis Gómez es una de las mejores que he visto en mucho tiempo), de atinadas referencias cinéfilas, de juego de espejos..., pero que no terminan de funcionar juntos. Como sucedía en La mala educación, la impresión final era de que se contaba de una manera formalmente muy compleja una historia tan sencilla que casi no era historia y que, por tanto, lo que le interesaba al director era el alarde formal en sí, lo que comunicaba a la película un aire forzado y fallido en contraste, por ejemplo, con Volver, que fluye como dotada una gracia natural y donde parece que no sobra ni falta nada. Y, no obstante, en La mala educación, al final de esa complejidad se percibía un trasfondo que la justificaba en parte: explicar las relaciones entre la realidad y la memoria, simbolizada mediante el acto de convertir en película los propios recuerdos. Sin embargo, en Los abrazos rotos nada parece justificar el montaje en forma de rompecabezas, aparte de que éste en sí no funciona: el resultado final carece de ritmo y hay demasiados flecos que se quedan sueltos (sobre todo el del personaje de Ernesto Martel jr.). Da la impresión de que en el proceso de descubrimiento de la historia, al desarrollar el guión o durante el propio rodaje, la trama no termine de cuajar -las piezas de encajarse- pero Almodóvar haya continuado por pura obstinación; quizá porque hay un momento en que una película está tan avanzada que, simplemente, ya no puede pararse o abandonarse; la frase final de ésta, "las películas hay que terminarlas aunque sea a ciegas", parecería confirmar esta idea y ser una suerte de justificación de un director que no sólo no es tonto sino quizá excesivamente consciente de su trabajo.

lunes, 6 de abril de 2009

Slumdog Millionaire y los valores universales

Por lo que respecta a la cuestión poscolonial, Slumdog Millionaire adolece del rasgo más característico que señala esta teoría crítica: la exhibición en la película de un mundo no occidental en todas sus peculiaridades, exotismo y colorido -aparentemente, por tanto, como una invitación a descubrir lo otro- pero donde la ideología y los valores que mueven a los protagonistas son plenamente occidentales; aquellos se presentan así como lo natural y lo extrapolable a cualquier realidad del mundo; se trata del discurso casi siempre interesado de que el hombre o, directamente, el alma, la naturaleza, etc. humana es, sustancialmente, idéntica en todas partes: en el fondo, por diferentes que parezcan, son como nosotros.

Las dos líneas de fuerza de la película apuntan en esta dirección. En la primera, la historia de amor, comprobamos que el protagonista encarna la idea occidental de amor romántico en todo su esplendor. No obstante, en ningún momento se nos permite plantearnos si su educación musulmana en el contexto de la India (misoginia, castas, matrimonios concertados) hace verosímil en Jamal esa idealización de la amada, la búsqueda de su felicidad a costa de la propia, su consideración de compañera en igualdad de condiciones etc. Quizá es verosímil porque Jamal ha visto esos comportamientos en películas occidentales que ya forman parte de su educación sentimental pero, en cualquier caso, la película no lo plantea así, sino simplemente como el comportamiento esperable en el protagonista de un melodrama romántico. Por cierto, por lo que respecta a la actitud pasiva de ella, como princesa a la espera de ser rescatada, la teoría feminista, que corre parejas a la poscolonial, también tendría muchas cosas que decir...

La segunda línea de fuerza plantea a lo largo de toda la película una idea típicamente "oriental", dando a la historia un toque de exotismo y magia: la idea de que el destino de Jamal "estaba escrito": al principio de la película se plantea, a modo de pregunta del concurso, la cuestión de por qué Jamal consigue lo que consigue y esa es una de las posibles respuestas. El presentador del programa enunciará la misma idea después; Jamal la hará suya y, al final de la película, vuelta a formular la pregunta, aparecerá marcada como la respuesta correcta. Sin embargo, toda la historia es un desmentido radical a este presupuesto: si algo es SM es el triunfo de la voluntad individual de Jamal frente a la adversidad del destino. En una de las mejores escenas de la película, la de la letrina, se caracteriza con gran acierto a Jamal como alguien dispuesto a cualquier cosa para lograr lo que desea. Así, so capa de un fatum oriental, lo que la película plantea en realidad es justo la idea occidental contraria, cuya máxima expresión es el sueño americano: que con esfuerzo y voluntad se pueden superar las barreras de clase, lo que desplaza la atención de la existencia de éstas en sí y las difícultades reales de romper dichas barreras.

La mezcla entre la tenaz voluntad individual y el "estar escrito" emparenta a Slumdog Millionaire con El Alquimista de Paulo Coelho, donde se dice (cito de memoria): "Cuando deseas algo de veras el universo entero conspira para que lo consigas" y la confirma como una película destinada a enviar un mensaje complaciente por esperanzador, al gran público.

jueves, 2 de abril de 2009

Slumdog Millionaire o que todo cambie para que todo siga igual

El otro día vi por fin Slumdog Millionaire. Hacía unos días que en clase había terminado de explicar tanto el concepto de midcult como la teoría poscolonial. Una pena: de haber visto antes la película, se la habría indicado a mis alumnos como ejemplo de lo primero, y hubiéramos podido realizar un análisis de ésta en términos de lo segundo.

Según Dwight MacDonald, una obra de arte es midcult (peyorativamente, "de cultura media") cuando toma prestados al "arte elevado"-sobre todo a la vanguardia pero no sólo- elementos que ya han sido asimilados para crear un producto destinado a las masas pero con un tono de "calidad". Surge así una obra en apariencia original y transgresora, pero en realidad pefectamente domesticada y consumible por el gran público, que no sólo no rompe sus expectativas -como sí hace el arte verdadero- sino que las refuerza, y, aparte del placer que le produce la obra en sí (que lo tiene todo para gustar), el espectador medio obtiene el placer añadido de verse a sí mismo consumiendo una obra "rompedora", "independiente", etc. Que todo cambie para que todo siga igual, como dijo el clásico; el producto de siempre con un maquillaje de modernidad. Pues bien, esto es Slumdog Millionaire.

S. M. tiene un cominenzo in media res, una factura visual fragmentada, con destellos de imágenes y montajes paralelos, sobre todo al principio, sin haber dado información suficiente al espectador, una estructura en forma de flashbacks, y escenas oníricas, deformadas, planos inclinados... (por cierto, todo ello impecablemente realizado, las cosas como son). Todo reconocible como "alternativo", pero nada que pueda sorprender verdaderamente al espectador medio. También tiene sus gotitas de cine social y de denuncia, pero sin que tampoco lleguen a incomodar, y su posible crudeza va debidamente diluida en la necesaria ternura, emoción, compasión y, sobre todo, la idea implícita de que con la debida voluntad y limpieza de corazón, es posible salir de ahí.

Ahora bien, tras este maquillaje moderno (ma non troppo) se oculta una red de clichés dispuesta a desmentirlo y a darle al público lo que quiere: una historia de un amor más fuerte que todas las dificultades (amor vincit omnia) que comienza además desde la infancia. El hermano amigo-rival, alter ego, en perpetua lucha contra su tendencia al mal y que acaba por redimirse (¿habrá visto Raza, Danny Boyle?). La princesa que tiene que ser rescatada. El soberbio (el presentador) que humilla al protagonista humilde quien, conforme aprende y adquiere aplomo acaba por humillar al soberbio (y cómo disfrutamos con ello). Te espararé en la estación a las cinco (ay, Ilsa, siempre nos quedará Bombay). Etcétera. O sea: los mimbres del melodrama de toda la vida.

La pirotectnia visual no puede ocultar la férrea estructura de guión clásico de Hoollywood: el diseminar detalles aparentemente irrelevantes para luego, al final, recogerlos: Rafael, que es siempre muy listo para esas cosas, supo desde el principio cuál sería la última pregunta del concurso. La advertencia del hermano redimido a la princesa: "por el amor de Dios [ah, el énfasis], no te separes del teléfono" (un estilema puro del cuento de hadas); el plano detalle del móvil dejado en el asiento. Y el público, siempre tan perspicaz: fue aparecer dicho plano, y exclamar una mujer, al fondo de la sala: "ay, que se lo va a dejar". Y luego, cuando el protagonista escoge el comodín de la llamada: "ay, que la va a llamar a ella". A la señora no se le escapaba una, menos mal que estaba allí para aclarárnoslo al resto: era sin duda la receptora modelo de la película.

¿Cómo una película "independiente" ha podido triunfar en los óscar estando Benjamin Button, quintaesencia del cine de la academia americana?, preguntan asombradas algunas almas de cántaro. Porque SM es una película de una completa ortodoxia hollywodiense con un lavado de cara. Que todo cambie para que todo siga igual.

En conclusión: la obra está muy bien llevada: técnica y artísticamente es impecable, está claro que el director es un profesional de la cosa, y se deja ver. Pero está concebida tan descaradamente para gustar, en el peor sentido del término, para llevárselo calentito en la taquilla y en la crítica más impresionable y acomodaticia, que resulta decepcionante.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Un poema de terror

En el recital del otro día se leyó un poema de Juan Ramón que me resultó muy sugestivo e inquietante mientras lo escuchaba. Luego, en casa, lo releí y confirmé la impresión. Se trata de un poema con anécdota y me recordó, en su mezcla decadente de erotismo, ensueño, amenaza y muerte, a algunos pasajes de Drácula y, como ellos, me produjo hasta un cierto escalofrío. Creo que podría hablarse de un poema de terror en toda regla, y se me ocurren pocos precedentes (por lo general, en ellos lo lírico supera a lo terrorífico). Aquí el equilibro es perfecto. Lo copio a continuación. Pertenece al libro Jardines lejanos, en la sección "Jardines galantes".

Somos tres: Magdalena, Francina
y yo. Nadie nos ve... Las estrellas
están tristes. La luna ilumina
de tristeza el blancor de las bellas.

Huele a rosas abiertas. Los gnomos
de las fuentes en luz, han huido...
Magdalena, Francina y yo, somos
la visión de este parque dormido.

...Yo no sé lo que somos... Las bocas
de ellas ponen su fiebre en la mía.
Tengo miedo... Parecen dos locas
que me quieren volver la alegría.

Tengo miedo... Sus bocas me hieren
como bocas de víboras... Rojos
fuegos tienen sus ojos... ¡Ay! quieren
que esta noche yo cierre mis ojos...


viernes, 20 de marzo de 2009

La música de Juan Ramón Jiménez

El pasado miércoles, la Cátedra Federico García Lorca organizó un acto precioso, una de esas ideas a la vez originales y evidentes que al verlas materializadas nos hacen pensar cómo no se han hecho antes: aprovechando que dos libros de la poesía primera de Juan Ramón Jiménez (Arias tristes y Jardines lejanos) incluyen al comienzo de sus distintas secciones las partituras de algunas piezas musicales (característicamente lánguidas y de salón) a modo de cita con la que marcar el tono de los poemas, se montó un concierto-recital consistente en interpretar dichas obras y leer algunos poemas de cada sección. La música (Elogio de las lágrimas, Serenata, Tú eres la paz, de Schubert, la Gavota de Gluck, Dolor sin fin de Schumann y una Romanza sin palabras de Mendelsssohn), casaba a la perfección con los poemas de triste dulzura y romanticismo un punto ingenuo del primer Juan Ramón:

Un piano ha llorado, a lo lejos,
la serenata de Schubert

El piano que ha llorado
la divina serenata,
me ha matado dulcemente
en la noche perfumada.

Y al triste son de sus notas,
muerto y solo con mis lágrimas,
he descendido al jardín
a consolar a mi alma.

Dulce piano, ¿qué tienes
dentro de ti, que así matas
al corazón que te escucha
tras la entreabierta ventana?

¿Qué es eso que desde ti
tan tristemente me llama
y me hace bajar llorando
al jardín lleno de almas?

La noche sufre en silencio;
tibia noche de nostalgias
¡qué amarga es tu primavera
de brisas y de fragancias!

¿Quién piensa en el cuerpo? Todo
esta noche tiene lágrimas,
las estrellas están tristes,
la luna muerta, y el agua

de la fuente llora tanto
que da fatiga escucharla:
lloraré como la luna
y las estrellas y el agua.

Hay que llorar... El piano
preludia ya otra sonata;
mi corazón siente frío;
noche, llévate mi alma

a donde vayan las notas
del piano, a donde vayan
tus tenues brisas, a donde
vayan tus finas fragancias.


Para terminar, y conmemorando el centenario de la muerte de Albéniz, se recitó el impresonante poema escrito por Juan Ramón a la muerte de aquél, "A Isaac Albéniz en el cielo de España", uno de cuyos versos dice: "Sevilla, Triana, El Puerto...", y a continuación se interpretó, de Albéniz, justamente Sevilla, Triana y El Puerto, a las que se sumaron para concluir el concierto, Rondeña, y Polo.

El recitado de los poemas corrió a cargo de quien tuvo la idea, a la sazón director de la cátedra, Antonio Carvajal. Los pianistas fueron Javier Cembellín y Belén González Domonte. Es de justicia señalar, sin menoscabo de la magnífica interpretación de aquél, que la pianista estuvo soberbia, una de las mejores interpretaciones que yo haya escuchado en tiempo: fraseo elegante y giusto en el Gluck, para cambiar completamente de atmósfera (pedal y ensoñación) en Schumann; y Albéniz... Ah, Albéniz: casi increíble la limpieza y precisión sonámbula de toda la trabazón de filigranas diabólicas de la Rondeña. Una velada para recordar. Que haya muchas más, amén.

lunes, 16 de marzo de 2009

domingo, 15 de marzo de 2009