domingo, 17 de octubre de 2010

París. Día primero: La Shakespeare and Co (I)


Volvimos a cruzar a la orilla izquierda del Sena y desandamos el camino. A la altura de Notre Dame, a mano derecha, al otro lado de la calle, entreví una librería. Cuando busqué cómo se llamaba no podía creerlo: ¡Era la Shakespeare and Co! Yo creía que estaba en St-German-des-Prés, justo una calle más abajo, no en la ribera del Sena. Pero cuando nos acercamos, no había duda: era la librería de Sylvia Beach, la de Joyce, Hemingway… Entramos. En efecto, era una librería inglesa (todos los libros que alcanzaba a ver estaban en inglés), vieja, con olor a libro viejo, destartalada, irregular, estrecha (había que ceder el paso a los otros ocupantes al cruzarse con ellos), atestada de libros: perfecta. En los rincones libres y alrededor de los dos mostradores, tenía fotos de sus viejas glorias. En una vitrina sobre el mostrador central (en ángulo frente a la puerta, como la quilla de un barco) había algunos ejemplares antiguos de Hemingway, Stein o Joyce. Otra cosa curiosa en que no había reparado hasta entonces: era ya tarde y, sin embargo, la librería estaba abierta y había gente deambulando por ella.

La recorrí mirando aquí y allá, reconociendo algún título suelto (me pareció que había muchas obras de Martin Amis) pero sin poder fijar la atención. Al fondo, tras una cortina ajada, descorrida, en un pequeño ensanche, un muchacho alto estaba desparramado sobre un sillón, leyendo (no hojeando como quien duda si comprar o no) las cartas de amor de Dylan Thomas. Pasado este descansillo se giraba la izquierda y, tras otro breve pasillo, podía girarse a la derecha (la librería es una estrechísima irregular U), o bien subir por unas escaleras. Subí. Por toda la pared de la escalera estaban dibujados de forma tosca y naif, enmarcados en óvalos,  los principales autores en lengua inglesa vinculados de un modo u otro con la librería, o más bien con París a principios del siglo veinte: Edith Warthon, Hemingway, Joyce, Gertrude Stein, Djuna Barnes, Henry Miller…; también estaban Scott Fitzgerald y la generación beat; lo cierto es que me gustó verlos allí. En la segunda planta, más estanterías por todas partes. Aquí los libros que había parecían claramente ser libros viejos. La escalera desembocaba en una sala con una ventana al fondo: la de la fachada del primer piso. Antes de entrar en ella, a mano izquierda, había un diminuto cubículo de paneles —no se podía entrar de pie—, ornado con una ristra de luces, como las de los árboles de Navidad, en cuyo interior había un asiento y una vieja máquina de escribir. Un cartel invitaba los visitantes a escribir en ella si lo deseaban. A mano derecha, justo antes del cubículo de la máquina de escribir, en recodo, se abría otra habitación. En dos de las paredes, encajonados entre estanterías, se escondía sendos camastros, no muy limpios, uno de ellos con su almohada, como listo para acostarse. Entonces recordé que Terenci Moix cuenta en sus memorias que se podía pasar la noche en la Shakespeare and Co (no recuerdo si había algún tipo de requisito para ello, vinculado con la literatura) y que él mismo pernoctó allí un tiempo, cuando se fue a París en plan bohemio. Supuse que la cama sería algún vestigio de aquella tradición. En la sala también había un piano de pared, empotrado entre estanterías, haciendo esquina con el camastro. También había un cartel que invitaba a tocarlo.

sábado, 9 de octubre de 2010

Salinger



Salinger es uno de esos escritores (otro buen ejemplo es Borges) que vuelve una y otra vez sobre los mismos temas y lo hace, además, de la misma forma. Esto, al menos, deja las cartas sobre la mesa para el lector: puede decidir tras una cata breve que no necesita leer sus obras completas (y lo más probable es que con cierta irritación), o bien se hace admirador de él una forma personal, esto es, esperando justamente las reiteraciones, consciente de los defectos, e incluso por —o al menos con— esos defectos. En mi caso, sin irritación, tengo que decir que con El guardián entre el centeno y los Nueve cuentos, ya he tenido bastante como para hacerme una idea. Pero puedo entender, aunque a mí no me interese mucho, por qué a tanta gente le gusta y es considerado un autor de culto.
Salinger siempre habla de lo mismo: de personas que tienen algún grado de excentricidad y por ello son capaces de percibir, desde un punto de vista enajenado y melancólico, la anormalidad que subyace bajo las convenciones y los usos sociales normales. Bien se trate de niños o adolescentes que aún conservan una mirada prístina, genuina, y que se resisten a entrar en el mundo adulto, al que los abocan sin remedio; bien se trate de adultos que, por algún tipo de trauma (en los nueve cuentos casi siempre es haber participado en la guerra) han quedado descompaginados y perplejos ante lo que antes era su mundo cotidiano. Desde el punto de vista formal, Salinger también utiliza siempre los mismos recursos (y hay que decir que los utiliza muy bien): o nos encontramos con narraciones en primera persona, donde quien narra es el personaje excéntrico, y de ese modo nos aporta su peculiar punto de vista sobre el mundo, casi siempre mediante un lenguaje coloquial y un tono sarcástico que en el fondo desvela un profundo desvalimiento; o hay un narrador omnisciente que, a la manera de Hemingway, se limita a narrar acciones o a describir detalles externos, materiales, objetivos, y a reproducir diálogos, de forma que es el lector quien debe decidir qué está sucediendo tras ese acopio de hechos, casi siempre triviales (que un personaje añora la vida que pudo tener si hubiera tomado otras decisiones, o que se está enamorando, etcétera.) Esta es, quizá, la gran virtud de Salinger como escritor, y un recurso que, en estos tiempos en los que los escritores tienden a dar demasiadas explicaciones, habría que estudiar e imitar. Cómo el lector puede comprender qué está sucediendo y cómo son los personajes en relatos como "Un día perfecto para el pez plátano" o "Linda boquita y verdes mis ojos" a través de las conversaciones entre éstos y los gestos triviales, sin asomo de simbolismo fácil, que realizan mientras hablan (casi siempre por teléfono, además) es de una maestría envidiable.

Imagino que lo que les gusta a los fans de Salinger es identificarse con el punto de rebeldía original y tierna de los protagonistas. Saberse diferente en un mundo adocenado. Eso, claro está, es lo que no me gusta a mí. Es posible que en los tiempos de la publicación, la actitud de los personajes fuera genuinamente rebelde y original. Luego (también como sucede con Borges), han salido tantos imitadores y admiradores de estos rasgos, que uno que, inevitablemente, ha leído a veces antes a los discípulos degradados que al maestro, ya no puede, ay, evitar poner a éste también bajo sospecha de cierta cursilería.

domingo, 3 de octubre de 2010

Reinauguración del Auditorio Manuel de Falla

Por fin ha vuelto a abrir el Auditorio. Lo hizo con la OCG, progrma, como no, de Falla, y Estrella Morente como guest star. Fuimos con invitación del Granada Digital, a cambio de crónica del acontecimiento y foto de Rafael. Aquí os dejo el enlace a ambas. La crónica tiene su puntito de pimienta.

Y la música volvió a su casa de Granada

sábado, 2 de octubre de 2010

París. Día primero: Paseo por la tarde


Tras la siesta de casi dos horas, estábamos preparados para salir otra vez. Volvimos hacia el centro por el mismo camino que por la mañana: Bd. Beaumarchais, Bastilla, Bd. Henri IV hasta llegar a la Île St. Louis. Pero esta vez, en lugar de entrar en la Isla, seguimos por el pont du Sully, en cuyo centro hay una enorme imagen, de apariencia fascista, envuelta en su propio, rígido ropaje como de una virgen (más adelante supimos a quién representaba y quién la había hecho). Nos asomamos un momento al patio del Centro de Estudios árabes para ver la bonita fachada, que aúna estética orientalista y alta tecnología: imita un artesonado árabe, o una celosía, pero en realidad son placas cuyas aberturas circulares se abren y se cierran por un sistema de células fotoeléctricas en función de la luz. Todo parece indicar que no funcionan, quizá por fidelidad de la tecnología al modelo estético.

Por la ribera izquierda del Sena, pronto vimos el lateral de Notre-Dame que da al norte. La vista, entre la arboleda del muelle, era verdaderamente preciosa bajo un cielo encapotado. Para cuando llegamos al Pont au Change comenzó a llover con fuerza. A mí no me gusta que me llueva, y sólo llevaba un minúsculo paraguas de bolsillo, pero lo cierto es que me alegré. Las calles se habían quedado casi sin gente. Volvimos la vista para ver la fachada principal de Notre-Dame y tuvimos nuestra estampa: la plaza desierta y la catedral tras una lánguida cortina de agua: por supuesto, la naturaleza imita al arte.

Seguimos disfrutando del paseo por el centro casi desierto de París bajo la lluvia. Llegamos al pont Neuf. Lo cruzamos empapándonos de las vistas a uno y otro lado. A poniente el cielo encapotado se desgarraba y dejaba pasar una luz algo violenta de bronce, preciosa, justo para recortar la punta de la torre Eiffel a lo lejos. Entramos en la isla por su ribera norte. En la esquina de la Coniergerie, palacio de justicia, vimos una inscripción en latín en un reloj: El tiempo huye, la justicia permanece. Pasamos ante la fachada oeste del edificio, enorme, imponente, al estilo de París, con sus gigantes columnas clásicas estriadas. Después desembocamos en la plaza Dauphine: íntima, coqueta, las casas iguales, con el ladrillo visto rojo por entre los numerosos vanos; apenas si se distinguían de las diferentes, más modernas, bajo el cielo encapotado y la falta de luz. El piso era de tierra. Había un restaurante muy concurrido, con todas las mesas de fuera ocupadas a pesar del tiempo, junto a otro vacío.

domingo, 26 de septiembre de 2010

París. Día primero: De la Tour St-Jacques al Beabourg

A la salida de la Conciergerie, buscando un sitio donde comer, pasamos por la Tour St-Jacques, lo que queda de la iglesia de St-Jacques-de-la-Boucherie (sí, Santiago de los Carniceros), antiguo paso de los Peregrinos hacia Compostela, destruida durante la Revolución Francesa. Hoy, la torre, sustentada por una base con balaustrada, es una suerte de monstruoso monumento en el centro de un pequeño parque. Como era ya muy tarde (cerca de las cuatro), y los restaurantes empezaban a no servir comidas, acabamos en un Kebab. Los empleados, o dueños, me resultaron simpáticos de modo irracional. Curiosamente, sólo uno era árabe, dicharachero y expansivo. Otro tenía barba y una cojera espantosa que le hacía mover toda la cadera, y ojos de tipo duro pero con buen corazón, como un protagonista de una novela de Pérez-Reverte o un eneno de Tolkien. El otro, parecido a Rupert Everett, tenía aspecto de gay jovial con un trasfondo de melancolía; ninguno parecía casar con el resto. Tres estereotipos proyectados por mi indolencia.

Gente miranto los espectáculos callejeros a la puerta del Pompidou
Después de comer, andado de vuelta a casa de forma intuitiva, sin mirar el plano, nos topamos con el Pompidou: ultra(pos)moderno y reconocible en su su sofoco de tuberías (las fotos); en algunas intersecciones la estructura está recubierta de modo chapucero por tablones, como casitas de árboles. Al principio no podíamos determinar si eran zonas en reparación o parte del chiste. Luego vimos más en la otra cara del edificio y la lectura estructural nos sacó de dudas. En la explanada frente al edificio había espectáculos callejeros: mimos y creo recordar que también un cantante.

Fuente de Stravinski. En fachada del Pompidou  pueden apreciarse las casitas de madera como hechas por Homer Simpson
Del Pompidou desembocamos en la Fuente de Stravinski. No sé muy bien cómo una cosa tan fea me pudo gustar tanto; quizá porque es fea aposta. Mecanicista y blanda a un tiempo, colorista y oxidada, Dadá pero, sobre todo, móvil y refrescante. Fue agradable quedarse allí un rato, entre la gente. Después entramos en una iglesia gótica que había justo enfrente, abierta, literalmente, de par en par, y que resultó llamarse St. Merry. Como casi todas, estaba trufada de elementos decimonónicos. Tenía sillas mirando hacia el altar (aquí las iglesias no tienen bancos, sino sillas de anea en formación), pero otras se ordenaban en torno a un escenario en la nave central cerca de la entrada. En una nave lateral, iluminada por luz natural, había varios cuadros coemporáneos de rostros, a la manera de Bacon, de no mala factura. No sé yo si se dicen muchas misas aquí, pero la vela del Sagrario estaba encendida.

Encontramos el piso de O. finalmente, permitiéndonos el lujo de hacer un poquito el flâneur por Le Marais, el exclusivo barrio de O.: vimos algún Hôtel al sesgo, una sinagoga art decó, judíos jóvenes con barba y kipá, y un parquecito secreto que delimitaba con una pared de la que pendía un tímpano sobreornamentado sin puerta.

Estábamos muy cansados cuando llegamos al piso. Dormimos una siesta de dos horas.

sábado, 25 de septiembre de 2010

París. Día primero: La Sainte-Chapelle y La Conciergerie

Hacemos nuestra primera cola seria para entrar en la Sainte-Chapelle y la Conciergerie. El espectáculo de la primera es aún más deprimente que el de Notre-Dame: el piso bajo esta ocupado en toda su mitad transversal por una tienda: postales, cojines, tazas, pósters, llaveros... La gente pulula. El policromado de apariencia bizantina, brillante y como recién pintado, hace parecer a la estancia ocupada de ese modo una mixtificación, una sala medieval de mentira y de dudoso gusto. El piso superior no mejora mucho: también demasiada gente, y muchos niños que incordian. Encima, están restaurando las vidrieras del ábside, que están tapadas; tampoco se ve el altar del relicario. Nada que ver con la grácil espiritualidad de vitral coloreada que prometen las fotografías. De nuevo, tan sólo el momento fugaz de una imagen en la vidriera en la memoria, como el plano detalle de una película.



EL control de acceso a la Conciergerie nos lo hizo un negro con aspecto de intoxicado que nos hacía pasar los bolsos por un escáner con cinta transportadora; pero él no miraba la pantalla. todo el mundo, al pasar el marco detector, lo hacía pitar, pero el negro nos instaba, sonriente e imperioso, a pasar, sin mayores comprobaciones. Podríamos haber llevado una bomba esférica de color negro, con mecha, que no se hubiera dado cuenta. Trataba de adivinar de dónde era todo el mundo. Nos preguntó si éramos españoles y, al decirle que sí, comenzó a decir "España gana todo, fútbol, Nadal..."

El (no) control da paso directamente a la impresionante Salle des Gens d'Armes (ahí comprendí de repente de dónde venía gendarme y qué quería decir): sostenida por gruesas columnas y una sobria bóveda múltiple de crucería (es uno de los edificios góticos civiles más importantes de Francia); hay varias chimeneas enormes, y una escalera de caracol de piedra, sustentada por un cilindro de columnas, que comunica con la cocina, ubicada en el piso superior para prevenir incendios.

Al fondo de la sala, tras unos escalones, a la derecha queda la Sala de Armas. Los capiteles de las columnas representan aquí animales grotescos y monstruos característicos del gótico, tan sorprendentes hoy. No obstante, en la columna central hay dos amantes, juntas las cabezas: al parecer, pueden ser una representación de Abelardo y Eloísa.

Hacía la izquierda, y después de atravesar el espacio generoso de la tienda de Souvenirs, se va a las dependencias utilizadas como cárcel durante la Revolución Francesa. Aquí han recreado el ambiente con objetos y maniquíes. Hay incluso una reconstrucción de la celda de María Antonienta, cuyo maniquí reza vigilado por el de un guardia oculto tras un biombo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Las necesidades sexuales y el doble rasero socialdemócrata (Millenium II)

La única persona que entendía la pasión sexual que Silvio Berlusconi sentía por Michelle era su esposa, y la entendía porque él se había atrevido a hablarle de sus necesidades. No se trataba de infidelidad, sino de deseo. El sexo con Michelle le daba un subidad que ninguna otra mujer era capaz de darle, incluida Veronica [su mujer]. [...]


Junto con Veronica había explorado el sexo con dos mujeres -una de ellas una destacada galerista- y descubrió no sólo que su mujer presentaba marcadas inclinaciones bisexuales y que él mismo casi se paralizó de placer al sentir cómo dos mujeres la acariciaban y satisfacían simultáneamente, sino también que experimentaba una sensación placentera difícil de interpretar al ver cómo su esposa era acariciada por otra mujer. [...]


Su vida sexual con Veronica, por tanto, no resultaba ni aburrida ni insatisfactoria; lo que sucedía era que con Michelle la experiencia se le antojaba completamente diferente.


Ella tenía talento. Aquello, simplemente, era SJB. Sexo Jodidamente Bueno.


Tan bueno que él lo vivía como si hubiese alcanzado un equilibrio óptimo entre Veronica como esposa y Michelle como amante, según sus necesidades. No podía vivir sin ninguna de las dos y no pensaba elegir.
Valiente machista, Silvio; y rijoso ¿no es verdad? Repugnante. El problema es que el sujeto de estas acciones no es Silvio Berlusconi. He aplicado el mismo método que utilizó Gombrowicz para probar la verdad y la coherencia de un discurso: cambiar el sujeto. "Un día puso Alemania en un discurso donde los nacionalistas de su país escribían Polonia y la verdad resplandeció en todo lo alto." En realidad el sujeto principal del texto de arriba no es Silvio Berlusconi, sino una mujer, Erika Berger, una de las protagonistas de Millenium de Stieg Larsson. Donde dice la esposa, Veronica, debe decir Greger, el marido de aquélla; y el amante es Mikael Bloomkist, el héroe de la serie. De repente el párrafo no es machista, o la fantasía inverosímil de un varón que proyecta el deseo de tener una mujer sumisa y complaciente. De repente el texto habla de una mujer liberada y moderna; de una relación civilizada.

La clave la encontramos en la propia novela, un poco después del pasaje citado; la injusticia previa que la absuelve:

Mikael era un hombre; podía ir de cama en cama sin que nadie arqueara una ceja. Ella era una mujer y el hecho de que tuviera un amante -contando, incluso, con la bendición de su marido y considerando, además, que llevaba veinte años siéndole fiel a su amente- daba lugar a unas intersesantísimas conversaciones de sobremesa (Larsson: La chica que soñaba... p. 162).

Este es otro ejemplo del doble rasero que nutre toda la novela y que es un síntoma, o signo, de los tiempos.