martes 20 de octubre de 2009

Regreso al hogar

Pues sí, regreso a esta suerte de hogar que es el blog después de un abandono que comenzó de manera natural durante las vacaciones pero que se ha prolongado más de lo debido. Mi vida transcurre feliz pero inestable. Tenía el proyecto de retomar el blog cuando se fuera estabilizando (algo, en principio, previsto), e incluso de poner en práctica la idea, pensada desde hace mucho, de actualizarlo con una periodicidad fija, aunque fuera modesta, para evitar ese vaivén de entradas apelotonadas y silencio. La cuestión es que la vida no se me ha estabilizado y he ido posponiendo, de manera pareja, la estabilización del blog. Ahora, a la fuerza ahorcan: ha comenzado la temporada del Teatro Alhambra y Rafael y yo volvemos a ser el tándem acreditado de fotógrafo y crítico que envía Granada digital. La obra fue Regreso al hogar, de Harold Pinter. Dejo aquí un enlace de mi primera crítica de esta temporada, y doy así por inaugurada la del blog.

Harold Pinter o la deconstrucción de la familia

martes 15 de septiembre de 2009

De vuelta

Después de la vuelta paulatina a la actividad tras las vacaciones (que en mi caso vivo como una intensificación), de numerosos papeleos, incertidumbres y expectativas, vuelvo al blog, que retomará su actividad en breve.

lunes 17 de agosto de 2009

Trabajo y vacaciones

Podría decir que el blog ha estado cerrado por vacaciones, pero lo cierto es que ha estado cerrado por trabajo, mayormente burocrático: primero, los papeles de la beca y, luego, los papeles para que aprueben el proyecto del nuevo grado de "Literaturas Comparadas Europeas", en cuya comisión de creación estoy. Después, y nos ponemos ya a finales de julio, estuve en Vélez Málaga-Torre del Mar en un curso de, justamente, Literaturas Europeas organizado por el departamento. Iba como asistente pero, por cuestiones organizativas, acabé incluso participando en una mesa redonda, donde tuve que improvisar (gracias a Dios que existen los portátiles y las conexiones wi-fi) unas palabras sobre el Modernism como, quizá, el último gran movimiento literario europeo. Por cierto que la conferencia del profesor Javier Huerta Calvo sobre la farsa en Europa, con sus variantes en los distintos países de figuras como el loco, el bufón, el cornudo etc, pero con el mismo sustrato común carnavalesco y (verdaderamente) transgresor resultó magnífica. También lo fue la convivencia con los compañeros, algunos ex-alumnos míos.

Después ha venido un periodo que he estado aprovechando para cerrar algunos flecos y preparar algunos trabajos (mayormente artículos) que tengo pendientes, todo él entreverado con cierta desidia, lectura por placer y más papeleo. Y mañana me voy con Rafael a Madrid, a ver la exposición de Sorolla en El Prado, y también la de Anne Leibovitz (yo, por pura devoción a la Sontag, cuya noción de "Sensibilidad surrealista" es una de las claves de bóveda de mis tesis), aparte lo que se tercie, pues allí nos encontraremos con cuatro amigos más.

Y la semana que viene nos marcharemos cuatro días a la IV Edición del Curso "Agua y cultura" del Balneario de Lanjarón, en la que este año ejerzo como coordinador: los días, ya casi una costumbre más que vuelve, de conferencias y recitales alterados con baños de burbujas, saunas, masajes y exfoliaciones.

Después, Dios dirá. Lo más probable, en cualquier caso, es que no retome el blog hasta septiembre.

P.S.- (No hablé aquí ni de la experiencia que supuso enfrentarse a una representación real, en vivo, de un clásico como El lago de los cisnes por primera vez, con esa mezcla curiosa entre la expectativa por lo ya sabido y el asombro de lo que sólo se descubre en contacto con la cosa misma; ni de la emotiva, precisa, magistral y per-fec-ta ejecución de Barenboim del Tercer concierto para piano de Beethoven, como solista y director.)

lunes 6 de julio de 2009

Voilà la Carmencita!

La primera grata sorpresa de la Carmen de anoche fue que, aunque estaba anunciada como versión de concierto, lo cierto es que se representó: era la orquesta la que estaba en el escenario, pero los solistas y el coro se movieron entre ella escenificando plenamente la obra; incluso aprovecharon el primer piso del palacio o, en el último acto, irrumpieron desde atrás, desde el patio de butacas, interactuando con el público. Cierto que no había ni vestuario ni escenografía, pero no hacía falta.

Quizá es de las pocas veces en que, en una representación de ópera, la orquesta y el coro brillan por encima de los solistas. Aunque, tratándose del Coro Monteverdi y la Orquesta revolucionaria y Romántica, pero, sobre todo, del creador y director de ambas, Sir John Eliot Gardiner, la cosa no sorprende tanto: el espectáculo es él, su concepción de la música, su idea global de la obra que esté acomentiendo en ese momento. Esta Carmen es Gardiner como Madame Bovary era Flaubert.

Por tanto, nos encontramos con lo esperado, lo que en este caso quiere decir algo muy bueno: espectacularidad a raudales -marca de la casa de Gardiner, como me hizo notar muy inteligentemente mi amiga Begoña-, lo que en el caso de Carmen resulta de lo más apropiado, y novedades. La principal fue la adición de un número inédito (a saber de dónde lo ha sacado G.): tras el primero, la escena de los soldados con Micaela, cuando éstos vuelven a su quehacer, "mirar a la gente que pasa", en lugar de irrumpir el toque de trompeta del cambio de guardia, comentan un episodio de galanteo adúltero que sucede ante sus ojos.

Luego estaban los maravillosos detalles; por ejemplo: el preludio del tercer acto, que suele interpretarse de una forma muy lírica, aquí se hizo con un carácter mucho más "rústico" que de costumbre, sacando a las maderas timbres más como de instrumento popular, con los primeros solistas de cada cuerda ejecutando un extraño bordón que acentuaba un inusitado tono pastoril, evocando de repente aires de danza campesina francesa... Y así, pequeñas sorpresas a lo largo de toda la obra que conseguián desautomatizar una partitura tan oída.

Pero creo que si merece destacarse algo es la asombrosa actuación del coro Monteverdi: con la dificultad que supone actuar alrededor de una orquesta como grupo, inclusive peleándose o subiéndose unos encima de otros (literalmente), dispersándose para volverse a agrupar (cigarreras, soldados, vendedores), conservaban un empaste perfecto (¡parecían estar siempre juntos!), y eran capaces de las dinámicas más atrevidas, pianos súbitos, fortes poderosos, todo sin perder la musicalidad, ni la claridad en la línea melódica o la trabazón polifónica.

Otra velada memorable, de esas que colocan al Festival de Granada en el primer nivel, sin complejos. La voilà!, voilà la Carmencita!

jueves 2 de julio de 2009

Mariola Cantarero en concierto

No estuve en el recital de Mariola Cantarero anoche. Lo escuché por cortesía de RNE, que lo retransmitía para España y el resto de Europa vía Eurorradio. Pero Rafael no sólo estuvo, sino que cantó en él, como miembro del coro de la OCG que es. Enlazo su entrada sobre el concierto, foto incluida. Nótese el cambio de la Mariola de andar por casa que yo describía y la que aparece retratada, lista para salir a escena: el el salto inmenso que va de las bambalinas del día de antes a los focos del día de.

Gracias, Mariola

miércoles 1 de julio de 2009

Mariola Cantarero en la intimidad

Anoche estuve en el ensayo general del concierto que hoy dará Mariola Cantarero en el Festival, donde se enfrentará a alguna de las arias más famosas, lucidas y difíciles de la Historia de la ópera (si alguien está interesado, esta noche lo retransmite en directo Radio Clásica a partir de las 22;30). Si cualquier behind the scenes resulta siempre interesante, en este caso ha sido una experiencia verdaderamente fascinante por el contraste entre el glamour que se espera para esta noche -vestido largo y nervios- y el desenfado del ensayo de ayer; entre el lirismo de la música o el melodramatismo de las letras -escena de la locura incluida- y la actitud de la soprano, que actuaba como cualquier profesional que trabaja (ensaya) cuando nadie la ve (sólo que en este casi la veíamos). Mariola se presentó con un vestido tipo camisola, literalmente de playa, bajo lo que pudiera haber sido perfectamente un bañador, rodillas al aire: parecía recién llegada de Torrenueva, le faltaba el bolso con la revista de pasatiempos y el aftersun. Pero lo más divertido era la actitud y la gestualidad: en lugar de las manos en el pecho o en la frente, afectando deseseperación ante las traiciones o desamores de la trama, seguía el ritmo de la música con la cabeza, como si escuchara pop, o hacía gestos de indiferencia o acusando la rutina del enésimo ensayo, mientras comía chicle sin parar: se diferenciaba poco de una secretaria que atiende clientes tras el mostrador al tiempo que se lima las uñas. Todo ello, como digo, hacía un contraste interesante y divertido, que quizá rompa la ilusión del trabajo de los artistas, su "gracia" o su "inspiración", pero que también los humaniza como los profesionales que son, sujetos a la técnica y las repeticiones tediosas.

Salvo algún momento concreto (que yo creo que fue por deferenica hacia quienes estábamos allí de público, lo cual es de agradecer -y entonces estuvo soberbia), Mariola prefirió reservarse para esta noche y cantó casi siempre a media voz (y, con todo, qué elegancia en el fraseo y los agudos), lo que acentuaba la sensación extraña y de making off que teníamos los presentes; también de intrusos privilegiados.

Quién asista esta noche probablemente viva una velada memorable en la que el Palacio de Carlos V se vendrá abajo con los aplausos.

martes 30 de junio de 2009

La Sinfónica de Londres y la banda sonora del Festival

No he realizado ninguna estadística, pero tengo la impresión de que la música sinfónica más interpretada en el Festival ha sido la de Ravel, Debussy y Stravinski. No está mal: alguna de las obras de los primeros están, directa o idirectamente, inspiradas en Granada; es una música de gran afinidad estética con la de Falla, en cuyas fuentes bebió; y su naturaleza sonora, lánguida, sensual, plena de hallazgos tímbricos que bordean la sinestesia, resulta muy apropiada para escucharse al aire libre, en el inevitable, incomparable marco. Por eso, aunque sospechemos que las grandes orquestas programan este repertorio, aparte de por tenerlo trillado, por cierta pulsión orientalista que los lleva aquerer tocar "Iberia", "La rapsodia española", etc. precisamente aquí -ojo a la página oficial de la Sinfónica de Londres, que anuncia sus programas en Granada como "exotiques"-, lo cierto es que está también ligado a veladas memorables, de un profunde goce estético. Para mí es la genuina banda sonora del Festival, de modo que cuando escucho alguna de estas obras las asocio ya con el escenario circular del palacio, las sillerías y los granitos fatigados bajo los potentes focos, las cuestas, las luces del Albaicín, los cipreses, las adelfas o la brisa fresquita que se digna a venir de vez en cuando como un oreo.

Estos días, la Sinfónica de Londres ha venido, una vez más, con este repertorio y algunas otras obras. No ha tenido el pellizco de otras veces. Quizá por mis propias expectativas, pero creo que también porque la orquesta ha venido muy relajada y ha bordeado el bolo -comparada, por ejemplo, con la interpretación maravillosa de Los cuadros de una exposición por el Concertgebow de Amsterdam el año pasado. Sin embargo, justamente en las otras obras, el Tercer concierto para piano de Prokofiev o las dos de Charles Ives, De los campanarios a las montañas y, sobre todo, La pregunta sin respuesta, la orquesta sí ha estado a la altura esperada. Puede que por menos trilladas. Puede que porque Michael Tilson Thomas, el director, es un difusor comprometido de la obra de Ives...

Para interpretar The Unanswered question, Tilson Thomas dispuso que las cuerdas tocaran desde la sala interior del palacio que hay tras el escenario y situó la trompeta en el primer piso; los únicos músicos en el escenario fueron las maderas. Él dirigía todo el conjunto con una web cam. La obra, muy conceptual, consiste en unos acordes cósmicos reiterados de las cuerdas sobre los que la trompeta enuncia siete veces la pregunta más importante, sobre el sentido último de la vida. Las maderas ensayan seis respuestas infructuosas, cada vez más disonantes; la última vez, la trompeta queda sin respuesta... El pianissimo de la cuerda, acentuado por la disposición física de ésta fuera del recito fue sobrecogedor... ¡Se hizo el silencio! Un parecido efecto acústico con la primera obra (campanas en el escenario, batería de viento metal en el primer piso) le dio también una espectacularidad semejante. Otro gran momento mágico -de gran lirismo místico en este caso- que sumar al Festival.