La aristocracia húngara y los nobles de menor rango que dominaban la sociedad y la política tenían un elevado concepto de su idioma [...] su historia y su cultura [...]. [E]n 1867 aprovecharon la aplastante derrota sufrida por el imperio austriaco a manos de Prusia para negociar un nuevo acuerdo con el emperador, el famoso compromiso (p. 285).
En un principio los húngaros estuvieron encantados con el compromiso [luego, claro, querrían más], y hasta iniciaron la construcción de un nuevo edificio en Budapest para el parlamento. "No se precisa de cautela, cálculo ni ahorro", le dijo el primer ministro húngaro a su arquitecto, que se lo tomó a pies juntillas. En el momento de su terminación, el edificio del parlamento húngaro, [...] en cuya decoración se emplearon cuarenta kilos de oro, fue el mayor del mundo (p. 286).
en que el tema de los idiomas se abordaba con sensatez: los soldados debían conocer las voces de mando y la terminología técnica básica en alemán, pero se les ubicaba en regimientos de soldados que hablaran el mismo idioma; por su parte, los oficiales debían aprender el idioma de los soldados a su mando. Se dice que durante la guerra un regimiento descubrió que el inglés era la lengua más común y decidió emplearla (p. 280).
Sucesivos líderes políticos húngaros y sus seguidores exigían medidas encaminadas a que una buena parte del ejército de la monarquía dual fuera húngaro, con regimientos conformados exclusivamente por húngaros, comandados por oficiales húngaroparlantes y presididos por el pabellón húngaro. Esta concepción daba al traste con la eficiencia y unidad del ejército (p. 286).
En 1903, cuando Francisco José trató de calmar los ánimos mediante una declaración anodina sobre que sus fuerzas armadas favorecían el espíritu de unidad y armonía y trataban con respeto a todos los grupos étnicos, lo único que logró fue echar más leña al fuego de los nacionalistas húngaros de Budapest (pp. 286-287).
En 1895, se convocó en Budapest un congreso de nacionalidades para exigir que Hungría se convirtiera en un estado multinacional. Los húngaros reaccionaron con alarma e indignación. Ni siquiera el relativamente liberal Tisza podía aceptar que hubiera dentro de Hungría otras naciones con aspiraciones nacionales legítimas (p. 287).
la ola de nacionalismo dio lugar a interminables e insolubles enfrentamientos por las escuelas, los empleos y hasta por las señales de tránsito. Una pregunta del censo que pedía a las personas dejar constancia de su lengua materna se convirtió en un indicador de la fuerza de las nacionalidades, ya que los grupos nacionales publicaron anuncios en los que instaban a los censados a dar las respuestas "correctas" (p. 288).
Poco a poco, las diversas etnias, culturas o nacionalidades fueron enconándose en su furor nacionalista hasta que cuestiones de detalle del tipo descrito más arriba (y tan habituales en España) dieron lugar a incidentes más graves:
En 1895, el gobierno austriaco se derrumbó, porque los germanoparlantes se opusieron a admitir en paralelo clases de esloveno en la enseñanza secundaria. Dos años más tarde, el conflicto entre checos y alemanes por el empleo del idioma checo en asuntos de gobierno en Bohemia y Moravia condujo a la violencia callejera y a la caída de otro primer ministro. [...] Entretanto, había estaciones nuevas de ferrocarril que permanecían sin nombre porque no se lograba llegar a un acuerdo sobre el idioma a utilizar (p. 288).
Y más: "Un aire de irrealidad lo invadía todo -decía Henry Wickham Steed, periodista británico destinado en Viena-. La atención pública se centraba en asuntos superficiales: una riña en la ópera entre un cantante checo y otro alemán..." (pp. 288-289).
Como resultado, la política se volvió inoperante para cumplir su función principal: resolver los problemas de los ciudadanos.
Las diferencias nacionales no solo condujeron a la descomposición del comportamiento público, sino también a un estancamiento cada vez mayor de los parlamentos de la monarquía dual. Los partidos políticos, divididos como estaban por atender en esencia a su etnicidad y su idioma, se preocupaban fundamentalmente de fomentar los intereses de su propio grupo, o de bloquear los de los demás [...] [E]l obstruccionismo se convirtió en una práctica común (p. 289).
Finalmente, MacMillan habla de la burocracia que todo esto generaba, "ya que los partidos utilizaban los nombramientos para premiar a sus seguidores, con la consiguiente multiplicación del volumen y coste del sistema" (pp. 289-290).
Existe un libro de Sosa Wagner coescrito con su hijo, El estado fragmentado. Modelo austrohúngaro y brote de naciones en España (Madrid, Trotta, 2006), donde se abunda en este paralelismo. Yo, en realidad, no pretendo establecer ningún paralelismo entre la España actual y el final de Imperio austrohúngaro (estos paralelismos históricos, si bien pueden resultar iluminadores, también son peligrosos) ni extraer ninguna moraleja. Tan solo constatar con melancolía que el nacionalismo y sus estupideces, al margen de circunstancias históricas, no parecen remitir, antes al contrario, y que los seres humanos no escarmentamos.

