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domingo, 7 de noviembre de 2010

París. Día primero: La Shakespeare and Co (II)

Todo el piso de arriba estaba ocupado por libros antiguos. Cogí uno al azar: era una miscelánea de ensayos de Hazlitt. Aparte de un par de personas curioseando como yo, en la habitación del piano había una chica sentada en el camastro que no tenía almohada; en la habitación de la ventana había otro señor de unos cuarenta años, sentado en un sofá de cuero negro empotrado en la pared. Ambos, chica y señor escribían en sus respectivos Moleskines. No pude evitar una cierta sensación de vergüenza ajena. Es el problema de este tipo de lugares. Como cuando estás cerca de un escritor admirado, por ejemplo en una firma de libros. Tú lo has leído, conoces literariamente a ese autor y te sientes con derecho (querrías) establecer una relación con él de tipo personal (que fuera un amigo, vaya). Entonces ves en la cola de firmas a otras personas como tú y comprendes que ellas se sienten con el mismo derecho (y en realidad lo tendrían); y para colmo todos somos para el autor lectores iguales e indistintos que le dicen más o menos las mismas cosas mientras le decimos nuestro nombre, que no conoce, para que lo incluya en una dedicatoria impersonal. Con los sitios importantes ocurre lo mismo. Voy a un lugar y, porque sé (poco), querría ser diferente, querría entablar una relación personal y única con el lugar en cuestión,  hasta que me encuentro con otra gente que está allí y que también sabe. Uno querría ser diferente, pero todos quieren serlo. La única salida digna que se me ocurre es merodear por el lugar tratando de pasar lo más desapercibido posible, aprehendiendo alguna que otra percepción o sensación —y asumiendo que la mayor parte de ellas serán, probablemente, autoinducidas— de la forma más privada posible. Lo contrario, lo que hacía esa gente ahí, gente incluso ya de cierta edad, remedando a grandes escritores que escribían o leían ahí por simple falta de medios y que si hubieran dispuesto de la habitación de un hotel o de un apartamento razonable no lo hubieran hecho, me parece de una increíble, pretenciosa ingenuidad. No obstante, luego pensé que quizá realmente esas personas se sentían parte de una tradición y que a lo mejor realmente estar allí les inspiraba y les ayudaba a trabajar. Por qué no. Quizá si yo tuviera que vivir un tiempo en París, por ejemplo en una estancia, quizá no iría allí a escribir, pero sí a leer. Desde la habitación con la ventana a la fachada, oí el piano. Una canción neutra, facilona. Acudí a ver quién tocaba. Era el muchacho alto que había estado leyendo abajo las cartas de amor de Dylan Thomas.

Salimos de la librería. Era de noche. En ese momento me di cuenta de que la Shakespeare and Co estaba abierta hasta horas intempestivas. Me sentía muy contento, con una emoción razonablemente genuina. La librería sin duda conservaba una cierta aura, lo que quizá no es difícil en un lugar donde hay estanterías repletas de libros. Quizá también por la hora, o porque se notaba que la gente que la ocupaba eran lectores. Rafael me comentó que era el sitio más gafapastoso que había estado, y no pude por menos que darle la razón. Enfilamos de vuelta al piso cruzando el río, por la rue de Rivoli, hasta entrar en el Marais. Todavía estuvimos a tiempo de pasar por la Place des Vosgues que, a oscuras, sólo revelaba sus edificios regios e  iguales rodeando a una masa negra y uniforme de bosque rodeada por una reja de agujas de oro.

domingo, 17 de octubre de 2010

París. Día primero: La Shakespeare and Co (I)


Volvimos a cruzar a la orilla izquierda del Sena y desandamos el camino. A la altura de Notre Dame, a mano derecha, al otro lado de la calle, entreví una librería. Cuando busqué cómo se llamaba no podía creerlo: ¡Era la Shakespeare and Co! Yo creía que estaba en St-German-des-Prés, justo una calle más abajo, no en la ribera del Sena. Pero cuando nos acercamos, no había duda: era la librería de Sylvia Beach, la de Joyce, Hemingway… Entramos. En efecto, era una librería inglesa (todos los libros que alcanzaba a ver estaban en inglés), vieja, con olor a libro viejo, destartalada, irregular, estrecha (había que ceder el paso a los otros ocupantes al cruzarse con ellos), atestada de libros: perfecta. En los rincones libres y alrededor de los dos mostradores, tenía fotos de sus viejas glorias. En una vitrina sobre el mostrador central (en ángulo frente a la puerta, como la quilla de un barco) había algunos ejemplares antiguos de Hemingway, Stein o Joyce. Otra cosa curiosa en que no había reparado hasta entonces: era ya tarde y, sin embargo, la librería estaba abierta y había gente deambulando por ella.

La recorrí mirando aquí y allá, reconociendo algún título suelto (me pareció que había muchas obras de Martin Amis) pero sin poder fijar la atención. Al fondo, tras una cortina ajada, descorrida, en un pequeño ensanche, un muchacho alto estaba desparramado sobre un sillón, leyendo (no hojeando como quien duda si comprar o no) las cartas de amor de Dylan Thomas. Pasado este descansillo se giraba la izquierda y, tras otro breve pasillo, podía girarse a la derecha (la librería es una estrechísima irregular U), o bien subir por unas escaleras. Subí. Por toda la pared de la escalera estaban dibujados de forma tosca y naif, enmarcados en óvalos,  los principales autores en lengua inglesa vinculados de un modo u otro con la librería, o más bien con París a principios del siglo veinte: Edith Warthon, Hemingway, Joyce, Gertrude Stein, Djuna Barnes, Henry Miller…; también estaban Scott Fitzgerald y la generación beat; lo cierto es que me gustó verlos allí. En la segunda planta, más estanterías por todas partes. Aquí los libros que había parecían claramente ser libros viejos. La escalera desembocaba en una sala con una ventana al fondo: la de la fachada del primer piso. Antes de entrar en ella, a mano izquierda, había un diminuto cubículo de paneles —no se podía entrar de pie—, ornado con una ristra de luces, como las de los árboles de Navidad, en cuyo interior había un asiento y una vieja máquina de escribir. Un cartel invitaba los visitantes a escribir en ella si lo deseaban. A mano derecha, justo antes del cubículo de la máquina de escribir, en recodo, se abría otra habitación. En dos de las paredes, encajonados entre estanterías, se escondía sendos camastros, no muy limpios, uno de ellos con su almohada, como listo para acostarse. Entonces recordé que Terenci Moix cuenta en sus memorias que se podía pasar la noche en la Shakespeare and Co (no recuerdo si había algún tipo de requisito para ello, vinculado con la literatura) y que él mismo pernoctó allí un tiempo, cuando se fue a París en plan bohemio. Supuse que la cama sería algún vestigio de aquella tradición. En la sala también había un piano de pared, empotrado entre estanterías, haciendo esquina con el camastro. También había un cartel que invitaba a tocarlo.

sábado, 2 de octubre de 2010

París. Día primero: Paseo por la tarde


Tras la siesta de casi dos horas, estábamos preparados para salir otra vez. Volvimos hacia el centro por el mismo camino que por la mañana: Bd. Beaumarchais, Bastilla, Bd. Henri IV hasta llegar a la Île St. Louis. Pero esta vez, en lugar de entrar en la Isla, seguimos por el pont du Sully, en cuyo centro hay una enorme imagen, de apariencia fascista, envuelta en su propio, rígido ropaje como de una virgen (más adelante supimos a quién representaba y quién la había hecho). Nos asomamos un momento al patio del Centro de Estudios árabes para ver la bonita fachada, que aúna estética orientalista y alta tecnología: imita un artesonado árabe, o una celosía, pero en realidad son placas cuyas aberturas circulares se abren y se cierran por un sistema de células fotoeléctricas en función de la luz. Todo parece indicar que no funcionan, quizá por fidelidad de la tecnología al modelo estético.

Por la ribera izquierda del Sena, pronto vimos el lateral de Notre-Dame que da al norte. La vista, entre la arboleda del muelle, era verdaderamente preciosa bajo un cielo encapotado. Para cuando llegamos al Pont au Change comenzó a llover con fuerza. A mí no me gusta que me llueva, y sólo llevaba un minúsculo paraguas de bolsillo, pero lo cierto es que me alegré. Las calles se habían quedado casi sin gente. Volvimos la vista para ver la fachada principal de Notre-Dame y tuvimos nuestra estampa: la plaza desierta y la catedral tras una lánguida cortina de agua: por supuesto, la naturaleza imita al arte.

Seguimos disfrutando del paseo por el centro casi desierto de París bajo la lluvia. Llegamos al pont Neuf. Lo cruzamos empapándonos de las vistas a uno y otro lado. A poniente el cielo encapotado se desgarraba y dejaba pasar una luz algo violenta de bronce, preciosa, justo para recortar la punta de la torre Eiffel a lo lejos. Entramos en la isla por su ribera norte. En la esquina de la Coniergerie, palacio de justicia, vimos una inscripción en latín en un reloj: El tiempo huye, la justicia permanece. Pasamos ante la fachada oeste del edificio, enorme, imponente, al estilo de París, con sus gigantes columnas clásicas estriadas. Después desembocamos en la plaza Dauphine: íntima, coqueta, las casas iguales, con el ladrillo visto rojo por entre los numerosos vanos; apenas si se distinguían de las diferentes, más modernas, bajo el cielo encapotado y la falta de luz. El piso era de tierra. Había un restaurante muy concurrido, con todas las mesas de fuera ocupadas a pesar del tiempo, junto a otro vacío.

domingo, 26 de septiembre de 2010

París. Día primero: De la Tour St-Jacques al Beabourg

A la salida de la Conciergerie, buscando un sitio donde comer, pasamos por la Tour St-Jacques, lo que queda de la iglesia de St-Jacques-de-la-Boucherie (sí, Santiago de los Carniceros), antiguo paso de los Peregrinos hacia Compostela, destruida durante la Revolución Francesa. Hoy, la torre, sustentada por una base con balaustrada, es una suerte de monstruoso monumento en el centro de un pequeño parque. Como era ya muy tarde (cerca de las cuatro), y los restaurantes empezaban a no servir comidas, acabamos en un Kebab. Los empleados, o dueños, me resultaron simpáticos de modo irracional. Curiosamente, sólo uno era árabe, dicharachero y expansivo. Otro tenía barba y una cojera espantosa que le hacía mover toda la cadera, y ojos de tipo duro pero con buen corazón, como un protagonista de una novela de Pérez-Reverte o un eneno de Tolkien. El otro, parecido a Rupert Everett, tenía aspecto de gay jovial con un trasfondo de melancolía; ninguno parecía casar con el resto. Tres estereotipos proyectados por mi indolencia.

Gente miranto los espectáculos callejeros a la puerta del Pompidou
Después de comer, andado de vuelta a casa de forma intuitiva, sin mirar el plano, nos topamos con el Pompidou: ultra(pos)moderno y reconocible en su su sofoco de tuberías (las fotos); en algunas intersecciones la estructura está recubierta de modo chapucero por tablones, como casitas de árboles. Al principio no podíamos determinar si eran zonas en reparación o parte del chiste. Luego vimos más en la otra cara del edificio y la lectura estructural nos sacó de dudas. En la explanada frente al edificio había espectáculos callejeros: mimos y creo recordar que también un cantante.

Fuente de Stravinski. En fachada del Pompidou  pueden apreciarse las casitas de madera como hechas por Homer Simpson
Del Pompidou desembocamos en la Fuente de Stravinski. No sé muy bien cómo una cosa tan fea me pudo gustar tanto; quizá porque es fea aposta. Mecanicista y blanda a un tiempo, colorista y oxidada, Dadá pero, sobre todo, móvil y refrescante. Fue agradable quedarse allí un rato, entre la gente. Después entramos en una iglesia gótica que había justo enfrente, abierta, literalmente, de par en par, y que resultó llamarse St. Merry. Como casi todas, estaba trufada de elementos decimonónicos. Tenía sillas mirando hacia el altar (aquí las iglesias no tienen bancos, sino sillas de anea en formación), pero otras se ordenaban en torno a un escenario en la nave central cerca de la entrada. En una nave lateral, iluminada por luz natural, había varios cuadros coemporáneos de rostros, a la manera de Bacon, de no mala factura. No sé yo si se dicen muchas misas aquí, pero la vela del Sagrario estaba encendida.

Encontramos el piso de O. finalmente, permitiéndonos el lujo de hacer un poquito el flâneur por Le Marais, el exclusivo barrio de O.: vimos algún Hôtel al sesgo, una sinagoga art decó, judíos jóvenes con barba y kipá, y un parquecito secreto que delimitaba con una pared de la que pendía un tímpano sobreornamentado sin puerta.

Estábamos muy cansados cuando llegamos al piso. Dormimos una siesta de dos horas.

sábado, 25 de septiembre de 2010

París. Día primero: La Sainte-Chapelle y La Conciergerie

Hacemos nuestra primera cola seria para entrar en la Sainte-Chapelle y la Conciergerie. El espectáculo de la primera es aún más deprimente que el de Notre-Dame: el piso bajo esta ocupado en toda su mitad transversal por una tienda: postales, cojines, tazas, pósters, llaveros... La gente pulula. El policromado de apariencia bizantina, brillante y como recién pintado, hace parecer a la estancia ocupada de ese modo una mixtificación, una sala medieval de mentira y de dudoso gusto. El piso superior no mejora mucho: también demasiada gente, y muchos niños que incordian. Encima, están restaurando las vidrieras del ábside, que están tapadas; tampoco se ve el altar del relicario. Nada que ver con la grácil espiritualidad de vitral coloreada que prometen las fotografías. De nuevo, tan sólo el momento fugaz de una imagen en la vidriera en la memoria, como el plano detalle de una película.



EL control de acceso a la Conciergerie nos lo hizo un negro con aspecto de intoxicado que nos hacía pasar los bolsos por un escáner con cinta transportadora; pero él no miraba la pantalla. todo el mundo, al pasar el marco detector, lo hacía pitar, pero el negro nos instaba, sonriente e imperioso, a pasar, sin mayores comprobaciones. Podríamos haber llevado una bomba esférica de color negro, con mecha, que no se hubiera dado cuenta. Trataba de adivinar de dónde era todo el mundo. Nos preguntó si éramos españoles y, al decirle que sí, comenzó a decir "España gana todo, fútbol, Nadal..."

El (no) control da paso directamente a la impresionante Salle des Gens d'Armes (ahí comprendí de repente de dónde venía gendarme y qué quería decir): sostenida por gruesas columnas y una sobria bóveda múltiple de crucería (es uno de los edificios góticos civiles más importantes de Francia); hay varias chimeneas enormes, y una escalera de caracol de piedra, sustentada por un cilindro de columnas, que comunica con la cocina, ubicada en el piso superior para prevenir incendios.

Al fondo de la sala, tras unos escalones, a la derecha queda la Sala de Armas. Los capiteles de las columnas representan aquí animales grotescos y monstruos característicos del gótico, tan sorprendentes hoy. No obstante, en la columna central hay dos amantes, juntas las cabezas: al parecer, pueden ser una representación de Abelardo y Eloísa.

Hacía la izquierda, y después de atravesar el espacio generoso de la tienda de Souvenirs, se va a las dependencias utilizadas como cárcel durante la Revolución Francesa. Aquí han recreado el ambiente con objetos y maniquíes. Hay incluso una reconstrucción de la celda de María Antonienta, cuyo maniquí reza vigilado por el de un guardia oculto tras un biombo.

domingo, 29 de agosto de 2010

París. Día primero: La Île de St. Louis y Notre-Dame

La primera mañana, no muy temprano —la noche anterior conseguimos llegar al piso de O a las dos y media de la mañana—, enfilamos el Bd. Beaumarchais hasta desembocar en la plaza de la Bastilla. Nada más poner un pie en la calle, comenzó a chispear. Durante toda la mañana alternaron claros en los que el sol pegaba fuerte con nublados repentinos y fríos. En uno de los claros, el genio de oro de lo alto de la columna de la Bastilla hizo un reverbero cegador. Ya tendríamos tiempo de aborrecerlo, a fuerza de verlo siempre a nuestra vuelta, agotados y con los pies palpitantes.

Desde la plaza, tomamos el Bd. De Enrique IV hasta la Île St. Louis y nos metimos por ella, por el Quai d’Anjou. Vimos la fachada del Hôtel Lauzun (en la placa, escrito con s), donde, si las fuentes de Edmund White son correctas, Baudelaire vivió mientras escribía Las flores del mal, y celebraba sus reuniones de comedores de opio (en forma de gelatina verdosa, con un médico amigo controlando las tomas) con Gautier, Balzac (que se ve que no consumía por miedo a perder su potencia creadora) y otros. Curiosos los canalones dorados adornados con peces característicos de la mitología acuática en el barroco. La isla es coqueta y limpia, luminosa, con sus casitas pequeñas y semejantes unas a otras. Parece un pueblecito. Tiene muchas tiendas y restaurantes con encanto, incluso aunque la mayoría parezcan para turistas.

Salimos de la Île St. Louis para entrar en la de la Cité por el puente que une ambas. Al llegar al ábside de Notre-Dame, apenas visible tras un frondoso parque enrejado, vimos que junto a él había un restaurante que se llamaba “Esmeralda” y comprendimos que habíamos entrado en el núcleo duro de la zona turística. Las tiendas de souvenirs corrían paralelas a la catedral. Aparte de la cantidad de gente en general, hacia la mitad de la calle, una larga cola también corría paralela a la catedral. Las nubes se abrieron y el sol comenzó a hacer la manga larga (necesaria hacía sólo un instante) incómoda y pegajosa. Desalentador. Ya estaba seguro de que marcharía de París sin ver la catedral por dentro. No obstante, al girar la esquina para encarar la fachada, vimos que la cola era sólo para subir a las torres. Esperanza (a pesar de que también hay una notable aglomeración informe de gente en la explanada). Me acerco para ver mejor las tres portadas de la fachada principal y, sin terminar de creérmelo, veo (comprendo) que va a suceder algo: desde dentro, por la nave central, tres monaguillos se acercan portando una cruz y dos ciriales: quizá una procesión dentro de la catedral; se oye, lejana, la música del órgano. Pero no, salen. Y detrás una comitiva de obispos. Entonces, veo en la plaza el coche fúnebre, semioculto por el gentío. En efecto, muy  pronto sale el féretro. Es lo que necesitaba la plaza para adquirir su color definitivo. La masa de turistas se estremece de placer y se agolpa como palomas ante un festín de migas alrededor del coche y los obispos, y sacan fotografías sin ningún pudor sin importarles la nutrida presencia del clero y algunas otras personas de luto —decorosas, serias, pero no desconsoladas—, mientras los portadores introducen el féretro en el coche . Un negro gordo, con gorra y pantalón corto se adelanta como si hubiera pagado entrada, se pega a la espalda de un obispo y comienza a sacar fotos, la cámara sujeta con una sola mano, asomándola por encima de la mitra. Yo aprovecho la impunidad de la masa para acercarme, pero no saco fotos. El muerto debía de ser alguien muy importante: como he dicho en la comitiva hay varios obispos y más gente del clero que también ha procesionado. Entonces, una señora que ha debido de percibir mi desconcierto, me tiende una estampa: Monseñor no-sé-quién; ahora se explica.

El funeral ha dejado vacía la catedral. Eso ha sido una suerte. La gente se reagrupa ante la entrada para una nueva acometida. Nos sumamos a ellos y no tardamos en entrar. Aunque el interior conserva es movimiento umbrío de elevación propio del gótico primero, el ambiente es desalentador: la gente deambula por doquier, habla y hay continuos destellos de flashes. Los puestos de souvenirs ocupan las dos primeras capillas de las naves laterales por completo. Queda el consuelo de un atisbo, un escorzo gris, ojival, y del rosetón oriental, que ningún turista, por alto que sea, puede ocluir.