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| Foto: Jeu D'Harmonie |
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lunes, 11 de agosto de 2014
Un concierto sublime y una anécdota ordinaria
jueves, 27 de junio de 2013
lunes, 24 de junio de 2013
Rubayat
Hoy he aprovechado mi último día de libertad (pero también de soledad) antes del curso para tomar un brunch en el centro: capuccino y huevos benedictine —que es un plato que siempre he querido probar—, acompañados de unas estupendas patatas fritas a tacos. Creo que si viviera permanentemente en EE.UU solo, mi esperanza de vida se acortaría notablemente. Durante el brunch, y antes en el metro, y luego en un Starbucks (creo que el éxito de estos locales en parte es la doctrina del más vale lo malo conocido que practica cualquier extranjero), me he dedicado a leer los Rubayat de Omar Jayyam (en la versión de Clara Janés y Ahmad Taherí). ¿Cuánto hacía que no leía un libro entero de una sentada? Los poemas son maravillosos, incluso a través de las veladuras (muy gruesas en este caso) de la traducción. Casi todos tratan sobre el carpe diem, cuya fuente clásica no queda claro si Jayyam conoció (aunque es posible que sí), pero, sobre todo, son una invitación continua a beber: el vino como fuente insuperable de gozo en una vida breve e incierta, de cuyo más allá nada se sabe. Por eso es especialmente emocionante el rubaí (131) donde Jayyam, que hasta ese momento ha puesto el vino sobre todas las cosas, incluida la piedad religiosa, dice:
Para alegrar mi corazón solía yo beber:
junto a mi corazón estás y ya no bebo.
También repite mucho una imagen muy poderosa: la tierra que pisamos, o el barro con el que se hacen las almenas o los cántaros están hechos con quienes nos dejaron, y pronto nosotros seremos también cántaro, almena o tierra para nuestros semejantes. Hay dos rubayat que me han gustado especialmente, el 54 y el 122:
Los que poseían la ciencia y la sabiduría,
suma de perfección, vela encendida de sus compañeros,
no pudieron hallar la salida de esta noche oscura,
contaron fábulas y se durmieron.
Esta rueda del firmamento donde estamos perplejos...
Sepamos que ejemplo de ella es la linterna mágica.
Una linterna mágica es el sol, y un farol el universo.
En él, nosotros, como figuras, estamos perplejos...
Como tenía mucha tarde por delante (es lo que pasa cuando haces un brunch) y hacía un calor tremendo (en la habitación de la residencia, en el piso 13 y sin aire acondicionado es impensable estar), también he aprovechado para leer los textos del sesión de mañana (la primera) del curso: uno de Herder sobre la idiosincrasia poética de cada pueblo (en su línea); otro que recoge todas las menciones de Goethe a la Weltliteratur en sus escritos; un poco más tarde, ya sentado en un banco del Boston Common (el parque más importante de la ciudad), otro más de Steiner, justamente sobre Goethe como traductor. Tengo que plantearme lo de comer temprano y no dormir siesta...
Hoy, al volver a ver el rascacielos más alto de Boston (de hecho, el más alto de Nueva Inglaterra), la Torre John Hancock, me ha impresionado mucho más que ayer, cuando lo vi por primera vez.
Para alegrar mi corazón solía yo beber:
junto a mi corazón estás y ya no bebo.
También repite mucho una imagen muy poderosa: la tierra que pisamos, o el barro con el que se hacen las almenas o los cántaros están hechos con quienes nos dejaron, y pronto nosotros seremos también cántaro, almena o tierra para nuestros semejantes. Hay dos rubayat que me han gustado especialmente, el 54 y el 122:
Los que poseían la ciencia y la sabiduría,
suma de perfección, vela encendida de sus compañeros,
no pudieron hallar la salida de esta noche oscura,
contaron fábulas y se durmieron.
Esta rueda del firmamento donde estamos perplejos...
Sepamos que ejemplo de ella es la linterna mágica.
Una linterna mágica es el sol, y un farol el universo.
En él, nosotros, como figuras, estamos perplejos...
Como tenía mucha tarde por delante (es lo que pasa cuando haces un brunch) y hacía un calor tremendo (en la habitación de la residencia, en el piso 13 y sin aire acondicionado es impensable estar), también he aprovechado para leer los textos del sesión de mañana (la primera) del curso: uno de Herder sobre la idiosincrasia poética de cada pueblo (en su línea); otro que recoge todas las menciones de Goethe a la Weltliteratur en sus escritos; un poco más tarde, ya sentado en un banco del Boston Common (el parque más importante de la ciudad), otro más de Steiner, justamente sobre Goethe como traductor. Tengo que plantearme lo de comer temprano y no dormir siesta...
Hoy, al volver a ver el rascacielos más alto de Boston (de hecho, el más alto de Nueva Inglaterra), la Torre John Hancock, me ha impresionado mucho más que ayer, cuando lo vi por primera vez.
domingo, 23 de junio de 2013
Jet lag
El jet lag ha sido terrible. El día de mi llegada, conseguí aguantar despierto hasta las 11 de la noche; dormí profundamente hasta eso de las cinco y media; pero me quedé en la cama dormitando hasta las ocho y media. No sirvió de nada. Me levanté con un dolor de cabeza muy fuerte; pensé que después del desayuno remitiría, pero fue a peor; además, me sentía mareado y con ganas de vomitar. A veces pensaba en la hora de aquí, a veces en la de España y me daban náuseas. En fin, un desastre. Me vine en taxi a la residencia de la universidad de Boston —donde me alojo a pesar de que el curso es en Harvard— desde el bed & breakfast de Cambridge donde pasé la primera noche porque no me sentía con fuerzas para coger el metro. Desde que llegué a residencia, todo fue a mejor: el dolor de cabeza remitió; solo durante unas pocas horas más me sentí un poco mareado. Paseé, compré algunas cosas que necesitaba, y estuve leyendo (Kim, de Kipling). La habitación de la residencia es típica: mobiliario espartano y ajado, pero funcional, y con un escritorio, cosa que prefiero a una habitación mejor de hotel sin él. En la habitación hay un pequeño frigorífico (que espero que me deje dormir por la noche), y un microondas. Por lo pronto, parecería que soy el único habitante de la residencia, que es enorme. Solo he visto al guarda de seguridad, un negro fornido. Redrum. Pero bueno, el campo de juegos está frente a la entrada, y ahí sí se ven estudiantes haciendo deporte. Eso sí: mi habitación está en el piso 13 (aquí no son supersticiosos como en Iberia), y desde mi ventana, que da al suroeste, tengo una vista estupenda de parte del skyline de Boston y de una zona boscosa. La puesta de sol ha incendiado un rascacielos mientras por encima de él se veía ya, desdibujada, la luna.
| Lo del incendio no es una exageración retórica. |
sábado, 31 de diciembre de 2011
We wish list a Merry Christmas
Como el año pasado, y como buen procrastinador, vuelvo a elaborar una lista de deseos en el último momento que me sirve para contar aquí algunas cosas de las que me gustan (y me gustaría tener), y participar de paso en el concurso de listas de deseos que promueve la FNAC, titulado Acción Wishlist 2012 y cuyo premio es el importe total de lo indicado, que no puede superar los 2012 € (cantidad que no es azarosa, como cualquier lector sutil puede apreciar). En fin, ahí va.
¡Feliz año nuevo!
- Umberto Eco: El vértigo de las listas. Lumen. 45 €
- Borja de Riquer/Martín de Riquer: Reportajes de la Historia. Acantilado. 85 €
- Liev N. Tolstoi: Guerra y paz. El Aleph. 39,90 €
- François Rabelais: Gargantúa y Pantagruel. Acantilado. 49 €
- Maquiavelo: Obras. Gredos. 59 €
- Murasaki Shikibu: La historia de Genji. Atalanta. 84 €
- Steven Pinker: La tabla rasa. Paidós. 40 €
- Umberto Eco: Historia de la belleza. Lumen. 45 €
- Tony Judt: Algo va mal. Taurus. 9,95 €
- David Foster Wallace: La broma infinita. 30 €
- Nicanor Parra: Obras completas, 1975-2006. Galaxia Gutenberg. 58 €
- Wilfred Owen: Poemas de guerra. Acantilado. 16 €
- Tim Blanning: El triunfo de la música. Acantilado. 29 €
- Pack The Wire, serie completa. 86,99 €
- Pack A dos metros bajo tierra, serie completa. 66, 99 €
- Pack Los soprano, serie completa. 79,99 €
- Pack 24, serie completa. 199,99 €
- Pack Carnivale, la colección completa. 50,99 €
- Pack Battlestar Galactica, serie completa. 99,99 €
- Pack Twin Peaks, serie completa. 37,99 €
- Apple iPad 2 con WiFi y 3G, 64 GB, 799 €
¡Feliz año nuevo!
sábado, 6 de agosto de 2011
Películas vistas desde julio de 2010
Admito con vergüenza que veo menos cine del que me gustaría (sobre todo en comparación con amigos que ven una o dos películas por día). Hace un tiempo, me dio por anotar las películas que iba viendo, para acordarme y porque idolatro las listas. Ahora me doy cuenta de que es una forma como otra cualquiera de rememorar el pasado. Estas son las películas que he visto desde julio de 2010 a julio de 2011 incluido. A quien lea esto, puede servirle para cotejar si conoce los títulos, cuáles ha visto...; como muchas las vi por televisión, puede constatar que las vio el mismo día -o que coincidió conmigo en el Cine-club universitario. Los títulos que aparecen en el idioma original fue porque las vi en dicho idioma, subtituladas (o porque las conocemos por el título original, como es el caso de Toy Story). Las que tienen un R significa que ya las había visto antes. Así, a bote pronto, y sin haberlo premeditado, hay muchas películas de Disney, y de Disney-Pixar; de Woody Allen y de John Frankenheimer (porque hubo sendos ciclos en el citado Cine-club); de Christopher Nolan; y, como género, de terror.
Two Lovers (James Gray, 2008)
Secretos y mentiras (Mike Leigh, 1996) (R)
El tercer hombre (Carol Reed, 1949)
Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010)
Pink Narcissus (James Bidgood, 1971)
La jaula de las locas (Edouard Molinaro, 1978)
Origen (Christopher Nolan, 2010)
Teorema (Pier Paolo Pasolini, 1968)
Blade Runner (Ridley Scott, 1982) (R)
La leyenda de la ciudad sin nombre (Joshua Logan, 1969)
Repulsión (Roman Polanski, 1965)
La jungla de asfalto (John Huston, 1950)
El juego de la sospecha - Cluedo (Jonathan Lynn, 1985)
Los increíbles (Brad Bird, 2004) (R)
E.T. (Steven Spielberg, 1982) (R)
The Producers (Susan Stroman, 2005)
Take the Money and Run (Woody Allen, 1969)
La red social (David Fincher, 2010)
Broadway Danny Rose (Woody Allen, 1984)
La Pantera Rosa (Blake Edwards, 1963)
The Purple Rose of Cairo (Woody Allen, 1985) (R)
Hannah and Her Sisters (Woody Allen, 1986) (R)
El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001) (R)
El laberinto del Fauno (Guillermo del Toro, 2006) (R)
Anything Else (Woody Allen, 2003) (R)
Un profeta (Jacques Audiard, 2009)
El albergue rojo (Gérard Krawczyk, 2007)
The Ring - La señal (Gore Verbinski, 2002)
Monstruos S. A. (Peter Docter, 2001)
M (Fritz Lang, 1931)
Miracolo a Milano (Vittorio de Sica, 1951)
El truco final - El prestigio (Christopher Nolan, 2006) (R)
Birdman of Alcatraz (John Frankenheimer, 1962)
The Manchurian Candidate (John Frankenheimer, 1962)
The Train (John Frankenheimer, 1964)
Valor de ley (Joel & Ethan Coen, 2010)
El cisne negro (Darren Aronofsky, 2010)
Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (Stanley Kubrick, 1964) (R)
X (Roger Corman, 1963) (R)
Blow-up (Michellangelo Antonioni, 1966)
The Band Wagon (Vicente Minnelli, 1953)
Gentelmen Prefer Blondes (Howard Hawks, 1953)
Misery (Rob Reiner, 1990)
Insomnio (Christopher Nolan, 2002)
La ola (Dennis Gansel, 2008)
El discurso del Rey (Tom Hooper, 2010)
Metrópolis (Fritz Lang, 1927)
La sirenita (Ron Clements, John Musker, 1989)
Café y cigarrillos (Jim Jarmush, 2003)
Carrie (Brian de Palma, 1976)
Fuego en el cuerpo (Lawrence Kasdan, 1981)
Descalzos en el parque (Gene Saks, 1967) (R)
King Kong (Peter Jackson, 2005)
Gomorra (Matteo Garrone, 2008)
El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008) (R)
El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999) (R)
Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969) (R)
Poltergeist (Tobe Hooper, 1982)
Bambi (James Algar et alii, 1942)
Futurama: El gran golpe de Bender (Dwayne Carey-Hill, 2007)
L'amore (Roberto Rossellini, 1948)
Medianoche en París (Woody Allen, 2011)
Sola en la oscuridad (Terence Young, 1967)
De repente, un extraño (John Schlesinger, 1990)
Two Lovers (James Gray, 2008)
Secretos y mentiras (Mike Leigh, 1996) (R)
El tercer hombre (Carol Reed, 1949)
Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010)
Pink Narcissus (James Bidgood, 1971)
La jaula de las locas (Edouard Molinaro, 1978)
Origen (Christopher Nolan, 2010)
Teorema (Pier Paolo Pasolini, 1968)
Blade Runner (Ridley Scott, 1982) (R)
La leyenda de la ciudad sin nombre (Joshua Logan, 1969)
Repulsión (Roman Polanski, 1965)
La jungla de asfalto (John Huston, 1950)
El juego de la sospecha - Cluedo (Jonathan Lynn, 1985)
Los increíbles (Brad Bird, 2004) (R)
E.T. (Steven Spielberg, 1982) (R)
The Producers (Susan Stroman, 2005)
Take the Money and Run (Woody Allen, 1969)
La red social (David Fincher, 2010)
Broadway Danny Rose (Woody Allen, 1984)
La Pantera Rosa (Blake Edwards, 1963)
The Purple Rose of Cairo (Woody Allen, 1985) (R)
Hannah and Her Sisters (Woody Allen, 1986) (R)
El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001) (R)
El laberinto del Fauno (Guillermo del Toro, 2006) (R)
Anything Else (Woody Allen, 2003) (R)
Un profeta (Jacques Audiard, 2009)
El albergue rojo (Gérard Krawczyk, 2007)
The Ring - La señal (Gore Verbinski, 2002)
Monstruos S. A. (Peter Docter, 2001)
M (Fritz Lang, 1931)
Miracolo a Milano (Vittorio de Sica, 1951)
El truco final - El prestigio (Christopher Nolan, 2006) (R)
Birdman of Alcatraz (John Frankenheimer, 1962)
The Manchurian Candidate (John Frankenheimer, 1962)
The Train (John Frankenheimer, 1964)
Valor de ley (Joel & Ethan Coen, 2010)
El cisne negro (Darren Aronofsky, 2010)
Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (Stanley Kubrick, 1964) (R)
X (Roger Corman, 1963) (R)
Blow-up (Michellangelo Antonioni, 1966)
The Band Wagon (Vicente Minnelli, 1953)
Gentelmen Prefer Blondes (Howard Hawks, 1953)
Misery (Rob Reiner, 1990)
Insomnio (Christopher Nolan, 2002)
La ola (Dennis Gansel, 2008)
El discurso del Rey (Tom Hooper, 2010)
Metrópolis (Fritz Lang, 1927)
La sirenita (Ron Clements, John Musker, 1989)
Café y cigarrillos (Jim Jarmush, 2003)
Carrie (Brian de Palma, 1976)
Fuego en el cuerpo (Lawrence Kasdan, 1981)
Descalzos en el parque (Gene Saks, 1967) (R)
King Kong (Peter Jackson, 2005)
Gomorra (Matteo Garrone, 2008)
El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008) (R)
El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999) (R)
Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969) (R)
Poltergeist (Tobe Hooper, 1982)
Bambi (James Algar et alii, 1942)
Futurama: El gran golpe de Bender (Dwayne Carey-Hill, 2007)
L'amore (Roberto Rossellini, 1948)
Medianoche en París (Woody Allen, 2011)
Sola en la oscuridad (Terence Young, 1967)
De repente, un extraño (John Schlesinger, 1990)
domingo, 1 de mayo de 2011
Las cosas de Ravel
Cualquier aficionado a la música sabe que Ravel posiblemente sea el mejor orquestador de la historia de la música. Su capacidad para generar colorido y timbres insólitos y crear atmósferas musicales es asombrosa. Ahí queda, por ejemplo, esa combinación sorprendente de trompeta, piccolo y celesta en una de las repeticiones de la melodía principal del Bolero...
Ayer, la OCG interpretó magníficamente, dirigida por Salvador Mas, una de sus obras más bonitas: Le tombeau de Couperin. Con la excusa de un homenaje a la música francesa del XVIII -por la brevedad, el encanto y el equilibrio-, Ravel consigue una música evocadora, de una naturaleza trascendida con toques de paganismo (uno quiere ver a las criaturas mágicas pululando por un bosque ideal). Asistir a la interpretación una obra de Ravel es toda una experiencia porque puedes apreciar la sutileza de las combinaciones de instrumentos, y ver de forma literal los efectos sonoros que se van produciendo y que, en una grabación, se perciben más o menos pero que no siempre se sabe de dónde provienen.
Por ejemplo ayer, en el Minueto, durante el trío -que podría evocar una suerte de rara marcha o procesión pagana, tan al gusto de los impresionistas-, había de fondo un sonido inquietante que contribuía a la atmósfera enrarecida. Al principio no identificaba de dónde provenía, hasta que me di cuenta, para mi asombro: eran los contrabajos realizando, pianissimo y en notas agudas, armónicos -presionando apenas la cuerda con el dedo, en lugar de apretar. Maravilloso. Qué ocurrencia. Nunca lo había apreciado al oírlo en disco.
El concierto, por cierto, se completó con el Requiem de Fauré. Mas lo llevó con un tempo muy lento, que contribuía a reforzar la trascendencia, en este caso plenamente cristiana, de la obra. Había tensión y cierto sobrecogimiento en los intérpretes, sin renunciar a la dulzura; a la soprano solista se le escapó una lágrima tras el Agnus Dei... Fue uno de esos conciertos que emocionan al escucharse y que quedan para el recuerdo.
Ayer, la OCG interpretó magníficamente, dirigida por Salvador Mas, una de sus obras más bonitas: Le tombeau de Couperin. Con la excusa de un homenaje a la música francesa del XVIII -por la brevedad, el encanto y el equilibrio-, Ravel consigue una música evocadora, de una naturaleza trascendida con toques de paganismo (uno quiere ver a las criaturas mágicas pululando por un bosque ideal). Asistir a la interpretación una obra de Ravel es toda una experiencia porque puedes apreciar la sutileza de las combinaciones de instrumentos, y ver de forma literal los efectos sonoros que se van produciendo y que, en una grabación, se perciben más o menos pero que no siempre se sabe de dónde provienen.
Por ejemplo ayer, en el Minueto, durante el trío -que podría evocar una suerte de rara marcha o procesión pagana, tan al gusto de los impresionistas-, había de fondo un sonido inquietante que contribuía a la atmósfera enrarecida. Al principio no identificaba de dónde provenía, hasta que me di cuenta, para mi asombro: eran los contrabajos realizando, pianissimo y en notas agudas, armónicos -presionando apenas la cuerda con el dedo, en lugar de apretar. Maravilloso. Qué ocurrencia. Nunca lo había apreciado al oírlo en disco.
El concierto, por cierto, se completó con el Requiem de Fauré. Mas lo llevó con un tempo muy lento, que contribuía a reforzar la trascendencia, en este caso plenamente cristiana, de la obra. Había tensión y cierto sobrecogimiento en los intérpretes, sin renunciar a la dulzura; a la soprano solista se le escapó una lágrima tras el Agnus Dei... Fue uno de esos conciertos que emocionan al escucharse y que quedan para el recuerdo.
sábado, 23 de abril de 2011
Sábado de Gloria
Esta mañana, Rafael y yo hemos aprovechado la rara combinación de Sábado Santo y Día del libro para dar un paseo por el centro -acuoso y limpio- y dar una vuelta por algunas librerías. Como si hubiera algo distinto en ellas hoy; pero el placer de algunas fiestas consiste en santificarlas.
Rafael me ha reglado El exilio interior de Inmaculada de la Fuente (Madrid: Turner, 2011), una biografía de María Moliner. ¿Quién es esa mujer casi secreta que, sin ayuda, en soledad, elabora todo un diccionario? Yo le he regaldo a el las Aventuras subterráneas de Alicia, de Lewis Carroll (Palma: J. Juan de Olañeta, Editor, 2011): se trata de un librito con la primera versión de la historia de Alicia, la que escribió la misma noche tras el paseo en barca, y a partir de la cual elaboró después Alicia en el País de las Maravillas. Además, incluye ilustraciones del propio Carroll que a Rafael le han gustado casi más que las de Tenniel.
Aparte, he encontrado la antología de relatos clásicos de terror Malos sueños, segunda gran recopilación celebratoria de la Editorial Valdemar en su colección "El club Diógenes" (Madrid: 2004) tras Felices Pesadillas. Tenía la primera y creo que ambas se ven ya poco en librerías, aunque no sé si están descatalogadas. Juntas conforman la que quizá sea la mejor colección de cuentos de miedo desde el siglo XIX a nuestros días publicada en España.

Por último, me he dado el capricho, por amor a primera vista, de comprar Renacida, la primera parte del diario de Susan Sontag, editado por su hijo, David Rieff (Barcelona: Mondadori, 2011). Es un diario verdaderamente íntimo, nada literario aun cuando la mayor parte trate sobre literatura: es fragmentario y a base de notas, e incluso abreviaturas. Admito el impudor de leer algo así (que por otra parte ya es público), pero también resulta fascinante -y enternecedor, pues Sontag era aún muy joven- atisbar sus listas de libros por leer o de sus propósitos intelectuales o de sus ideas para relatos. Su ambición incipiente. Un ejemplo impresionante por lo personal: "13/01/51: Me caso con Philip con plena conciencia + temor a mi voluntad de autodestrucción." (p. 67).
Feliz día del libro.
Rafael me ha reglado El exilio interior de Inmaculada de la Fuente (Madrid: Turner, 2011), una biografía de María Moliner. ¿Quién es esa mujer casi secreta que, sin ayuda, en soledad, elabora todo un diccionario? Yo le he regaldo a el las Aventuras subterráneas de Alicia, de Lewis Carroll (Palma: J. Juan de Olañeta, Editor, 2011): se trata de un librito con la primera versión de la historia de Alicia, la que escribió la misma noche tras el paseo en barca, y a partir de la cual elaboró después Alicia en el País de las Maravillas. Además, incluye ilustraciones del propio Carroll que a Rafael le han gustado casi más que las de Tenniel.Aparte, he encontrado la antología de relatos clásicos de terror Malos sueños, segunda gran recopilación celebratoria de la Editorial Valdemar en su colección "El club Diógenes" (Madrid: 2004) tras Felices Pesadillas. Tenía la primera y creo que ambas se ven ya poco en librerías, aunque no sé si están descatalogadas. Juntas conforman la que quizá sea la mejor colección de cuentos de miedo desde el siglo XIX a nuestros días publicada en España.

Por último, me he dado el capricho, por amor a primera vista, de comprar Renacida, la primera parte del diario de Susan Sontag, editado por su hijo, David Rieff (Barcelona: Mondadori, 2011). Es un diario verdaderamente íntimo, nada literario aun cuando la mayor parte trate sobre literatura: es fragmentario y a base de notas, e incluso abreviaturas. Admito el impudor de leer algo así (que por otra parte ya es público), pero también resulta fascinante -y enternecedor, pues Sontag era aún muy joven- atisbar sus listas de libros por leer o de sus propósitos intelectuales o de sus ideas para relatos. Su ambición incipiente. Un ejemplo impresionante por lo personal: "13/01/51: Me caso con Philip con plena conciencia + temor a mi voluntad de autodestrucción." (p. 67).Feliz día del libro.
lunes, 18 de abril de 2011
Semana cultural antes de la Santa (y III)
El jueves 14, presentación del primer tomo de la Poesía completa de Javier Egea (Bartleby Editores) en la librería Nueva Gala. El (casi) todo Granada de del mundillo literario presente; los ausencias, igual de significativas. Morbo, expectación. La cosa no defraudó. El testaferro de la viuda, participante en la edición, enumeró, con voluntad de aclarar malentendidos y tergiversaciones, la sucesión de hechos en torno a los litigios por el legado del poeta tras su muerte y el intento de soslayar la publicación de su obra y poner bajo sospecha las actuaciones de la viuda. Desconozco la veracidad de sus afirmaciones, pero lo que decía sonaba contundente, y aludió varias veces a diversos juicios ganados. Hacía tiempo que en la presentación de un libro no se aludía de un modo tan crudo y claro a las relaciones entre lo escrito y lo real, en lugar de las habituales vaguedades y generalidades que no comprometen a nada. Después, sin poder quedarnos hasta el final (había varias botellas de tinto sobre una mesa con mantel, y otras de blanco enfriándose), Antonio Carvajal, Pepe Cabrera y yo nos subimos al Carmen de Rodríguez Acosta, a la inauguración de la exposición de retratos del fotógrafo Francisco Fernández. Decir que había lo de siempre, en este caso no es un demérito: pulcritud, composición, oficio y penetración psicológica en unos retratos impecables. Lo bueno de la exposición era que podías cotejar los retratos con los retratados, porque casi todos estaban allí.
El viernes 15, concierto de la OCG. Un programa breve (menos de una hora), pero exigente, compuesto por piezas para cuerda, densas y sombrías. El adagio y fuga de Mozart K 546 es una extraña meditación de su autor sobre Bach que hace que haya que rendirse a los tópicos sobre lo inabarcable de su genio. La obra casaba muy bien con la siguiente, las Tres piezas líricas de Berg, por lo que tiene de cotejo entre las dos escuelas de Viena y por subrayar sus evidentes lazos de continuidad. Por último, la Segunda sinfonía de Honegger , tan angustiosa y opresiva, liberada por fin en un final brillante con trompeta ad libitum añadida. La orquesta estuvo sensacional, matizada y finísima bajo la dirección de Arturo Tamayo.
El viernes 15, concierto de la OCG. Un programa breve (menos de una hora), pero exigente, compuesto por piezas para cuerda, densas y sombrías. El adagio y fuga de Mozart K 546 es una extraña meditación de su autor sobre Bach que hace que haya que rendirse a los tópicos sobre lo inabarcable de su genio. La obra casaba muy bien con la siguiente, las Tres piezas líricas de Berg, por lo que tiene de cotejo entre las dos escuelas de Viena y por subrayar sus evidentes lazos de continuidad. Por último, la Segunda sinfonía de Honegger , tan angustiosa y opresiva, liberada por fin en un final brillante con trompeta ad libitum añadida. La orquesta estuvo sensacional, matizada y finísima bajo la dirección de Arturo Tamayo.
domingo, 17 de abril de 2011
Semana cultural antes de la Santa (II)
El lunes 11, lectura del poeta Bruno Doucey en la Biblioteca de Andalucía. La cosa versaba sobre Lorca. En una primera parte, el poeta -un madurito interesante- leyó unas notas sobre La casa de Bernarda Alba (en francés, con alumnos de traductores haciendo de intérpretes), y luego leyó su largo poema Chant Funèbre pour Federico García Lorca, también en francés, esta vez sin ninguna traducción, pero acompañado por dos guitarristas. El autor leyó muy bien su obra, con timbrada emoción, y las guitarras, flamencas y un punto posmodernas, ayudaban a crear ambiente. Pero lo cierto es que se incidió en los tópicos lorquianos más obvios, además con un marcado carácter orientalista, esto es, la sempiterna fascinación del francés culto por la (supuesta) pasión andaluza, racial, de un Lorca junto a su (más supuesto aún) compromiso con las minorías, raciales y sexuales. La sala, una de las pequeñitas de la biblioteca, estaba abarrotada.
El martes 12, Metrópolis (Fritz Lang, 1927) en el Cine Club universitario. La última versión restaurada y remontada tras haber encontrado en una filmoteca de Buenos Aires fragmentos inéditos -cuyos intertítulos hubo que traducir del español al alemán original. Ciento cuarenta minutos. Espectacular. Del año 27, y luego a la gente Avatar le parece original y moderna. Escenas memorables, como cuando la gran máquina se convierte en Moloch devorador de hombres en la imaginación del protagonista; El estupendo McGuffin de la máquina como un reloj cuyas agujas hay que ajustar continuamente a las luces que se encienden (variante del castigo de Sísifo); el primer plano de la espalda del empresario dictador, que se encoge de hombros ante la suerte de sus semejantes; el sermón filmado sobre la Torre de Babel... La idea, tan perversa, de crear una Eva -referencia a La Eva futura- con la que pervertir la labor redentora de María (qué interpretación, la actriz, qué mutación de ángel a demonio)... El final, tan complaciente y ñoño, de reconciliación entre clases, no puede borrar la inquietud deshumanizada de toda la película, y la desadosegante volubilidad irracional de las masas. Y el célebre robot, cuyos primeros planos consiguieron darme miedo... En fin, que a pesar de la redundancia cansina de algunos momentos, que se hacían pesados (que probablemente necesitaban los espectadores de la época, menos hábiles en el lenguaje visual), fue una experiencia extraordinaria. El medidadior entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón.
El miércoles 13, compra de las entradas para la 60 Edición del Festival de Música y Danza, y, por la tarde-noche, fallo del premio de Poesía Villa de Peligros. Las entradas, por una vez, resultó fácil y relativamente rápido comprarlas. Lo hice para la Tercera de Mahler, dirigida por Metha; la Segunda de Mahler y La Creación de Haydn por la Orquesta del Festival de Schleswig-Holstein -en la primera obra, acompañados por el Coro de la OCG; para la ópera Aynadamar (Lorca visto por extranjeros, una vez más, veremos en qué queda); y para el último de Barenboim, que tocará un concierto de Mozart y la Tercera de Bruckner, aunque no sé si finalmente podré ir.
El martes 12, Metrópolis (Fritz Lang, 1927) en el Cine Club universitario. La última versión restaurada y remontada tras haber encontrado en una filmoteca de Buenos Aires fragmentos inéditos -cuyos intertítulos hubo que traducir del español al alemán original. Ciento cuarenta minutos. Espectacular. Del año 27, y luego a la gente Avatar le parece original y moderna. Escenas memorables, como cuando la gran máquina se convierte en Moloch devorador de hombres en la imaginación del protagonista; El estupendo McGuffin de la máquina como un reloj cuyas agujas hay que ajustar continuamente a las luces que se encienden (variante del castigo de Sísifo); el primer plano de la espalda del empresario dictador, que se encoge de hombros ante la suerte de sus semejantes; el sermón filmado sobre la Torre de Babel... La idea, tan perversa, de crear una Eva -referencia a La Eva futura- con la que pervertir la labor redentora de María (qué interpretación, la actriz, qué mutación de ángel a demonio)... El final, tan complaciente y ñoño, de reconciliación entre clases, no puede borrar la inquietud deshumanizada de toda la película, y la desadosegante volubilidad irracional de las masas. Y el célebre robot, cuyos primeros planos consiguieron darme miedo... En fin, que a pesar de la redundancia cansina de algunos momentos, que se hacían pesados (que probablemente necesitaban los espectadores de la época, menos hábiles en el lenguaje visual), fue una experiencia extraordinaria. El medidadior entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón.
El miércoles 13, compra de las entradas para la 60 Edición del Festival de Música y Danza, y, por la tarde-noche, fallo del premio de Poesía Villa de Peligros. Las entradas, por una vez, resultó fácil y relativamente rápido comprarlas. Lo hice para la Tercera de Mahler, dirigida por Metha; la Segunda de Mahler y La Creación de Haydn por la Orquesta del Festival de Schleswig-Holstein -en la primera obra, acompañados por el Coro de la OCG; para la ópera Aynadamar (Lorca visto por extranjeros, una vez más, veremos en qué queda); y para el último de Barenboim, que tocará un concierto de Mozart y la Tercera de Bruckner, aunque no sé si finalmente podré ir.
sábado, 16 de abril de 2011
Semana cultural antes de la Santa (I)
La semana pasada la tuve tan repleta de actividades culturales que merece un resumen.
El viernes 8, concierto de Barbara Hendricks en el Auditorio Manuel de Falla. Una de las grandes sopranos de todos los tiempos, pero ya con una edad. Una gira crepuscular por lugares que no se la podían permitir en la plenitud de su carrera, imagino. Con todo, el concierto no fue ni mucho menos un bolo: dio un recital de dos horas que incluyó lieder de Schubert, Mahler, Barber y las Siete canciones populares de Falla. El resultado fue técnicamente impecable pero el instrumento, la voz, estaba al límite de sus posibilidades: pesante, metálica con tendencia a irse al registro grave. Mereció la pena. Dio tres propinas: Delibes, el Ave Maria de Schubert (una de sus grandes creaciones; precioso el pianissimi que hizo en la última repetición), y un espiritual negro. El espiritual fue sobrecogedor y perfectamente apropiado para las condiciones actuales de su voz. Si hubiera venido con un recital de espirituales hubiera sido un concierto para la historia de la ciudad; con todo, lo es, en cierta medida.
El sábado 9 fuimos a Andújar a la comunión del sobrino de Rafael, que la hacía solo, el pobre, porque en mayo, en Jaén, un alérgico al olivo solamente puede huir de la provincia. No es un acontecimiento cultural público, aunque las anécdotas darían para un post mucho más interesante que el presente. Cantaron el propio Rafael y un grupo de amigos; uno de ellos, Conchi, acompañó con una viola. El cura sacó esa agresividad territorial que aflora en algunos sacerdotes cuando se acerca alguien de fuera a su parroquia, en lugar de agradecer el posible enriquecimiento, y trató de boicotear el acto: primero dijo que para qué cantar en latín habiendo tantas canciones bonitas en español -para que cantar a Mozart estando Gabaráin, vaya-; esto lo dijo bajo un enorme zócalo del altar mayor con un lema en latin. Luego suprimió alguna de las obras que traían preparadas porque él ya tenía canciones previstas. Previstas para cantarlas él solo, a voz en cuello, como si estuviera oficiando una Misa Negra, esto es, una parodia de la Santa Misa. La combinación fue, cuando menos, peculiar.
La misma tarde del sábado, directamente desde el banquete de la comunión, sin pasar por casa, volvimos al Auditorio a escuchar al Cuarteto Ensemble Vega y a Antonio Carvajal, que interpretaban Las siete palabras de Cristo en la cruz de Haydn. Carvajal leyó sus poemas sobre las Siete palabras precediendo a cada uno de los movimientos que Haydn compuso ilustrarlas musicalmente (más la Introducción y el Terremoto finale). Maravilloso: Antonio recitó espléndidamente, sobrio, contenido, claro, despacioso, grave y solo. La versión de la obra para cuarteto (Haydn realizó hasta tres: para orquesta y coro, para orquesta sola y para cuarteto de cuerda), resulta la más apropiada para nuestra sensibilidad contemporánea, por la reducción que implica de todo el discurso musical a sus líneas maestras y su mínima expresión, lo que hace además, que aflore de modo más claro la lógica de la obra y su relación con el texto. El cuarteto estuvo soberbio, preciso y matizado.
El domingo 10, como colofón a un día dedicado a reponernos de la intensidad del anterior, fuimos a ver El discurso del Rey (Tom Hooper, 2010). Bonita, emotiva, simpática, decorosa; quizá no mucho más. Perfecta en cualquier caso para una tarde tranquila de domingo que culminar con un helado en Los italianos.
El viernes 8, concierto de Barbara Hendricks en el Auditorio Manuel de Falla. Una de las grandes sopranos de todos los tiempos, pero ya con una edad. Una gira crepuscular por lugares que no se la podían permitir en la plenitud de su carrera, imagino. Con todo, el concierto no fue ni mucho menos un bolo: dio un recital de dos horas que incluyó lieder de Schubert, Mahler, Barber y las Siete canciones populares de Falla. El resultado fue técnicamente impecable pero el instrumento, la voz, estaba al límite de sus posibilidades: pesante, metálica con tendencia a irse al registro grave. Mereció la pena. Dio tres propinas: Delibes, el Ave Maria de Schubert (una de sus grandes creaciones; precioso el pianissimi que hizo en la última repetición), y un espiritual negro. El espiritual fue sobrecogedor y perfectamente apropiado para las condiciones actuales de su voz. Si hubiera venido con un recital de espirituales hubiera sido un concierto para la historia de la ciudad; con todo, lo es, en cierta medida.
El sábado 9 fuimos a Andújar a la comunión del sobrino de Rafael, que la hacía solo, el pobre, porque en mayo, en Jaén, un alérgico al olivo solamente puede huir de la provincia. No es un acontecimiento cultural público, aunque las anécdotas darían para un post mucho más interesante que el presente. Cantaron el propio Rafael y un grupo de amigos; uno de ellos, Conchi, acompañó con una viola. El cura sacó esa agresividad territorial que aflora en algunos sacerdotes cuando se acerca alguien de fuera a su parroquia, en lugar de agradecer el posible enriquecimiento, y trató de boicotear el acto: primero dijo que para qué cantar en latín habiendo tantas canciones bonitas en español -para que cantar a Mozart estando Gabaráin, vaya-; esto lo dijo bajo un enorme zócalo del altar mayor con un lema en latin. Luego suprimió alguna de las obras que traían preparadas porque él ya tenía canciones previstas. Previstas para cantarlas él solo, a voz en cuello, como si estuviera oficiando una Misa Negra, esto es, una parodia de la Santa Misa. La combinación fue, cuando menos, peculiar.
La misma tarde del sábado, directamente desde el banquete de la comunión, sin pasar por casa, volvimos al Auditorio a escuchar al Cuarteto Ensemble Vega y a Antonio Carvajal, que interpretaban Las siete palabras de Cristo en la cruz de Haydn. Carvajal leyó sus poemas sobre las Siete palabras precediendo a cada uno de los movimientos que Haydn compuso ilustrarlas musicalmente (más la Introducción y el Terremoto finale). Maravilloso: Antonio recitó espléndidamente, sobrio, contenido, claro, despacioso, grave y solo. La versión de la obra para cuarteto (Haydn realizó hasta tres: para orquesta y coro, para orquesta sola y para cuarteto de cuerda), resulta la más apropiada para nuestra sensibilidad contemporánea, por la reducción que implica de todo el discurso musical a sus líneas maestras y su mínima expresión, lo que hace además, que aflore de modo más claro la lógica de la obra y su relación con el texto. El cuarteto estuvo soberbio, preciso y matizado.
El domingo 10, como colofón a un día dedicado a reponernos de la intensidad del anterior, fuimos a ver El discurso del Rey (Tom Hooper, 2010). Bonita, emotiva, simpática, decorosa; quizá no mucho más. Perfecta en cualquier caso para una tarde tranquila de domingo que culminar con un helado en Los italianos.
sábado, 12 de febrero de 2011
Coco Chanel. Monólogo para una inauguración
Hace ya unos meses, mi amiga Carmen Huete me dijo que iba a interpretar a Coco Chanel en la inauguración de una tienda de moda (Dalbat). La cuestión era que no tenía texto y quería que se lo escribiera yo. Como ya se sabe que la ignorancia es atrevida, lo hice. Teníamos muy poco tiempo, apenas diez días. Rafael me sugirió el comienzo. Se representó, finalmente, en la inauguración de la tienda, en una fiesta muy chic con brochetas de fresas y champán y gustó (la gente es muy agradecida, en general). Carmen estuvo estupenda,chispeante: es una actriz fantástica. Aquí cuelgo el texto, por si alguien quiere leerlo, y un par de fotos del día.
Coco Chanel
Coco Chanel
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| Coco/Carmen en plena actuación |
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| Mi minuto de gloria autorial |
domingo, 30 de enero de 2011
La función por hacer
Retomo el blog después de un parón largo, de esos cíclicos que sufre cuando a su autor lo desbordan el trabajo, las circunstancias o la apatía. Comencemos por poco, con humildad: dejo aquí enlace a la última crítica teatral escrita para Granada Digital sobre la obra La función por hacer. Incluyo la fotografía realizada por Rafa, porque esta nueva entrada tras tanto tiempo sea más vistosa, y porque creo que es de las mejores que ha hecho, y el periódico, por negligencia técnica, no le ha sacado todo el partido que se merecía.
El teatro a escena
Ya tuvimos ocasión de ver esta misma obra hace un tiempo en Madrid. Se hacía en el hall del teatro Lara, a medianoche, cuando había terminado la función "oficial" que se representaba en el teatro propiamente dicho. Con un aforo mínimo, unas cuantas sillas desiguales distribuidas en corro alrededor de un vacío central que hacía las veces de escenario, se representaba todas las noches, supongo que para que resultara rentable. El caso es que funcionó el boca a oreja, y la obra se convirtió en una de las revelaciones de la temporada pasada en Madrid. También, por lo que nos dijeron, en una suerte de obra para actores. El día en que nosotros fuimos nos encontramos con que entre el público, compartiendo el mismo exiguo espacio que nosotros, estaban, entre otros, Aitana Sánchez Gijón, Maribel Verdú, Miguel Rellán, o Rosa María Mateo, lo que tuvo su gracia añadida a la función. Lo cierto es que en aquel espacio mínimo y compartido, con los actores moviéndose entre el público, la obra funcionaba mejor que en el escenario del Alhambra, aun cuando trataron de reproducir en éste unas condiciones análogas.
El teatro a escena
Ya tuvimos ocasión de ver esta misma obra hace un tiempo en Madrid. Se hacía en el hall del teatro Lara, a medianoche, cuando había terminado la función "oficial" que se representaba en el teatro propiamente dicho. Con un aforo mínimo, unas cuantas sillas desiguales distribuidas en corro alrededor de un vacío central que hacía las veces de escenario, se representaba todas las noches, supongo que para que resultara rentable. El caso es que funcionó el boca a oreja, y la obra se convirtió en una de las revelaciones de la temporada pasada en Madrid. También, por lo que nos dijeron, en una suerte de obra para actores. El día en que nosotros fuimos nos encontramos con que entre el público, compartiendo el mismo exiguo espacio que nosotros, estaban, entre otros, Aitana Sánchez Gijón, Maribel Verdú, Miguel Rellán, o Rosa María Mateo, lo que tuvo su gracia añadida a la función. Lo cierto es que en aquel espacio mínimo y compartido, con los actores moviéndose entre el público, la obra funcionaba mejor que en el escenario del Alhambra, aun cuando trataron de reproducir en éste unas condiciones análogas.
viernes, 31 de diciembre de 2010
Lista de fin de año
Voy a acabar el año con una lista, como no podía ser de otro modo. Pero no va a ser de buenos propósitos, sino de deseos descaradamente materiales. Lo cierto es que es una promoción de la Fnac: haces una lista de objetos que querrías comprar y se sortea un vale por 2011€. El plazo termina a las 0:00 de hoy. Me acabo de enterar, no es que lo haya dejado para el último momento. Vamos allá, por pedir, que no quede:
-Apple iMac MC509Y/A Sobremesa todo en uno 21,5". 1499 €
-Haendel: El Mesías. Coro Monteverdi. English Baroque Soloist. John Eliot Gardiner. 38,95 €
-Richard Dawkins: Evolución. Espasa. 22,90 €
-Steven Pinker: La tabla rasa. Paidós. 40 €
-Chéjov: Cinco novelas cortas. Alba. 32 €
-E.T.A. Hoffmann: Nocturnos. Alba 28 €
-David Forster Wallace: La broma infinita. Mondadori. 30 €
-Martín de Riquer y Borja de Riquer: Reportajes de la Historia. Acantilado. 85 €
-Witold Gombrowicz: Diario (1953-1969). Seix Barral. 55 €
-Dostoievski: Diario de un escritor. Crónicas, artículos, crítica y apuntes. Páginas de Espuma. 49 €
-Estuche La Historia de Genji. Dos volúmenes. Atalanta. 84 €
-A dos metros bajo tierra. 3ª Temporada. DVD. 35,99 €
-George Elliot: Middlemarch. DeBolsillo. 11 €
Total: 2010, 84 €
Gracias a Agent prov, en cuyo blog leí la promoción.
¡Y Feliz año nuevo!
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Total: 2010, 84 €
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¡Y Feliz año nuevo!
domingo, 14 de noviembre de 2010
10 (x25) Reglas para escribir ficción
El martes me marcho a Dinamarca a un Congreso sobre la Guerra Civil Española en la ficción de la última década. Voy a hablar acerca de las dos películas de Guillermo del Toro sobre el particular: El espinazo del diablo y El laberinto del fauno. Como todavía tengo bastantes cosas que hacer, a falta de algo mejor, es un momento excelente para colgar un enlace muy interesante que encontré hace tiempo. Parece ser que The Guardian preguntó a 24 escritores norteamericanos por 10 reglas para escribir ficción, con el pretexto de que Elmore Leonard había publicado un libro con las suyas. Un alma caritativa anónima las tradujo y las colgó en Internet. Creo que encontré esto a través del diario de Arcadi Espada. Las reglas irónicas (la mayoría) suelen ser ingeniosas y divertidas; las serias, interesantes, incluso útiles. Hay escritores muy prestigiosos (por ejemplo, Margaret Atwood, Colm Tóibín, Richard Ford, Joyce Carol Oates...), y otros que no conozco. Estoy seguro de que os interesará.
10 Reglas para escribir ficción
10 Reglas para escribir ficción
domingo, 7 de noviembre de 2010
París. Día primero: La Shakespeare and Co (II)
Todo el piso de arriba estaba ocupado por libros antiguos. Cogí uno al azar: era una miscelánea de ensayos de Hazlitt. Aparte de un par de personas curioseando como yo, en la habitación del piano había una chica sentada en el camastro que no tenía almohada; en la habitación de la ventana había otro señor de unos cuarenta años, sentado en un sofá de cuero negro empotrado en la pared. Ambos, chica y señor escribían en sus respectivos Moleskines. No pude evitar una cierta sensación de vergüenza ajena. Es el problema de este tipo de lugares. Como cuando estás cerca de un escritor admirado, por ejemplo en una firma de libros. Tú lo has leído, conoces literariamente a ese autor y te sientes con derecho (querrías) establecer una relación con él de tipo personal (que fuera un amigo, vaya). Entonces ves en la cola de firmas a otras personas como tú y comprendes que ellas se sienten con el mismo derecho (y en realidad lo tendrían); y para colmo todos somos para el autor lectores iguales e indistintos que le dicen más o menos las mismas cosas mientras le decimos nuestro nombre, que no conoce, para que lo incluya en una dedicatoria impersonal. Con los sitios importantes ocurre lo mismo. Voy a un lugar y, porque sé (poco), querría ser diferente, querría entablar una relación personal y única con el lugar en cuestión, hasta que me encuentro con otra gente que está allí y que también sabe. Uno querría ser diferente, pero todos quieren serlo. La única salida digna que se me ocurre es merodear por el lugar tratando de pasar lo más desapercibido posible, aprehendiendo alguna que otra percepción o sensación —y asumiendo que la mayor parte de ellas serán, probablemente, autoinducidas— de la forma más privada posible. Lo contrario, lo que hacía esa gente ahí, gente incluso ya de cierta edad, remedando a grandes escritores que escribían o leían ahí por simple falta de medios y que si hubieran dispuesto de la habitación de un hotel o de un apartamento razonable no lo hubieran hecho, me parece de una increíble, pretenciosa ingenuidad. No obstante, luego pensé que quizá realmente esas personas se sentían parte de una tradición y que a lo mejor realmente estar allí les inspiraba y les ayudaba a trabajar. Por qué no. Quizá si yo tuviera que vivir un tiempo en París, por ejemplo en una estancia, quizá no iría allí a escribir, pero sí a leer. Desde la habitación con la ventana a la fachada, oí el piano. Una canción neutra, facilona. Acudí a ver quién tocaba. Era el muchacho alto que había estado leyendo abajo las cartas de amor de Dylan Thomas.
Salimos de la librería. Era de noche. En ese momento me di cuenta de que la Shakespeare and Co estaba abierta hasta horas intempestivas. Me sentía muy contento, con una emoción razonablemente genuina. La librería sin duda conservaba una cierta aura, lo que quizá no es difícil en un lugar donde hay estanterías repletas de libros. Quizá también por la hora, o porque se notaba que la gente que la ocupaba eran lectores. Rafael me comentó que era el sitio más gafapastoso que había estado, y no pude por menos que darle la razón. Enfilamos de vuelta al piso cruzando el río, por la rue de Rivoli, hasta entrar en el Marais. Todavía estuvimos a tiempo de pasar por la Place des Vosgues que, a oscuras, sólo revelaba sus edificios regios e iguales rodeando a una masa negra y uniforme de bosque rodeada por una reja de agujas de oro.
Salimos de la librería. Era de noche. En ese momento me di cuenta de que la Shakespeare and Co estaba abierta hasta horas intempestivas. Me sentía muy contento, con una emoción razonablemente genuina. La librería sin duda conservaba una cierta aura, lo que quizá no es difícil en un lugar donde hay estanterías repletas de libros. Quizá también por la hora, o porque se notaba que la gente que la ocupaba eran lectores. Rafael me comentó que era el sitio más gafapastoso que había estado, y no pude por menos que darle la razón. Enfilamos de vuelta al piso cruzando el río, por la rue de Rivoli, hasta entrar en el Marais. Todavía estuvimos a tiempo de pasar por la Place des Vosgues que, a oscuras, sólo revelaba sus edificios regios e iguales rodeando a una masa negra y uniforme de bosque rodeada por una reja de agujas de oro.
lunes, 1 de noviembre de 2010
La nueva temporada del Alhambra
Se me acumulan las cosas por hacer y el blog se me resiente sin que por ello, ay, parece que despeje el cúmulo de tareas. En fin. Aquí -mínimo hilo de continuidad- enlazo la crítica de la primera obra de la temporada de este año del Teatro Alhambra a la que hemos ido: María Estuardo, de Schiller. La foto, Magnífica, de Rafael
El poder de las palabras y las palabras del poder
El poder de las palabras y las palabras del poder
domingo, 17 de octubre de 2010
París. Día primero: La Shakespeare and Co (I)
Volvimos a cruzar a la orilla izquierda del Sena y desandamos el camino. A la altura de Notre Dame, a mano derecha, al otro lado de la calle, entreví una librería. Cuando busqué cómo se llamaba no podía creerlo: ¡Era la Shakespeare and Co! Yo creía que estaba en St-German-des-Prés, justo una calle más abajo, no en la ribera del Sena. Pero cuando nos acercamos, no había duda: era la librería de Sylvia Beach, la de Joyce, Hemingway… Entramos. En efecto, era una librería inglesa (todos los libros que alcanzaba a ver estaban en inglés), vieja, con olor a libro viejo, destartalada, irregular, estrecha (había que ceder el paso a los otros ocupantes al cruzarse con ellos), atestada de libros: perfecta. En los rincones libres y alrededor de los dos mostradores, tenía fotos de sus viejas glorias. En una vitrina sobre el mostrador central (en ángulo frente a la puerta, como la quilla de un barco) había algunos ejemplares antiguos de Hemingway, Stein o Joyce. Otra cosa curiosa en que no había reparado hasta entonces: era ya tarde y, sin embargo, la librería estaba abierta y había gente deambulando por ella.
La recorrí mirando aquí y allá, reconociendo algún título suelto (me pareció que había muchas obras de Martin Amis) pero sin poder fijar la atención. Al fondo, tras una cortina ajada, descorrida, en un pequeño ensanche, un muchacho alto estaba desparramado sobre un sillón, leyendo (no hojeando como quien duda si comprar o no) las cartas de amor de Dylan Thomas. Pasado este descansillo se giraba la izquierda y, tras otro breve pasillo, podía girarse a la derecha (la librería es una estrechísima irregular U), o bien subir por unas escaleras. Subí. Por toda la pared de la escalera estaban dibujados de forma tosca y naif, enmarcados en óvalos, los principales autores en lengua inglesa vinculados de un modo u otro con la librería, o más bien con París a principios del siglo veinte: Edith Warthon, Hemingway, Joyce, Gertrude Stein, Djuna Barnes, Henry Miller…; también estaban Scott Fitzgerald y la generación beat; lo cierto es que me gustó verlos allí. En la segunda planta, más estanterías por todas partes. Aquí los libros que había parecían claramente ser libros viejos. La escalera desembocaba en una sala con una ventana al fondo: la de la fachada del primer piso. Antes de entrar en ella, a mano izquierda, había un diminuto cubículo de paneles —no se podía entrar de pie—, ornado con una ristra de luces, como las de los árboles de Navidad, en cuyo interior había un asiento y una vieja máquina de escribir. Un cartel invitaba los visitantes a escribir en ella si lo deseaban. A mano derecha, justo antes del cubículo de la máquina de escribir, en recodo, se abría otra habitación. En dos de las paredes, encajonados entre estanterías, se escondía sendos camastros, no muy limpios, uno de ellos con su almohada, como listo para acostarse. Entonces recordé que Terenci Moix cuenta en sus memorias que se podía pasar la noche en la Shakespeare and Co (no recuerdo si había algún tipo de requisito para ello, vinculado con la literatura) y que él mismo pernoctó allí un tiempo, cuando se fue a París en plan bohemio. Supuse que la cama sería algún vestigio de aquella tradición. En la sala también había un piano de pared, empotrado entre estanterías, haciendo esquina con el camastro. También había un cartel que invitaba a tocarlo.
sábado, 2 de octubre de 2010
París. Día primero: Paseo por la tarde
Tras la siesta de casi dos horas, estábamos preparados para salir otra vez. Volvimos hacia el centro por el mismo camino que por la mañana: Bd. Beaumarchais, Bastilla, Bd. Henri IV hasta llegar a la Île St. Louis. Pero esta vez, en lugar de entrar en la Isla, seguimos por el pont du Sully, en cuyo centro hay una enorme imagen, de apariencia fascista, envuelta en su propio, rígido ropaje como de una virgen (más adelante supimos a quién representaba y quién la había hecho). Nos asomamos un momento al patio del Centro de Estudios árabes para ver la bonita fachada, que aúna estética orientalista y alta tecnología: imita un artesonado árabe, o una celosía, pero en realidad son placas cuyas aberturas circulares se abren y se cierran por un sistema de células fotoeléctricas en función de la luz. Todo parece indicar que no funcionan, quizá por fidelidad de la tecnología al modelo estético.
Por la ribera izquierda del Sena, pronto vimos el lateral de Notre-Dame que da al norte. La vista, entre la arboleda del muelle, era verdaderamente preciosa bajo un cielo encapotado. Para cuando llegamos al Pont au Change comenzó a llover con fuerza. A mí no me gusta que me llueva, y sólo llevaba un minúsculo paraguas de bolsillo, pero lo cierto es que me alegré. Las calles se habían quedado casi sin gente. Volvimos la vista para ver la fachada principal de Notre-Dame y tuvimos nuestra estampa: la plaza desierta y la catedral tras una lánguida cortina de agua: por supuesto, la naturaleza imita al arte.
Seguimos disfrutando del paseo por el centro casi desierto de París bajo la lluvia. Llegamos al pont Neuf. Lo cruzamos empapándonos de las vistas a uno y otro lado. A poniente el cielo encapotado se desgarraba y dejaba pasar una luz algo violenta de bronce, preciosa, justo para recortar la punta de la torre Eiffel a lo lejos. Entramos en la isla por su ribera norte. En la esquina de la Coniergerie, palacio de justicia, vimos una inscripción en latín en un reloj: El tiempo huye, la justicia permanece. Pasamos ante la fachada oeste del edificio, enorme, imponente, al estilo de París, con sus gigantes columnas clásicas estriadas. Después desembocamos en la plaza Dauphine: íntima, coqueta, las casas iguales, con el ladrillo visto rojo por entre los numerosos vanos; apenas si se distinguían de las diferentes, más modernas, bajo el cielo encapotado y la falta de luz. El piso era de tierra. Había un restaurante muy concurrido, con todas las mesas de fuera ocupadas a pesar del tiempo, junto a otro vacío.
domingo, 26 de septiembre de 2010
París. Día primero: De la Tour St-Jacques al Beabourg
A la salida de la Conciergerie, buscando un sitio donde comer, pasamos por la Tour St-Jacques, lo que queda de la iglesia de St-Jacques-de-la-Boucherie (sí, Santiago de los Carniceros), antiguo paso de los Peregrinos hacia Compostela, destruida durante la Revolución Francesa. Hoy, la torre, sustentada por una base con balaustrada, es una suerte de monstruoso monumento en el centro de un pequeño parque. Como era ya muy tarde (cerca de las cuatro), y los restaurantes empezaban a no servir comidas, acabamos en un Kebab. Los empleados, o dueños, me resultaron simpáticos de modo irracional. Curiosamente, sólo uno era árabe, dicharachero y expansivo. Otro tenía barba y una cojera espantosa que le hacía mover toda la cadera, y ojos de tipo duro pero con buen corazón, como un protagonista de una novela de Pérez-Reverte o un eneno de Tolkien. El otro, parecido a Rupert Everett, tenía aspecto de gay jovial con un trasfondo de melancolía; ninguno parecía casar con el resto. Tres estereotipos proyectados por mi indolencia.
Después de comer, andado de vuelta a casa de forma intuitiva, sin mirar el plano, nos topamos con el Pompidou: ultra(pos)moderno y reconocible en su su sofoco de tuberías (las fotos); en algunas intersecciones la estructura está recubierta de modo chapucero por tablones, como casitas de árboles. Al principio no podíamos determinar si eran zonas en reparación o parte del chiste. Luego vimos más en la otra cara del edificio y la lectura estructural nos sacó de dudas. En la explanada frente al edificio había espectáculos callejeros: mimos y creo recordar que también un cantante.
Del Pompidou desembocamos en la Fuente de Stravinski. No sé muy bien cómo una cosa tan fea me pudo gustar tanto; quizá porque es fea aposta. Mecanicista y blanda a un tiempo, colorista y oxidada, Dadá pero, sobre todo, móvil y refrescante. Fue agradable quedarse allí un rato, entre la gente. Después entramos en una iglesia gótica que había justo enfrente, abierta, literalmente, de par en par, y que resultó llamarse St. Merry. Como casi todas, estaba trufada de elementos decimonónicos. Tenía sillas mirando hacia el altar (aquí las iglesias no tienen bancos, sino sillas de anea en formación), pero otras se ordenaban en torno a un escenario en la nave central cerca de la entrada. En una nave lateral, iluminada por luz natural, había varios cuadros coemporáneos de rostros, a la manera de Bacon, de no mala factura. No sé yo si se dicen muchas misas aquí, pero la vela del Sagrario estaba encendida.
Encontramos el piso de O. finalmente, permitiéndonos el lujo de hacer un poquito el flâneur por Le Marais, el exclusivo barrio de O.: vimos algún Hôtel al sesgo, una sinagoga art decó, judíos jóvenes con barba y kipá, y un parquecito secreto que delimitaba con una pared de la que pendía un tímpano sobreornamentado sin puerta.
Estábamos muy cansados cuando llegamos al piso. Dormimos una siesta de dos horas.
| Gente miranto los espectáculos callejeros a la puerta del Pompidou |
| Fuente de Stravinski. En fachada del Pompidou pueden apreciarse las casitas de madera como hechas por Homer Simpson |
Encontramos el piso de O. finalmente, permitiéndonos el lujo de hacer un poquito el flâneur por Le Marais, el exclusivo barrio de O.: vimos algún Hôtel al sesgo, una sinagoga art decó, judíos jóvenes con barba y kipá, y un parquecito secreto que delimitaba con una pared de la que pendía un tímpano sobreornamentado sin puerta.
Estábamos muy cansados cuando llegamos al piso. Dormimos una siesta de dos horas.
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