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lunes, 24 de junio de 2013

Rubayat

Hoy he aprovechado mi último día de libertad (pero también de soledad) antes del curso para tomar un brunch en el centro: capuccino y huevos benedictine —que es un plato que siempre he querido probar—, acompañados de unas estupendas patatas fritas a tacos. Creo que si viviera permanentemente en EE.UU solo, mi esperanza de vida se acortaría notablemente. Durante el brunch, y antes en el metro, y luego en un Starbucks (creo que el éxito de estos locales en parte es la doctrina del más vale lo malo conocido que practica cualquier extranjero), me he dedicado a leer los Rubayat de Omar Jayyam (en la versión de Clara Janés y Ahmad Taherí). ¿Cuánto hacía que no leía un libro entero de una sentada? Los poemas son maravillosos, incluso a través de las veladuras (muy gruesas en este caso) de la traducción. Casi todos tratan sobre el carpe diem, cuya fuente clásica no queda claro si Jayyam conoció (aunque es posible que sí), pero, sobre todo, son una invitación continua a beber: el vino como fuente insuperable de gozo en una vida breve e incierta, de cuyo más allá nada se sabe. Por eso es especialmente emocionante el rubaí (131) donde Jayyam, que hasta ese momento ha puesto el vino sobre todas las cosas, incluida la piedad religiosa, dice:

Para alegrar mi corazón solía yo beber: 
junto a mi corazón estás y ya no bebo. 

También repite mucho una imagen muy poderosa: la tierra que pisamos, o el barro con el que se hacen las almenas o los cántaros están hechos con quienes nos dejaron, y pronto nosotros seremos también cántaro, almena o tierra para nuestros semejantes. Hay dos rubayat que me han gustado especialmente, el 54 y el 122:

Los que poseían la ciencia y la sabiduría,
suma de perfección, vela encendida de sus compañeros,
no pudieron hallar la salida de esta noche oscura,
contaron fábulas y se durmieron.

Esta rueda del firmamento donde estamos perplejos...
Sepamos que ejemplo de ella es la linterna mágica.
Una linterna mágica es el sol, y un farol el universo.
En él, nosotros, como figuras, estamos perplejos...

Como tenía mucha tarde por delante (es lo que pasa cuando haces un brunch) y hacía un calor tremendo (en la habitación de la residencia, en el piso 13 y sin aire acondicionado es impensable estar), también he aprovechado para leer los textos del sesión de mañana (la primera) del curso: uno de Herder sobre la idiosincrasia poética de cada pueblo (en su línea); otro que recoge todas las menciones de Goethe a la Weltliteratur en sus escritos; un poco más tarde, ya sentado en un banco del Boston Common (el parque más importante de la ciudad), otro más de Steiner, justamente sobre Goethe como traductor. Tengo que plantearme lo de comer temprano y no dormir siesta...

Hoy, al volver a ver el rascacielos más alto de Boston (de hecho, el más alto de Nueva Inglaterra), la Torre John Hancock, me ha impresionado mucho más que ayer, cuando lo vi por primera vez.

sábado, 23 de abril de 2011

Sábado de Gloria

Esta mañana, Rafael y yo hemos aprovechado la rara combinación de Sábado Santo y Día del libro para dar un paseo por el centro -acuoso y limpio- y dar una vuelta por algunas librerías. Como si hubiera algo distinto en ellas hoy; pero el placer de algunas fiestas consiste en santificarlas.
 
Rafael me ha reglado El exilio interior de Inmaculada de la Fuente (Madrid: Turner, 2011), una biografía de María Moliner. ¿Quién es esa mujer casi secreta que, sin ayuda, en soledad, elabora todo un diccionario? Yo le he regaldo a el las Aventuras subterráneas de Alicia, de Lewis Carroll (Palma: J. Juan de Olañeta, Editor, 2011): se trata de un librito con la primera versión de la historia de Alicia, la que escribió la misma noche tras el paseo en barca, y a partir de la cual elaboró después Alicia en el País de las Maravillas. Además, incluye ilustraciones del propio Carroll que a Rafael le han gustado casi más que las de Tenniel.

Aparte, he encontrado la antología de relatos clásicos de terror Malos sueños, segunda gran recopilación celebratoria de la Editorial Valdemar en su colección "El club Diógenes" (Madrid: 2004) tras Felices Pesadillas. Tenía la primera y creo que ambas se ven ya poco en librerías, aunque no sé si están descatalogadas. Juntas conforman la que quizá sea la mejor colección de cuentos de miedo desde el siglo XIX a nuestros días publicada en España.

Por último, me he dado el capricho, por amor a primera vista, de comprar Renacida, la primera parte del diario de Susan Sontag, editado por su hijo, David Rieff (Barcelona: Mondadori, 2011). Es un diario verdaderamente íntimo, nada literario aun cuando la mayor parte trate sobre literatura: es fragmentario y a base de notas, e incluso abreviaturas. Admito el impudor de leer algo así (que por otra parte ya es público), pero también resulta fascinante -y enternecedor, pues Sontag era aún muy joven- atisbar sus listas de libros por leer o de sus propósitos intelectuales o de sus ideas para relatos. Su ambición incipiente. Un ejemplo impresionante por lo personal: "13/01/51: Me caso con Philip con plena conciencia + temor a mi voluntad de autodestrucción." (p. 67).

Feliz día del libro.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Aarhus y el congreso

Aarhus es como un estereotipo nórdico: limpia, con casas coquetas y conjuntadas, de buen gusto arquitectónico general, sin las ostentaciones catetas mediterráneas (balaustradas o piñas). Como no tienen persianas ni cortinas, por recoger toda la luz posible y por la moral protestante (en casa no vas a hacer nada que no pudieras hacer en público), por la noche la ciudad parece un catálogo de interiorismo. Da ganas de vivir en todas: muebles funcionales, modernos, luces indirectas, estanterías con libros, parejas jóvenes haciendo juntos la cena, alguien que lee en un sillón... Las bicicletas no las atan, las dejan apoyadas en cualquier parte, o tiradas en el suelo. No obstante, los jóvenes hacen botellón, y gritan y cantan, y los pubs abren hasta tarde.

En el congreso nos trataron a cuerpo de rey: nos ponían fruta -melón, kiwi, naranja, uvas, piña...- y café por las mañanas para los intermedios entre sesiones, y nos dieron comida y cena (a las 12:30 y 17 respectivamente): buffet frío: rodaballo y salmón ahumado (todo un descubrimiento), ensaladas, quesos, carnes frías. En las sesiones de la tarde, acompañaban al café con bizcochos; cada día uno: limón, caramelo y almedras. Para compensar, el café era agua de fregar, pero entraba muy bien con el frío, porque frío hacía un rato: asistimos a la primera nevada del curso. También nos dieron unas tarjetas para que pudiéramos ir del hotel a la universidad en taxi, a pesar de que no estaba muy lejos. Dos por persona, pero nos juntábamos todos los congresistas del mismo hotel y pudimos ir siempre en coche.

Supongo que la organización del congreso se pudo permitir todos estos dispendios en parte porque el número de asistentes era muy reducido: cabíamos todos en una sala grande en varias mesas largas dispuestas en forma de C en torno al atril del orador. Ha sido un congreso de ambiente familiar, donde conferenciantes y comunicantes convivíamos y asistíamos a todas las sesiones. De hecho, salíamos juntos a tomar algo, y juntos vimos muchos de nosotros el museo de arte contemporáneo de la ciudad. El nivel ha sido de los más altos que yo recuerde, con muy poco bullshit o faenas de aliño, y mucha implicación en las discusiones. La cuestión central fue la noción de autoficción en relación con la memoria de la Guerra Civil Española y la posguerra. Las estrellas del congreso fueron Carme Riera, Elide Pittarello, y Jordi Gracia. Riera habló de la autoficción en su novela La mitad del alma, en la que la que una narradora que se llama como ella desarrolla una historia de memoria ficticia en primera persona; esto le costó algún disgusto: con su propia madre, que no tuvo nunca una aventura extramatrimonial (y menos con Albert Camus, como se sugiere en la novela); problemas de la autoficción. Pitarello habló de la obra de Antonio Muñoz Molina. Dio algunas ideas interesantes; por ejemplo, que su narrativa en relación con la autoficción experimentaba un cambio a partir de Ardor guerrero, con una mayor imbricación entre autor empírico y narrador, y que culminaba en Sefarad y en una obra que a ella le parecía importante y que, a su juicio, había pasado desapercibida por la crítica: El viento de la luna. Su última novela, La noche de los tiempos, a pesar de algunos detalles finos (sic), la consideraba un cierto retroceso con respecto a los avances narrativos de obras anteriores (la opinión de que la novela es floja estaba bastante generalizada, por cierto). Jordi Gracia, por su parte, habló de Anatomía de un instante de Javier Cercas. La describió entusiásticamente como una novela en la que lo real, que lo es, y probado documentalmente con un aparato crítico final, se subsume en la lógica novelesca para construir un sentido eminentemente ficcional que sería imposible con la mera presentación de los hechos en forma de reportaje. todos las advertencias del autor (empírico) de que la obra era el resultado de su fracaso como novelista y por tanto no ficción forma parte del artificio mismo de la autoficción. Este tipo de híbridos produce confusiones: a la obra le han dado tanto premios de narrativa (el nacional, sin ir más lejos) como de ensayo. Cercas, por cierto, y Soldados de Salamina fue una de las estrellas del congreso (para la narratología en relación con estos temas de la memoria y la autoficción, da mucho juego). Había apasionados defensores y detractores. En las discusiones se perfiló como una suerte de anti-Cercas el novelista Isaac Rosa, izquierdista notorio, quien, con una obra de corte similar a Soldados de Salamina, El vano ayer, realiza por el contrario una crítica indirecta a aquélla, acusándola de complaciente y tranquilizadora. Rosa también había escrito una primera novela, publicada en una pequeña editorial, en la que, según él mismo, incurría en defectos similares. En su reedición para Seix Barral la retituló como Otra maldita novela sobre la Guerra Civil, y, en lugar de revisarla, construyó un metadiscurso a partir de un lector implacable de la obra que va comentando cada capítulo: otra perita en dulce para un teórico de la literatura, claro.

domingo, 14 de noviembre de 2010

10 (x25) Reglas para escribir ficción

El martes me marcho a Dinamarca a un Congreso sobre la Guerra Civil Española en la ficción de la última década. Voy a hablar acerca de las dos películas de Guillermo del Toro sobre el particular: El espinazo del diablo y El laberinto del fauno. Como todavía tengo bastantes cosas que hacer, a falta de algo mejor, es un momento excelente para colgar un enlace muy interesante que encontré hace tiempo. Parece ser que The Guardian preguntó a 24 escritores norteamericanos por 10 reglas para escribir ficción, con el pretexto de que Elmore Leonard había publicado un libro con las suyas. Un alma caritativa anónima las tradujo y las colgó en Internet. Creo que encontré esto a través del diario de Arcadi Espada. Las reglas irónicas (la mayoría) suelen ser ingeniosas y divertidas; las serias, interesantes, incluso útiles. Hay escritores muy prestigiosos (por ejemplo, Margaret Atwood, Colm Tóibín, Richard Ford, Joyce Carol Oates...), y otros que no conozco. Estoy seguro de que os interesará.

10 Reglas para escribir ficción

domingo, 7 de noviembre de 2010

París. Día primero: La Shakespeare and Co (II)

Todo el piso de arriba estaba ocupado por libros antiguos. Cogí uno al azar: era una miscelánea de ensayos de Hazlitt. Aparte de un par de personas curioseando como yo, en la habitación del piano había una chica sentada en el camastro que no tenía almohada; en la habitación de la ventana había otro señor de unos cuarenta años, sentado en un sofá de cuero negro empotrado en la pared. Ambos, chica y señor escribían en sus respectivos Moleskines. No pude evitar una cierta sensación de vergüenza ajena. Es el problema de este tipo de lugares. Como cuando estás cerca de un escritor admirado, por ejemplo en una firma de libros. Tú lo has leído, conoces literariamente a ese autor y te sientes con derecho (querrías) establecer una relación con él de tipo personal (que fuera un amigo, vaya). Entonces ves en la cola de firmas a otras personas como tú y comprendes que ellas se sienten con el mismo derecho (y en realidad lo tendrían); y para colmo todos somos para el autor lectores iguales e indistintos que le dicen más o menos las mismas cosas mientras le decimos nuestro nombre, que no conoce, para que lo incluya en una dedicatoria impersonal. Con los sitios importantes ocurre lo mismo. Voy a un lugar y, porque sé (poco), querría ser diferente, querría entablar una relación personal y única con el lugar en cuestión,  hasta que me encuentro con otra gente que está allí y que también sabe. Uno querría ser diferente, pero todos quieren serlo. La única salida digna que se me ocurre es merodear por el lugar tratando de pasar lo más desapercibido posible, aprehendiendo alguna que otra percepción o sensación —y asumiendo que la mayor parte de ellas serán, probablemente, autoinducidas— de la forma más privada posible. Lo contrario, lo que hacía esa gente ahí, gente incluso ya de cierta edad, remedando a grandes escritores que escribían o leían ahí por simple falta de medios y que si hubieran dispuesto de la habitación de un hotel o de un apartamento razonable no lo hubieran hecho, me parece de una increíble, pretenciosa ingenuidad. No obstante, luego pensé que quizá realmente esas personas se sentían parte de una tradición y que a lo mejor realmente estar allí les inspiraba y les ayudaba a trabajar. Por qué no. Quizá si yo tuviera que vivir un tiempo en París, por ejemplo en una estancia, quizá no iría allí a escribir, pero sí a leer. Desde la habitación con la ventana a la fachada, oí el piano. Una canción neutra, facilona. Acudí a ver quién tocaba. Era el muchacho alto que había estado leyendo abajo las cartas de amor de Dylan Thomas.

Salimos de la librería. Era de noche. En ese momento me di cuenta de que la Shakespeare and Co estaba abierta hasta horas intempestivas. Me sentía muy contento, con una emoción razonablemente genuina. La librería sin duda conservaba una cierta aura, lo que quizá no es difícil en un lugar donde hay estanterías repletas de libros. Quizá también por la hora, o porque se notaba que la gente que la ocupaba eran lectores. Rafael me comentó que era el sitio más gafapastoso que había estado, y no pude por menos que darle la razón. Enfilamos de vuelta al piso cruzando el río, por la rue de Rivoli, hasta entrar en el Marais. Todavía estuvimos a tiempo de pasar por la Place des Vosgues que, a oscuras, sólo revelaba sus edificios regios e  iguales rodeando a una masa negra y uniforme de bosque rodeada por una reja de agujas de oro.

sábado, 9 de octubre de 2010

Salinger



Salinger es uno de esos escritores (otro buen ejemplo es Borges) que vuelve una y otra vez sobre los mismos temas y lo hace, además, de la misma forma. Esto, al menos, deja las cartas sobre la mesa para el lector: puede decidir tras una cata breve que no necesita leer sus obras completas (y lo más probable es que con cierta irritación), o bien se hace admirador de él una forma personal, esto es, esperando justamente las reiteraciones, consciente de los defectos, e incluso por —o al menos con— esos defectos. En mi caso, sin irritación, tengo que decir que con El guardián entre el centeno y los Nueve cuentos, ya he tenido bastante como para hacerme una idea. Pero puedo entender, aunque a mí no me interese mucho, por qué a tanta gente le gusta y es considerado un autor de culto.
Salinger siempre habla de lo mismo: de personas que tienen algún grado de excentricidad y por ello son capaces de percibir, desde un punto de vista enajenado y melancólico, la anormalidad que subyace bajo las convenciones y los usos sociales normales. Bien se trate de niños o adolescentes que aún conservan una mirada prístina, genuina, y que se resisten a entrar en el mundo adulto, al que los abocan sin remedio; bien se trate de adultos que, por algún tipo de trauma (en los nueve cuentos casi siempre es haber participado en la guerra) han quedado descompaginados y perplejos ante lo que antes era su mundo cotidiano. Desde el punto de vista formal, Salinger también utiliza siempre los mismos recursos (y hay que decir que los utiliza muy bien): o nos encontramos con narraciones en primera persona, donde quien narra es el personaje excéntrico, y de ese modo nos aporta su peculiar punto de vista sobre el mundo, casi siempre mediante un lenguaje coloquial y un tono sarcástico que en el fondo desvela un profundo desvalimiento; o hay un narrador omnisciente que, a la manera de Hemingway, se limita a narrar acciones o a describir detalles externos, materiales, objetivos, y a reproducir diálogos, de forma que es el lector quien debe decidir qué está sucediendo tras ese acopio de hechos, casi siempre triviales (que un personaje añora la vida que pudo tener si hubiera tomado otras decisiones, o que se está enamorando, etcétera.) Esta es, quizá, la gran virtud de Salinger como escritor, y un recurso que, en estos tiempos en los que los escritores tienden a dar demasiadas explicaciones, habría que estudiar e imitar. Cómo el lector puede comprender qué está sucediendo y cómo son los personajes en relatos como "Un día perfecto para el pez plátano" o "Linda boquita y verdes mis ojos" a través de las conversaciones entre éstos y los gestos triviales, sin asomo de simbolismo fácil, que realizan mientras hablan (casi siempre por teléfono, además) es de una maestría envidiable.

Imagino que lo que les gusta a los fans de Salinger es identificarse con el punto de rebeldía original y tierna de los protagonistas. Saberse diferente en un mundo adocenado. Eso, claro está, es lo que no me gusta a mí. Es posible que en los tiempos de la publicación, la actitud de los personajes fuera genuinamente rebelde y original. Luego (también como sucede con Borges), han salido tantos imitadores y admiradores de estos rasgos, que uno que, inevitablemente, ha leído a veces antes a los discípulos degradados que al maestro, ya no puede, ay, evitar poner a éste también bajo sospecha de cierta cursilería.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Las necesidades sexuales y el doble rasero socialdemócrata (Millenium II)

La única persona que entendía la pasión sexual que Silvio Berlusconi sentía por Michelle era su esposa, y la entendía porque él se había atrevido a hablarle de sus necesidades. No se trataba de infidelidad, sino de deseo. El sexo con Michelle le daba un subidad que ninguna otra mujer era capaz de darle, incluida Veronica [su mujer]. [...]


Junto con Veronica había explorado el sexo con dos mujeres -una de ellas una destacada galerista- y descubrió no sólo que su mujer presentaba marcadas inclinaciones bisexuales y que él mismo casi se paralizó de placer al sentir cómo dos mujeres la acariciaban y satisfacían simultáneamente, sino también que experimentaba una sensación placentera difícil de interpretar al ver cómo su esposa era acariciada por otra mujer. [...]


Su vida sexual con Veronica, por tanto, no resultaba ni aburrida ni insatisfactoria; lo que sucedía era que con Michelle la experiencia se le antojaba completamente diferente.


Ella tenía talento. Aquello, simplemente, era SJB. Sexo Jodidamente Bueno.


Tan bueno que él lo vivía como si hubiese alcanzado un equilibrio óptimo entre Veronica como esposa y Michelle como amante, según sus necesidades. No podía vivir sin ninguna de las dos y no pensaba elegir.
Valiente machista, Silvio; y rijoso ¿no es verdad? Repugnante. El problema es que el sujeto de estas acciones no es Silvio Berlusconi. He aplicado el mismo método que utilizó Gombrowicz para probar la verdad y la coherencia de un discurso: cambiar el sujeto. "Un día puso Alemania en un discurso donde los nacionalistas de su país escribían Polonia y la verdad resplandeció en todo lo alto." En realidad el sujeto principal del texto de arriba no es Silvio Berlusconi, sino una mujer, Erika Berger, una de las protagonistas de Millenium de Stieg Larsson. Donde dice la esposa, Veronica, debe decir Greger, el marido de aquélla; y el amante es Mikael Bloomkist, el héroe de la serie. De repente el párrafo no es machista, o la fantasía inverosímil de un varón que proyecta el deseo de tener una mujer sumisa y complaciente. De repente el texto habla de una mujer liberada y moderna; de una relación civilizada.

La clave la encontramos en la propia novela, un poco después del pasaje citado; la injusticia previa que la absuelve:

Mikael era un hombre; podía ir de cama en cama sin que nadie arqueara una ceja. Ella era una mujer y el hecho de que tuviera un amante -contando, incluso, con la bendición de su marido y considerando, además, que llevaba veinte años siéndole fiel a su amente- daba lugar a unas intersesantísimas conversaciones de sobremesa (Larsson: La chica que soñaba... p. 162).

Este es otro ejemplo del doble rasero que nutre toda la novela y que es un síntoma, o signo, de los tiempos.

sábado, 17 de julio de 2010

El busto del Emperador (melancolía)

El busto del emperador contiene uno de las diatribas más violentas que he leido contra el nacionalismo:

Como es bien sabido, en el siglo XIX se había descubierto que todo individuo tiene que pertenecer a una nación o a una raza determianda si realmente pretende ser conocido como ciudadano burgés. "De la humanidad a la bestialidad por el camino de la nacionalidad", había dicho el dramaturgo austríaco Grillparzer. Justo por entonces empezó eso de la "nacionalidad", la fase previa a esa bestialidad que estamos viviendo ahora [se refiere a la I Guerra Mundial]. (p. 19)

Más adelante, el protagonista, un noble local, le dice a un tarbernero judío:

Con todo, la teoría de Darwin me sigue pareciendo icompleta. A lo mejor son los monos los que proceden de los nacionalistas, pues los monos suponen un progreso. Tú que conoces la Biblia, Salomón, sabrás que en ella está escrito que el sxto día Dios creó al hombre, no al hombre nacional. ¿No es así, Salomón? (p. 21)

La ofensa se realiza desde una visión del mundo elitista y aristocrática: como he dicho, la de un noble local que añora otros tiempos. Esto le aporta, sin quitarle un ápice de validez a estas opiniones, un interés narrativo por la ambivalencia que comporta: es el aristócrata quien defiennde valores ilustrados -pero también ciertos privilegios- frente a una masa burguesa que, aun representando la democracia -a la que el noble odia-, también representa la mediocre obsesión por la identidad nacional y su exaltación que conducirá a la xenofobia, el odio entre grupos humanos que antes convivían de modo pacífico y, finalmente, la guerra.

Por lo demás, El busto del Emperador es un relato magistral del ocaso de una época y el comienzo de otra, condensado en una anécodta pintoresca (relativa al busto que le da título), que se carga de una gran profundidad simbólica: el arrumbamiento y entierro de un busto del emperador, que es a su vez el símbolo del final del Imperio Austro Húngaro con el advenimiento de la Primera Guerra Mundial.

A veces uno, personalmente, en el mundo del lenguaje "no sexista", en el de la imposibilidad del humor o la ficción por el miedo a ofender a "colectivos", donde se censuran o autocensuran novelas y películas; en el mundo de las identidades y la obsesión por una diversidad solipsista y pre-ilustrada que no se articula en lo que tenemos de común y que por tanto no es en absoulto enriquecedora; en el mundo en el que vuelve la moralina, sólo que ahora es laica y progresista...; y todo en nombre de unas supuestas democracia y modernidad en realidad prostituidas; uno, entonces, se siente (con un claro poso de vanidad mal confesado, claro)  identificado con ese aristócrata protagonista del relato que sabe que vive un mundo en el que sus ideas, las que él cree correctas, van perdiendo, y que ya comienza a no ser el suyo.

sábado, 15 de mayo de 2010

Madrid y los libros

La tarde del jueves en Madrid me enteré que en el paseo de Recoletos estaba la Feria del libro antiguo: qué mal rato. Cuando lo supe estaba en Atocha (en la cuesta de Moyano para más señas), así que para llegar tuve que dirigirme hacia la rotonda de Neptuno, de manera que parecía un hincha más del Atlético, de los que se encaminaban hacia allí en progresión creciente como un tumulto, con bufandas, cánticos y camisetas. Al final, a la altura de Cibeles, me topé con el mismísimo autobús descubierto de los jugadores con la copa. Me pasó como con las procesiones: uno no las busca y se las encuentra, a veces en circunstancias privilegiadas; seguro que otra gente se dejó los cuernos infructuosamente por ver lo que yo vi.

La Feria del libro antigio de Madrid es como tres veces la de Granada. De hecho, no pude ver todos los puestos. Aunque también es cierto que muchos se reiteraban en el mismo escaparate de libros saldados que pueden adquirirse aquí (por ejemplo en el puesto de Kinépolis). Por cierto, estaba la librería Urbano de Granada.

Me contuve: no era cuestión de acarrear con mucho peso. No obstante, compré:

Michael Millgate (1966): William Faulkner. Barcelona, Barral, 1972
Se trata de un estudio de la obra de Faulkner novela a novela. Pertenece a la maravillosa y desaparecida colección "Biblioteca breve de balance", de la que ya encontré otros títulos señeros como El espejo y la lámpara, de M.H. Abrams, o Poesía e investigación de Hermann Broch.

Oscar Wilde: Salomé. Barcelona: Aymá, 1979. Traducción de Pére Gimferrer y prólogo de Terenci Moix.
Esta es una colección de teatro estupenda que sólo he visto en los puestos de viejo de Madrid. Ya me llevé en su día Equus de Peter Schaffer;, de hecho, es la única versión española que he encontrado.

Julio Camba: Haciendo de República. Madrid: Plus Ultra, 1968
Uno no es seguidor de Espada impunemente. Se trata de una colección de artículos escritos en pleno advenimiento de la II República. Como testimonio de primera mano y reflexión crítica -y humorística- de aquel momento, aparte de lúcido, resulta muy útil para la recuperación de una memoria histórica real y no maniquea o interesadamente idílica. Leí algunos artículos aquella misma noche, cenando en un Sushi bar de Chueca (donde el ejemplar y yo pegábamos como dos pistolas a un Cristo), y constaté con pena que, en política, en España hemos avanzado muy poco; y espero que no perdamos la mínima reserva de sentido común necesaria para no hacer una tontería.

Gabriele Bartz y Eberhanrd König: Museo del Louvre. (S.L.), Könemann, 2005
Esta es una colección de guías llamada "Arte y arquitectura" que me gusta mucho. En tapa con sobrecubierta, pero pequñitas y manejeras. Me fueron muy útiles en Italia. Ya he ido coleccionando Venecia, Florencia, Toscana, Roma, Andalucía, París, y ahora ésta. Reconozco que la compré con un punto de tacañería, porque estaba tres euros más barata que en Granada.

Norman Mackenzie (ed.) (1967): Sociedades secretas. Madrid, Alianza, 1973
La verdad es que este me lo llevé sobre todo por la cubierta de Daniel Gil (un ojo dentro de una lata de conservas). Pero lo cierto es que hace un repaso muy interesante a las principales sociedades secretas, desde la época primitiva a la mafia, pasando por los Asesinos, los Templarios o los Masones. Lo mejor es que parece riguroso, algo muy difícil en estas cuestiones; y, sobre todo, es anterior a la avalancha bibliográfica propiciada por Dan Brown.

Para colmo, al día siguiente, tras la conferencia, Ángel Uriarte me regaló algunos ejemplares de la colección El libro de bolsillo de Alianza editorial (con cubierta de Daniel Gil, por supuesto): El castillo, de Kafka; La narración de Arthur Gordon Pym, de Poe; una Antología poética de Borges; y Un díalogo sobre el poder, de Michel Foucault. Lo cierto es que, salvo el de Foucault, los tenía todos (el de Poe en otra edición), pero me pareció descortés desairar el gesto de espontaneidad generosa de Ángel, una persona verdaderamente cordial y desprendida (y encima estos ejemplares estaban impolutos).

Total, que he vuelto de Madrid cargado de libros.

sábado, 17 de abril de 2010

Sorprendente coincidencia

La siguiente entrada la escribí en mayo del año pasado. Por alguna razón no la publiqué y se quedó en el limbo de los borradores. Esta mañana la he descubierto por pura casualidad; como me ha gustado mucho, la había programado para que se publicara el sábado de la semana que viene -las entradas de este fin de semana ya las tenía previstas. Más tarde, he entrado en el blog literario de El Mundo, El Escorpión, de Alejandro Gándara, para descubrir que éste ha escrito una entrada igual. No daba crédito. Por eso, he decidido, a título de curiosidad, adelantar su publicación. Si no fuera porque este blog es personal y sin lucro, sería muy difícil por mi parte sostener que se trata de una coincidencia y no de un plagio. 

Traducir a Kafka
Hace ya un tiempo compré el tercer volumen de las Obras completas de Kafka, el correspondiente a las narraciones cortas y los escritos sueltos. Círculo también acusa la crisis y ha hecho un tres por dos de sus colecciones de Obras completas: así, he comprado la Poesía completa de Rubén Darío, el tomo de novelas últimas de Nabokov (incluyendo Pálido fuego y Ada, o el ardor) y de regalo venía el de Kafka.

Uno de los alicientes del tomo son las nuevas traducciones, a cargo de Adan Kovacsics, Joan Parra Contreras y Juan José del Solar, incluyendo el controvertido cambio del título La metamorfosis por La transformación, cambio, dicho sea de paso, muy bien justificado por los traductores desde un punto de vista tanto lingüístico como literario e histórico en una exhaustiva nota. Lo que ocurre es que la literatura también se hace con el contexto y las convenciones y así, la edición suelta de la obra en bolsillo, tanto en DeBolsillo como en Círculo, ha debido llevar entre paréntesis La metamorfosis, bien para no confundir a quien ya la tenga, bien para no espantar al comprador que estuviera buscando este relato.

Por curiosidad, me he ido directo a uno de mis cuentos (¿poema en prosa?) favoritos de Kafka, el que en la edición de Alianza Editorial, traducido por J. R. Willock, se titula "El deseo de ser piel roja". En la nueva edición, "Deseo de convertirse en indio". A continuación lo transcribo en ambas versiones, primero la de Alianza, luego la de Galaxia, para que podáis comparar, porque las variaciones son notables:

El deseo de ser piel roja
Si uno pudiera ser un piel roja siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era un pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo.

Deseo de convertirse en indio
Si uno fuera de verdad un indio, siempre alerta, y sobre el caballo galopante, sesgado en el aire, vibrar una y otra vez sobre el suelo vibrante, hasta dejar las espuelas, pues no había espuelas, hasta desechar las riendas, pues no había riendas, y por delante apenas veía el terreno como un brezal segado al raso, ya sin cuello ni cabeza de caballo.

La primera versión suena más "bonita", esto es, más emocionante y literaria. Esto parecería confirmar la impresión que tengo de que el paradigma de la traducción ha cambiado: busca mayor precisión pero a cambio de perder cierto instinto de lenguaje y voluntad de estilo: las traducciones de ahora adolencen de cierto desangelamiento fiel frente a la infiel gracia literaria de las del pasado. Aparte es a la que estoy acostumbrado, y la nueva me suena rara.

Pero también es cierto que la primera traducción es también más "asequible", esto es, más comprensible, con lo que se tiene la sospecha de que el traductor ha limado asperezas y, por ejemplo, ha unificado los tiempos verbales para ayudar a la comprensión (cosa que al parecer no responde al original). O sea que la ha domesticado y convertido en divulgación. Da una impresión más que razonable de que está ocurriendo lo que denuncia Kundera justamente sobre Kafka en Los testamentos traicionados (en otra obra lo indica de Tolstoi o incluso de él mismo): la propensión de los traductores facilitar la lectura, o a incluir su interpretación en la urdimbre del texto mediante la modificación de palabras, giros, etc., o también la tentación de "embellecer" un texto (o sea, volverlo kitsch) mediante la supresión de cacofonías o palabras que se repiten -sustituir "musitó" por "dijo"-, sin pensar que estas puedan tener un valor expresivo deliberado. De hay que el "vibrar/vibrante" de la segunda traducción, tan poco literario, probablemente sea más genuinamente kafkiano. Quién supiera idiomas.

sábado, 3 de abril de 2010

La infancia no recuperada

Es posible que sea cierto que hay novelas que son para leer en una determinada edad. No como principio general, sino adaptado a la idiosincrasia de cada uno. ¡Cómo me hubiera gustado Oliver Twist con trece o quince años! Cómo hubiera disfrutado cuando Oliver, tras tanta penuria, acaba por encontrar un ámbito de pura dicha con las Maylie. Cómo me hubiera identificado con delectación morbosa en la absoluta determinación de Oliver, casi abyecta, de complacer a sus bienhechoras en todo momento. Cómo hubiera querido pertenecer a la pequeña comunidad, casi falansterio de clase alta, que se crea en torno al huérfano. Cómo hubiera deseado, en definitiva, que la felicidad no acabara nunca, que la novela se estancara cuando Oliver ya no tiene que preocuparse por nada más y pasa a ser un personaje pasivo... (no sé si es un gusto peculiar, pero de pequeño me encantaba leer pasajes felices, y los cambios de fortuna me producían pereza: creo que podría haber leído una novela sobre nada salvo acontecimientos favorables para los protagonistas; por eso me gustó tanto El pequeño Lord de Frances Hodgson Burnett. No está mal como materia de reflexión psicoanalítica).

Leída hoy, puedo entender cómo, a pesar de ser uno de los títulos más famosos de Dickens, si no el que más, no suela figurar en las listas canónicas de sus mejores obras (a diferencia de, por ejemplo, David Copperfield o Grandes esperanzas). La trama -engordada artificialmente, porque en resumen es mínima- resulta melodramática en el peor sentido del término, disparatada y completamente inverosímil. La crítica social es tan ñoña y grosera que parece que busque más contentar conciencias hipócritas -nadie puede estar de acuerdo con la extremosa crueldad de las autoridades del hospicio- que realizar una verdadera denuncia. El estilo de Dickens, dichararchero, jovial y algo campanudo -no me extraña que le gustara tanto a Galdós-, a veces es ameno y a veces cansino (por cierto, otra cosa que hubiera disfrutado en mi infancia: de ese estilo -tan "literario"- y del continuo salto por parte del narrador omnisciente de un personaje a otro, indicándolo además: "dejamos ahora al judío para ver qué estaba haciendo en ese momento Nancy..."). Y el uso continuo que hace de la ironía en su forma retórica más ortodoxa, esto es, diciendo lo contrario de lo que se pretende, sobre todo al principio de la novela, se hace directamente cargante.

Con todo, algo hay de verdad en el incendio de teatro de Oliver Twist: apetece seguir leyendo para ver en qué queda la cosa, aun cuando se vea venir (prerrogativa del melodrama, supongo). Y uno, como en la infancia, se sorprende emocionado en algunos pasajes, como el encuentro entre Nancy y Rose, o implicado de veras durante la escena vívida, magistralmente narrada, puesta ante los ojos, del acoso final a Sikes. Y lo cierto es que se cierra el libro con la impresión de haber estado dentro de un mundo, es decir, de una novela.

domingo, 28 de marzo de 2010

Pixeladas


Otra de las cosas que he hecho durante este tiempo es participar en un curso en la Facultad de Bellas Artes cuyo título era Pixeladas. Se trataba de impartir un curso-taller de literatura (creación literaria) y otro de fotografía bajo el tema de "La locura". En una segunda fase, también bajo la supervisión de un profesor, los alumnos tenían que producir una obra que incluyera una fotografía y un texto. Como es lógico, yo me encargué de la parte literaria. Al curso podía inscribirse cualquier miembro de la comunidad universitaria, por lo que los alumnos fueron de lo más variopinto, desde estudiantes o administrativos a profesores titulares. La experiencia resultó divertida y gratificante, creo que para ambas partes. Al final un jurado (del que no he formado parte) elegía una de las obras como ganadora; ésta competía luego con las ganadoras de cursos análogos celebrados en las otras provincias andaluzas.

Se ha editado un catálogo con las obras. Para él escribí esta presentación.

viernes, 26 de junio de 2009

Mario Vargas Llosa en Granada

Son días de mucho trabajo: corregir exámenes, presentar memorias, propuestas de proyectos de innovación docente... No obstante, tuve tiempo de acudir a la entrevista de "El intelectual y su memoria" que le hicieron a Mario Vargas Llosa en una hora y lugar intempestivos (el complejo Triunfo de la Universidad, a las 9:30, cuando suelen ser en la Facultad de letras y a mediodía; aún me pregunto por qué), un día antes de investirlo Doctor Honoris Causa).

El planteamiento del acto también fue novedoso: lo normal es que la entrevista esté preparada por el presentador/acompañante, en este caso el profesor Ángel Esteban. Sin embargo, éste realizó tan sólo una pregunta incial y dejó el resto al público, por lo que aquéllo fue un auténtico coloquio. Esto puede ser muy peligroso, pero he de decir que la cosa salió bien, y que el acto resultó ameno e interesante.

Como era de esperar, hubo preguntas sobre literatura y sobre política. Sobre la segunda, me pareció especialmente interesante la que le hicieron acerca de unos disturbios indígenas en Perú en los últimos días (o semanas), de los que debo reconocer humildemente que no tenía noticia, en donde al parecer ha habido decenas de muertos. Con su claridad y su talante librepensador habituales, Vargas Llosa dijo que pensaba que en este caso se había producido una de las paradojas habituales de la Historia: el motivo de éstos eran unas leyes para regular la selva que habían sido interpretadas como una amenaza a la pervivencia de las comunidades indígenas. La virulencia de los disturbios, donde la mayoría de muertos han sido policías salvajemente mutilados -aunque también han muerto indígenas por las cargas-, había conseguido que el gobierno, asustado, se retractara de su aplicación. Sin embargo, Vargas Llosa opinaba que aquellas leyes protegían por fin de facto a las comunidades indígenas, que no poseen las tierras por ley sino por tradición, regulaban aquel territorio y permitían las inversiones y la prosperidad frente al narcotráfico, dueño actual de la zona. Que los indígenas, alentados por el populismo anticapitalista tan propio de Iberoamérica, habían obtenido una derrota tras la apariencia de un triunfo, contribuyendo a perpetuar su estado de indigencia.

Acerca de la Literatura, fui muy curiosa e hilarante la historia de la publicación de su primera novela, La ciudad y los perros. Tras diversos rechazos, Carlos Barral se avino a publicarla, sugiriendo presentarla al premio "Biblioteca breve" (que ganó) para, por el prestigio, presionar a la censura. Vargas Llosa no creía que una novela así pudiera pasar ésta, pero, aparte del premio, se realizó una campaña a su favor de gente no demasiado lejana al régimen entre los que figuraron, por ejemplo, José María Valverde. Al final sólo le censuraron ocho palabras. Y allá que fue el autor a una oficina ignota a discutirlas. Una de ellas era el adjetivo "cetáceo" atribuido al vientre de un coronel: "vientre de cetáceo". Contó Vargas Llosa que, por hacer una broma que lo congraciara con el censor, propuso cambiar "vientre de cetáceo" por "vientre de ballena". Y para su absoluta sorpresa, el censor repuso que sí, que si era de ballena estaba bien. Otra era "burdel", más que nada porque era el capellán (único religoso que aparecía en la novela) el que lo frecuentaba. Por probar, Vargas Llosa sugirió cambiar a "prostíbulo". Y al censor también le pareció bien, porque esa palabra no la entendía tanta gente... Y así fue cambiando todas las palabras por sinónimos. Podéis imaginar las carcajadas del auditorio cuando contaba esto. Luego añadió que, en Perú, los militares hicieron una quema pública de la novela pero no se les ocurrió prohibirla (quizá ni siquiera sabían que podía prohibirse una novela). El resultado fue que ésta se convirtió en un best seller, porque todo el mundo quería saber por qué la habían quemado los militares.

sábado, 13 de junio de 2009

Categorías

Hace poco, un poeta contó en un acto público la anécdota que le había inspirado un poema: en el Cabo de Gata cogió un esqueje de cactus del borde de una carretera para trasplantarlo en una maceta en su casa y se pinchó. Entonces, otro poeta que estaba con él apostilló que también había cogido un esqueje de cactus en Almería del borde de una carretera para trasplantarlo a una maceta. Que el hecho de que un poeta coja una flor de un camino para ofrecérsela a la amada es un lugar literario, pero que se veía que ahora los poetas no cogían flores sino cactus, que lo hacían en una carretera, no en un camino, y no para dárselo a una amada sino para trasplantarlo en una maceta. Y que la coincidencia entre ellos dos permitía elevar la anécdota a categoría. Esto provocó las risas del público.

Tenía razón. Es una definición magnífica de la poesía que hacen: un trozo de cactus cogido de una carretera trasplantado a una maceta propia. En efecto: una auténtica categoría crítica, estética, moral, vital.

miércoles, 10 de junio de 2009

Ojos azules

Ojos azules es un cubito de caldo concentrado de Pérez-Reverte. Una pura decantación de Pérez-Reverte. Esto quiere decir que, a quien no le guste Pérez-Reverte, que ni se acerque al libro, y, a quien le guste mucho, que vaya de inmediato a hacerse con uno porque va a pasar un rato estupendo, si bien brevísimo: uno de los claros inconvenientes del libro es que es un descarado artículo de lujo a costa de la firma de éxito del autor: es un cuento de la extensión de los que regala la Rober, sólo que ilustrado y encuardernado en tapa con sobrecubierta al precio de 14 €. Las ilustraciones, por cierto, obra de Sergio Sandoval, tienen una técnica impresionante, pero las encuentro un punto cursis.

A la obrita la precede un magnífico prólogo de Pere Gimferrer, de gran perspicacia crítica (y que aporta cierto relleno de decoro). Tanto es así que voy a limitarme a copiar aquí un fragmento de éste que permite hacerse una idea cabal de lo que puede encontrarse en el relatito o miniatura, como no tiene más remedio que admitir Gimferrer:
Miniatura magistral de la escritura de Pérez-Reverte, Ojos azules me trae a la memoria cierta frase de Emerson que solía recordar Borges: comprendiendo un momento de la vida de un hombre podremos comprender toda su vida. Del mismo modo, quien lee Ojos azules no sólo percibe la vida entera del soldado que la protagoniza, sino el alcance y significación del extenso episodio épico en el que se inserta, y , en otro sentido, la dimensión de toda la numerosa, variada y rica trayectoria narrativa de Pérez-Reverte, cuyas virtudes compendia especularmente y espectacularmente en un admirable microcosmos (pp. XII-XIII).
Otra referencia interesante en el prólogo es al empleo deliberado de un registro actual y coloquial, huyendo de la tentación, absurda ya, de intentar remedar el habla de la época mediante arcaísmos etc. y que justifica muy bien la decisión de Reverte, extensible a sus otras crónicas históricas más o menos noveladas.

A mí es éste el Reverte que me gusta, y me gusta mucho: el que narra de manera suelta e informal aspectos de la historia; el de La sombra del águila, Territorio comanche, Cabo Trafalgar y la magna, excelente crónica Un día de cólera. Ello frente a sus novelas "grandes" o "serias", donde creo que resulta más forzado y encorsetado, no exento de tópicos y estereotipos sin ironía; donde trata de comunicar con subrayado excesivo una determinada idea a priori, casi siempre moral y donde sobran bastantes páginas... (Y, no obstante, su última novela, El pintor de batallas, constituye una excepción: se ha descolgado con una novela muy seria y precisa, sin retórica hueca, de calado más profundo pero que no renuncia a la trama. Si se trata de un punto de inflexión, como ya apunté Reverte está cogiendo hechuras de clásico.)

Por cierto, no terminaba de entender a qué el título de la obra: se comprende justo al final, aunque, la verdad, en el fondo tampoco hay que ser muy perspicaz para comprenderlo aun antes.

sábado, 6 de junio de 2009

Esperando a Godot

El sábado 30 fue el último concierto de la temporada de la OCG, uno familiar en el que participaba el coro. Después de éste había una reunión de representantes del coro con los de la orquesta en el hotel Saray. Rafael se quería quedar. Al final, en lugar de marcharme a casa o a alguna otra parte, yo también decidí quedarme en el hotel a esperarlo, leyendo. Rafael me dejó sus cosas, entre las que se encontraba Esperando a Godot, que es lo que estaba leyendo él en ese momento; decidí releerlo. Me atrae mucho esa idea de un tiempo muerto donde se lee una obra breve completa. Y así, a pesar del ruido circundante (el resto de mesas estaban ocupadas, y además había una boda), me sumergí en la lectura. Fue una experiencia intensa y gratificante: a pesar de la dificultad y de la abstracción de la obra, el entorno se difuminó y asistí al desenvolvimiento de esta experiencia desasosegante y moderna. Mientras leía estalló una tormenta en la calle. La verdad es que todo contribuía a generar la atmósfera precisa.

No me extraña que Beckett sea uno de los autores favoritos de Adorno; tiene todas las características de lo que éste esperaba de la obra literaria: por ejemplo, que ésta sea como la música, una abstracción cargada de sugerencias, imposible de dotar de un sentido concreto; y, en efecto, es inútil tratar de encontrar, no ya un sentido, sino cualquier sentido a Esperando a Godot: como la música, y a pesar de los referentes inevitables a la lengua, el discurso es una pura sugerencia que estalla en muchas direcciones, sustentado tan sólo en un ritmo y una estructura. Pero no sólo eso: la sugerencia o expresividad de la obra de arte tiene que ser difícil y dolorosa, mostrar la angustia del mundo. También ocurre esto en EaG, donde todo es tristeza, angustia, absurdo apenas mitigado por unas gotas de compasión y de compañerismo: así se convierte, como quería Adorno, en un foco genuino de resistencia negativa que, en su no sentido, se niega a ponerse al servicio de nada, es un puro fin en sí misma que, sin embargo, con su expresividad angustiosa, grita verdades, no por imprecisas, menos necesarias.

sábado, 23 de mayo de 2009

Tener razón

Cuando en determinados asuntos, sobre todo si son polémicos, la realidad le da a uno palmariamente la razón, yo en particular tiendo a sentirme más como abismado y vertiginoso que contento y en paz. Casi no daba crédito cuando me he enterado de que el propio LGM en persona ha saltado a la palestra contra Gamoneda descolgándose con unas declaraciones descalificatorias nada menos que a la CNN. Según parece, estas incluían valoraciones del tipo bufón del reino, Cervantes sin lectores o similares. No obstante, no he conseguido encontrar nada concreto, ha sido una noticia que me ha dicho una persona en particular. Agradeceré a alguien que me proporcione algún enlace o fuente razonable.

Un aspecto interesante de las descalificaciones de esta gente es el carácter absolutista de buena parte de ellas: no lo entiende nadie, no lo lee nadie... (no es la primera vez). Me recuerdan a Anson cuando dice "España desaprueba tal cosa", o "El pueblo español se echó a la calle para apoyar a la Guardia Civil"... Los extremos se tocan. Dan ganas de decir lo obvio: no lo leerás ; no lo entenderás tú.

martes, 19 de mayo de 2009

Benedetti, Gamoneda, y la poesía

Leo en El Mundo (información no disponible en la web) que Antonio Gamoneda, en la presentación de su último libro y ante las preguntas de los periodistas, ha dicho (con el máximo afecto a su persona -"un hombre necesario", "un ser admirable"-), que Mario Benedetti le parecía un "poeta menor". Las razones de este juicio tienen que ver con registro de lenguaje empleado por el uruguayo. Explica Gamoneda: "La palabra meramente informativa se puede encontrar en las columnas de periódicos, en televisión y hasta en los púlpitos, pero la poesía para mí es otra cosa. Menos evidente. Le pasa lo mismo a sus epígonos, cuya escritura no se incluye dentro de la verdadera modalidad esencial del pensamiento poético."

Independientemente de que lo dicho por Gamoneda sea discutible, que lo es, creo que resulta pertinente. No tanto por la cuestión formal a la que se refiere: creo que la Poesía es como la Casa del Padre: tiene muchas moradas, y caben en ella multiplicidad de registros, incluido el coloquial (y los antipoemas de Nicanor Parra, si vamos a ello). El problema de fondo es cuando desde determinados círculos poéticos que dominan las instituciones se nos quiere hacer creer que la citada poesía de tono coloquial, urbano, irónica, próxima al chiste y al cantautor, es la única que existe, y que otros poetas son necesariamente cursis, engolados o rancios (ver más abajo la réplica a las declaraciones de Gamoneda). Por eso Gamoneda, que sabe lo que dice, habla de los "epígonos" y no sólo de Benedetti.

Sin duda el tipo de poesía coloquial del que habla Gamoneda tiene mucho éxito de público -dentro de los límites inherentes al género-, pero me temo que es justamente en función de su coloquialidad y su prosaismo: resulta fácil de leer y, a la postre, fácil de entender. Como dice mi amigo Juan Varo, se trata de una poesía para quienes no les gusta la poesía ni el esfuerzo que implica su lectura; nótese que esta idea corre parejas con la de Gamoneda: quizá sí sea poesía pero, en ausencia de otras, se vuelve un sucedáneo light para consumo rápido y de digestión (satisfacción) inmediata; es decir: mera cultura de masas o, peor aún midcult. Y me temo que, desde el punto de vista de "los epígonos", la defensa de esta poesía light constituye una coartada con la que justificar la propia mediocridad en su quehacer poético, toda vez que elaborar este tipo de poesía es tan fácil como leerla y sólo se tiene en pie recurriendo, obsesivamente, casi histéricamente, una y otra vez a los modelos. Estos tuvieron su razón de ser en un determinado contexto histórico, pero a la quinta generación que sigue empleando el mismo tono coloquial, de perdedor simpático, irónico, chistoso, trastocando frases hechas y lanzando piropos prosaicos, ya resulta grotesto. No obstante, esto les ha permitido a algunos instalarse en el status de poeta sin apenas esfuerzo, reptiendo una y otra vez los mismos trucos, y sacar libros al mundo como buñuelos, según decía Cervantes.

De ahí la respuesta a Gamoneda por parte de "los epígonos", en este caso representados por Benjamín Prado y Chus Visor, característicamente matonil -contrastando con el respeto de Gamoneda-, y que también recoge El Mundo: "A Mario (ah, la familiaridad con los grandes, tan benjaminiana) no le hizo falta, como a otros, obtener el Premio Cervantes para alcanzar lectores, ni popularidad. [...] Hay ediciones en que se lo dan a poetas de segunda división como es el caso de Gamoneda, un ser sujeto al techo por telarañas y al que no entiende nadie. [...] Puede que Benedetti no sea Cernuda, pero comparado con Gamoneda es el Barça frente al Alcoyano". No es sino la reacción de defensa del propio status amenazado. Hay también en la réplica una referencia , inevitable, a Ángel González, el otro gran totem sagrado del grupo y justificador de esta poética y al hecho de que tampoco le dieran el Cervantes.

Por poner otro ejemplo: no hay más que observar los poemas que han colocado en los autobuses con motivo del Festival Internacional de Poesía de Granada, gestionado, por supuesto, por "los epígonos". Todos ellos, independientemente del autor, se caracterizan por lo dicho: empleo de un lenguaje comunicativo inmediato, ningún tipo de desvío en la sintaxis y una idea común y fácil de asimilar: lo único que ellos mismos son capaces de entender y de asimilar. Léanlos y verán cómo es cierto lo que digo.

El trasfondo es un resentimiento oculto hacia la grandeza de miras, un descreer de la posiblidad de la belleza y lafuerza de la poesía: porque todo esto cuesta esfuerzo y aleja de la fama fácil y el vivir del cuento, que no de la Poesía.

lunes, 4 de mayo de 2009

Día del libro

Por el 23 de abril, Rafael tiene la feliz costumbre de regalarme un libro que suele ser, por regla general, pequeño, excelente y caro: del tipo que uno desea con avidez pero no se atreve a comprar; lo que se dice un regalo de verdad. Este año ha sido el relato de Pérez-Reverte editado por Seix Barral en su colección (titulada significativamente) "únicos": Ojos azules. Es un cuento de apenas treinta páginas, engordado por un prólogo de Pere Gimferrer, bellamente editado e ilustrado. Por lo que se ve, relata los acontecimientos de La noche triste desde el punto de vista de uno de los soldados españoles. Es el Pérez-Reverte que me gusta: el que novela acontecimientos históricos, a lo que quizá se sume en este caso la circunstancia de que el último Reverte, en general, empieza adquirir ciertas hechuras de clásico, no necesariamente genial ni imprescindible, pero clásico.



miércoles, 25 de marzo de 2009

Un poema de terror

En el recital del otro día se leyó un poema de Juan Ramón que me resultó muy sugestivo e inquietante mientras lo escuchaba. Luego, en casa, lo releí y confirmé la impresión. Se trata de un poema con anécdota y me recordó, en su mezcla decadente de erotismo, ensueño, amenaza y muerte, a algunos pasajes de Drácula y, como ellos, me produjo hasta un cierto escalofrío. Creo que podría hablarse de un poema de terror en toda regla, y se me ocurren pocos precedentes (por lo general, en ellos lo lírico supera a lo terrorífico). Aquí el equilibro es perfecto. Lo copio a continuación. Pertenece al libro Jardines lejanos, en la sección "Jardines galantes".

Somos tres: Magdalena, Francina
y yo. Nadie nos ve... Las estrellas
están tristes. La luna ilumina
de tristeza el blancor de las bellas.

Huele a rosas abiertas. Los gnomos
de las fuentes en luz, han huido...
Magdalena, Francina y yo, somos
la visión de este parque dormido.

...Yo no sé lo que somos... Las bocas
de ellas ponen su fiebre en la mía.
Tengo miedo... Parecen dos locas
que me quieren volver la alegría.

Tengo miedo... Sus bocas me hieren
como bocas de víboras... Rojos
fuegos tienen sus ojos... ¡Ay! quieren
que esta noche yo cierre mis ojos...