Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de agosto de 2014

La estupidez recurrente del nacionalismo

Hay por ahí una frase tópica, como de pintada callejera, que dice que el fascismo se cura leyendo y el nacionalismo viajando. No es cierta, claro, porque el problema de fondo, la idiotez, no se cura tan fácilmente. De todas formas, leer, si no curativo, al menos resulta ilustrativo (al igual que viajar), para alguien desprejuiciado, sobre la pervivencia de la peste del nacionalismo.

Leo en el excelente ensayo de Margarte MacMillan 1914. De la paz a la guerra (Madrid, Turner, 2013) los problemas que conllevaba el auge del nacionalismo en el Imperio austrohúngaro en las décadas previas a la I Guerra Mundial. Conforme avanzaba en la lectura, no daba crédito: exactamente (pero exactamente), las mismas miserias y estupideces que padecemos los ciudadanos de la España de hoy a costa de los nacionalistas. Cito a MacMillan por extenso a continuación.

Para empezar, aparece la idea de aprovecharse de los momentos de debilidad del Estado en lugar de contribuir a su recuperación y fortalecimiento:

La aristocracia húngara y los nobles de menor rango que dominaban la sociedad y la política tenían un elevado concepto de su idioma [...] su historia y su cultura [...]. [E]n 1867 aprovecharon la aplastante derrota sufrida por el imperio austriaco a manos de Prusia para negociar un nuevo acuerdo con el emperador, el famoso compromiso (p. 285).

Desde ese momento, la eficacia en el gobierno se ve mermada por cuestiones formales. Por ejemplo, las delegaciones se reunían para los acuerdos necesarios "pero, a insistencia de los húngaros, solo se comunicaban por escrito, para no dar la impresión de un gobierno compartido. [...] Las cuestiones financieras y comerciales se renegociaban cada diez años, y por lo general daban lugar a dificultades." (p. 285)

El "Compromiso", que daba carta de  naturaleza a la autonomía húngara dentro del imperio, desató el despilfarro chauvinista:

En un principio los húngaros estuvieron encantados con el compromiso [luego, claro, querrían más], y hasta iniciaron la construcción de un nuevo edificio en Budapest para el parlamento. "No se precisa de cautela, cálculo ni ahorro", le dijo el primer ministro húngaro a su arquitecto, que se lo tomó a pies juntillas. En el momento de su terminación, el edificio del parlamento húngaro, [...] en cuya decoración se emplearon cuarenta kilos de oro, fue el mayor del mundo (p. 286).

Pero lo que ocurría dentro era igual de desmesurado, según refiere MacMillan: "La política era el deporte nacional, y los húngaros jugaban para ganar, empleando entre ellos una retórica hiriente [...] Cuando esto empezaba a aburrirles, la emprendían contra Viena." (p. 286).  Bastaría cambiar "Viena" por "Madrid".

El ejército multinacional del Imperio austrohúngaro tenía una organización racional, razonable y eficaz

en que el tema de los idiomas se abordaba con sensatez: los soldados debían conocer las voces de mando y la terminología técnica básica en alemán, pero se les ubicaba en regimientos de soldados que hablaran el mismo idioma; por su parte, los oficiales debían aprender el idioma de los soldados a su mando. Se dice que durante la guerra un regimiento descubrió que el inglés era la lengua más común y decidió emplearla (p. 280).

Esta organización comenzó a erosionarse por las pretensiones nacionalistas, que priman lo simbólico sobre lo lógico:

Sucesivos líderes políticos húngaros y sus seguidores exigían medidas encaminadas a que una buena parte del ejército de la monarquía dual fuera húngaro, con regimientos conformados exclusivamente por húngaros, comandados por oficiales húngaroparlantes y presididos por el pabellón húngaro. Esta concepción daba al traste con la eficiencia y unidad del ejército (p. 286).

Todo intento de concordia o apaciguamiento, ayer como hoy, suele soliviantar más los ánimos nacionalistas:

En 1903, cuando Francisco José trató de calmar los ánimos mediante una declaración anodina sobre que sus fuerzas armadas favorecían el espíritu de unidad y armonía y trataban con respeto a todos los grupos étnicos, lo único que logró fue echar más leña al fuego de los nacionalistas húngaros de Budapest (pp. 286-287).

Sin embargo, al mismo tiempo que reclaman su diferencia, los nacionalistas húngaros ven con alarma cualquier intento nacionalista dentro de su comunidad imaginada (esto me recuerda a la célebre anécdota de Rahola negando a los nacionalistas araneses lo que ella le reclama a su vez):

En 1895, se convocó en Budapest un congreso de nacionalidades para exigir que Hungría se convirtiera en un estado multinacional. Los húngaros reaccionaron con alarma e indignación. Ni siquiera el relativamente liberal Tisza podía aceptar que hubiera dentro de Hungría otras naciones con aspiraciones nacionales legítimas (p. 287).

Al igual que hoy en España, entonces en el Imperio austrohúngaro,

la ola de nacionalismo dio lugar a interminables e insolubles enfrentamientos por las escuelas, los empleos y hasta por las señales de tránsito. Una pregunta del censo que pedía a las personas dejar constancia de su lengua materna se convirtió en un indicador de la fuerza de las nacionalidades, ya que los grupos nacionales publicaron anuncios en los que instaban a los censados a dar las respuestas "correctas" (p. 288).

Poco a poco, las diversas etnias, culturas o nacionalidades fueron enconándose en su furor nacionalista hasta que cuestiones de detalle del tipo descrito más arriba (y tan habituales en España) dieron lugar a incidentes más graves:

En 1895, el gobierno austriaco se derrumbó, porque los germanoparlantes se opusieron a admitir en paralelo clases de esloveno en la enseñanza secundaria. Dos años más tarde, el conflicto entre checos y alemanes por el empleo del idioma checo en asuntos de gobierno en Bohemia y Moravia condujo a la violencia callejera y a la caída de otro primer ministro. [...] Entretanto, había estaciones nuevas de ferrocarril que permanecían sin nombre porque no se lograba llegar a un acuerdo sobre el idioma a utilizar (p. 288).

Y más: "Un aire de irrealidad lo invadía todo -decía Henry Wickham Steed, periodista británico destinado en Viena-. La atención pública se centraba en asuntos superficiales: una riña en la ópera entre un cantante checo y otro alemán..." (pp. 288-289).

Como resultado, la política se volvió inoperante para cumplir su función principal: resolver los problemas de los ciudadanos.
Las diferencias nacionales no solo condujeron a la descomposición del comportamiento público, sino también a un estancamiento cada vez mayor de los parlamentos de la monarquía dual. Los partidos políticos, divididos como estaban por atender en esencia a su etnicidad y su idioma, se preocupaban fundamentalmente de fomentar los intereses de su propio grupo, o de bloquear los de los demás [...] [E]l obstruccionismo se convirtió en una práctica común (p. 289).

Finalmente, MacMillan habla de la burocracia que todo esto generaba, "ya que los partidos utilizaban los nombramientos para premiar a sus seguidores, con la consiguiente multiplicación del volumen y coste del sistema" (pp. 289-290).

Existe un libro de Sosa Wagner coescrito con su hijo, El estado fragmentado. Modelo austrohúngaro y brote de naciones en España (Madrid, Trotta, 2006), donde se abunda en este paralelismo. Yo, en realidad, no pretendo establecer ningún paralelismo entre la España actual y el final de Imperio austrohúngaro (estos paralelismos históricos, si bien pueden resultar iluminadores, también son peligrosos) ni extraer ninguna moraleja. Tan solo constatar con melancolía que el nacionalismo y sus estupideces, al margen de circunstancias históricas, no parecen remitir, antes al contrario, y que los seres humanos no escarmentamos.










sábado, 31 de diciembre de 2011

We wish list a Merry Christmas

Como el año pasado, y como buen procrastinador, vuelvo a elaborar una lista de deseos en el último momento que me sirve para contar aquí algunas cosas de las que me gustan (y me gustaría tener), y participar de paso en el concurso de listas de deseos que promueve la FNAC, titulado Acción Wishlist 2012 y cuyo premio es el importe total de lo indicado, que no puede superar los 2012 € (cantidad que no es azarosa, como cualquier lector sutil puede apreciar). En fin, ahí va.

Importe total de la lista: 2011,78 €

¡Feliz año nuevo!

domingo, 8 de mayo de 2011

El bluff ninja

La crisis ninja y otros misterios de la economía actual es un claro ejemplo de libro-pelotazo: su origen es un breve texto del autor, Leopoldo Abadía, explicando el origen de la crisis financiera que circuló con gran éxito en internet -efectivamente muy interesante y clarificador- y que ocupa desde la página 20 a la 34 del libro. ¡14 páginas! El resto, 204 páginas, es un puro relleno para componer un volumen  que vender a un precio razonable. Con todo, eso no es lo peor: lo peor es el tono increíblemente simplón y simplista del discurso general (a excepción del citado texto sobre la crisis): trata a los lectores de imbéciles explicandoles, como a niños con un severo retraso cognitivo, obviedades; y finge hacerlo con el recurso de fingirse el propio autor, en una descarada captatio benevolentiae, como alguien que tampoco sabe mucho y que tiene que ir preguntándolo todo por ahí. Si del hecho de que este libro haya sido uno de los más vendidos de los últimos tiempos pudiera deducirse el nivel intelectual del lector español sería para preocuparse. El tono es tan empalagosamente optimista y humilde que al final crea una especie de chantaje moral: parece que si criticas este libro, como yo lo estoy haciendo, eres una especie de cínico sin corazón. Puedo imaginar al autor, un simpático anciano con cara de monja, leyendo esta crítica y asintiendo de modo complacido y paternalista, y luego replicar a ello con algún tipo de elogio indulgente, perdonándome, comprendiéndome, como el remedo de un personaje salido de una película de Marisol. He conocido gente así. Dan grima y, al mismo tiempo, uno, chantajeado, quiere que lo quieran. Terrible.

Por si fuera poco, Abadía, usando como camuflaje el citado optimismo humilde, deja ahí, como quien no quiere la cosa (pero queriéndola), un discurso moralmente reaccionario (sobre el que se previene incluso con ironía: "¡Qué horror! Una norma moral objetiva", titula un apartado, p. 135); discurso tramposo que mezcla conceptos válidos (pero obvios), como la necesidad del esfuerzo, la responsabilidad y los valores éticos compartidos, con colar de rondón la idea de que dichos valores provienen de una suerte de moral natural objetiva que, casualidad, viene a coincididr con la propugnada por el catolicismo; el libro incluye incluso una parte final de consejos tan obvios como ñoños para las parejas, donde el transfondo oscuro consiste en dejar bien claro que éstas están naturalmente compuestas por un hombre y una mujer. En este sentido, lo único divertido es cómo, en idéntico tono buenista, le arrea unas críticas tremendas desde el sentido común a los años de gobierno de Zapatero, sin nombrarlo y sin acritud, pero entendiéndosele todo. Oye, a lo mejor así, sin dar nombres, es capaz de convertir a algún hooligan de esos que están contra el gobierno sin saberlo, y que dicen las cosas que dice Rajoy mientras no se lo nombres...

Un libro para usar y tirar. Casi mejor para tirar sin usar. En realidad, lo mejor es hacerse con el informe inicial y tirar el resto.

Entretanto, el autor ha escrito otros dos tres libros más, me parece que sin tanto éxito.

sábado, 23 de abril de 2011

Sábado de Gloria

Esta mañana, Rafael y yo hemos aprovechado la rara combinación de Sábado Santo y Día del libro para dar un paseo por el centro -acuoso y limpio- y dar una vuelta por algunas librerías. Como si hubiera algo distinto en ellas hoy; pero el placer de algunas fiestas consiste en santificarlas.
 
Rafael me ha reglado El exilio interior de Inmaculada de la Fuente (Madrid: Turner, 2011), una biografía de María Moliner. ¿Quién es esa mujer casi secreta que, sin ayuda, en soledad, elabora todo un diccionario? Yo le he regaldo a el las Aventuras subterráneas de Alicia, de Lewis Carroll (Palma: J. Juan de Olañeta, Editor, 2011): se trata de un librito con la primera versión de la historia de Alicia, la que escribió la misma noche tras el paseo en barca, y a partir de la cual elaboró después Alicia en el País de las Maravillas. Además, incluye ilustraciones del propio Carroll que a Rafael le han gustado casi más que las de Tenniel.

Aparte, he encontrado la antología de relatos clásicos de terror Malos sueños, segunda gran recopilación celebratoria de la Editorial Valdemar en su colección "El club Diógenes" (Madrid: 2004) tras Felices Pesadillas. Tenía la primera y creo que ambas se ven ya poco en librerías, aunque no sé si están descatalogadas. Juntas conforman la que quizá sea la mejor colección de cuentos de miedo desde el siglo XIX a nuestros días publicada en España.

Por último, me he dado el capricho, por amor a primera vista, de comprar Renacida, la primera parte del diario de Susan Sontag, editado por su hijo, David Rieff (Barcelona: Mondadori, 2011). Es un diario verdaderamente íntimo, nada literario aun cuando la mayor parte trate sobre literatura: es fragmentario y a base de notas, e incluso abreviaturas. Admito el impudor de leer algo así (que por otra parte ya es público), pero también resulta fascinante -y enternecedor, pues Sontag era aún muy joven- atisbar sus listas de libros por leer o de sus propósitos intelectuales o de sus ideas para relatos. Su ambición incipiente. Un ejemplo impresionante por lo personal: "13/01/51: Me caso con Philip con plena conciencia + temor a mi voluntad de autodestrucción." (p. 67).

Feliz día del libro.

lunes, 18 de abril de 2011

Semana cultural antes de la Santa (y III)

El jueves 14, presentación del primer tomo de la Poesía completa de Javier Egea (Bartleby Editores) en la librería Nueva Gala. El (casi) todo Granada de del mundillo literario presente; los ausencias, igual de significativas. Morbo, expectación. La cosa no defraudó. El testaferro de la viuda, participante en la edición, enumeró, con voluntad de aclarar malentendidos y tergiversaciones, la sucesión de hechos en torno a los litigios por el legado del poeta tras su muerte y el intento de soslayar la publicación de su obra y poner bajo sospecha las actuaciones de la viuda. Desconozco la veracidad de sus afirmaciones, pero lo que decía sonaba contundente, y aludió varias veces a diversos juicios ganados. Hacía tiempo que en la presentación de un libro no se aludía de un modo tan crudo y claro a las relaciones entre lo escrito y lo real, en lugar de las habituales vaguedades y generalidades que no comprometen a nada. Después, sin poder quedarnos hasta el final (había varias botellas de tinto sobre una mesa con mantel, y otras de blanco enfriándose), Antonio Carvajal, Pepe Cabrera y yo nos subimos al Carmen de Rodríguez Acosta, a la inauguración de la exposición de retratos del fotógrafo Francisco Fernández. Decir que había lo de siempre, en este caso no es un demérito: pulcritud, composición, oficio y penetración psicológica en unos retratos impecables. Lo bueno de la exposición era que podías cotejar los retratos con los retratados, porque casi todos estaban allí.

El viernes 15, concierto de la OCG. Un programa breve (menos de una hora), pero exigente, compuesto por piezas para cuerda, densas y sombrías. El adagio y fuga de Mozart K 546 es una extraña meditación de su autor sobre Bach que hace que haya que rendirse a los tópicos sobre lo inabarcable de su genio. La obra casaba muy bien con la siguiente, las Tres piezas líricas de Berg, por lo que tiene de cotejo entre las dos escuelas de Viena y por subrayar sus evidentes lazos de continuidad. Por último, la Segunda sinfonía de Honegger , tan angustiosa y opresiva, liberada por fin en un final brillante con trompeta ad libitum añadida. La orquesta estuvo sensacional, matizada y finísima bajo la dirección de Arturo Tamayo.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Lista de fin de año

Voy a acabar el año con una lista, como no podía ser de otro modo. Pero no va a ser de buenos propósitos, sino de deseos descaradamente materiales. Lo cierto es que es una promoción de la Fnac: haces una lista de objetos que querrías comprar y se sortea un vale por 2011€. El plazo termina a las 0:00 de hoy. Me acabo de enterar, no es que lo haya dejado para el último momento. Vamos allá, por pedir, que no quede:

-Apple iMac MC509Y/A Sobremesa todo en uno 21,5". 1499 €
-Haendel: El Mesías. Coro Monteverdi. English Baroque Soloist. John Eliot Gardiner. 38,95 €
-Richard Dawkins: Evolución. Espasa. 22,90 €
-Steven Pinker: La tabla rasa. Paidós. 40 €
-Chéjov: Cinco novelas cortas. Alba. 32 €
-E.T.A. Hoffmann: Nocturnos. Alba 28 €
-David Forster Wallace: La broma infinita. Mondadori. 30 €
-Martín de Riquer y Borja de Riquer: Reportajes de la Historia. Acantilado. 85 €
-Witold Gombrowicz: Diario (1953-1969). Seix Barral. 55 €
-Dostoievski: Diario de un escritor. Crónicas, artículos, crítica y apuntes. Páginas de Espuma. 49 €
-Estuche La Historia de Genji. Dos volúmenes. Atalanta. 84 €
-A dos metros bajo tierra. 3ª Temporada. DVD. 35,99 €
-George Elliot: Middlemarch. DeBolsillo. 11 €

Total: 2010, 84 €

Gracias a Agent prov, en cuyo blog leí la promoción.

¡Y Feliz año nuevo!

domingo, 28 de noviembre de 2010

Aarhus y el congreso

Aarhus es como un estereotipo nórdico: limpia, con casas coquetas y conjuntadas, de buen gusto arquitectónico general, sin las ostentaciones catetas mediterráneas (balaustradas o piñas). Como no tienen persianas ni cortinas, por recoger toda la luz posible y por la moral protestante (en casa no vas a hacer nada que no pudieras hacer en público), por la noche la ciudad parece un catálogo de interiorismo. Da ganas de vivir en todas: muebles funcionales, modernos, luces indirectas, estanterías con libros, parejas jóvenes haciendo juntos la cena, alguien que lee en un sillón... Las bicicletas no las atan, las dejan apoyadas en cualquier parte, o tiradas en el suelo. No obstante, los jóvenes hacen botellón, y gritan y cantan, y los pubs abren hasta tarde.

En el congreso nos trataron a cuerpo de rey: nos ponían fruta -melón, kiwi, naranja, uvas, piña...- y café por las mañanas para los intermedios entre sesiones, y nos dieron comida y cena (a las 12:30 y 17 respectivamente): buffet frío: rodaballo y salmón ahumado (todo un descubrimiento), ensaladas, quesos, carnes frías. En las sesiones de la tarde, acompañaban al café con bizcochos; cada día uno: limón, caramelo y almedras. Para compensar, el café era agua de fregar, pero entraba muy bien con el frío, porque frío hacía un rato: asistimos a la primera nevada del curso. También nos dieron unas tarjetas para que pudiéramos ir del hotel a la universidad en taxi, a pesar de que no estaba muy lejos. Dos por persona, pero nos juntábamos todos los congresistas del mismo hotel y pudimos ir siempre en coche.

Supongo que la organización del congreso se pudo permitir todos estos dispendios en parte porque el número de asistentes era muy reducido: cabíamos todos en una sala grande en varias mesas largas dispuestas en forma de C en torno al atril del orador. Ha sido un congreso de ambiente familiar, donde conferenciantes y comunicantes convivíamos y asistíamos a todas las sesiones. De hecho, salíamos juntos a tomar algo, y juntos vimos muchos de nosotros el museo de arte contemporáneo de la ciudad. El nivel ha sido de los más altos que yo recuerde, con muy poco bullshit o faenas de aliño, y mucha implicación en las discusiones. La cuestión central fue la noción de autoficción en relación con la memoria de la Guerra Civil Española y la posguerra. Las estrellas del congreso fueron Carme Riera, Elide Pittarello, y Jordi Gracia. Riera habló de la autoficción en su novela La mitad del alma, en la que la que una narradora que se llama como ella desarrolla una historia de memoria ficticia en primera persona; esto le costó algún disgusto: con su propia madre, que no tuvo nunca una aventura extramatrimonial (y menos con Albert Camus, como se sugiere en la novela); problemas de la autoficción. Pitarello habló de la obra de Antonio Muñoz Molina. Dio algunas ideas interesantes; por ejemplo, que su narrativa en relación con la autoficción experimentaba un cambio a partir de Ardor guerrero, con una mayor imbricación entre autor empírico y narrador, y que culminaba en Sefarad y en una obra que a ella le parecía importante y que, a su juicio, había pasado desapercibida por la crítica: El viento de la luna. Su última novela, La noche de los tiempos, a pesar de algunos detalles finos (sic), la consideraba un cierto retroceso con respecto a los avances narrativos de obras anteriores (la opinión de que la novela es floja estaba bastante generalizada, por cierto). Jordi Gracia, por su parte, habló de Anatomía de un instante de Javier Cercas. La describió entusiásticamente como una novela en la que lo real, que lo es, y probado documentalmente con un aparato crítico final, se subsume en la lógica novelesca para construir un sentido eminentemente ficcional que sería imposible con la mera presentación de los hechos en forma de reportaje. todos las advertencias del autor (empírico) de que la obra era el resultado de su fracaso como novelista y por tanto no ficción forma parte del artificio mismo de la autoficción. Este tipo de híbridos produce confusiones: a la obra le han dado tanto premios de narrativa (el nacional, sin ir más lejos) como de ensayo. Cercas, por cierto, y Soldados de Salamina fue una de las estrellas del congreso (para la narratología en relación con estos temas de la memoria y la autoficción, da mucho juego). Había apasionados defensores y detractores. En las discusiones se perfiló como una suerte de anti-Cercas el novelista Isaac Rosa, izquierdista notorio, quien, con una obra de corte similar a Soldados de Salamina, El vano ayer, realiza por el contrario una crítica indirecta a aquélla, acusándola de complaciente y tranquilizadora. Rosa también había escrito una primera novela, publicada en una pequeña editorial, en la que, según él mismo, incurría en defectos similares. En su reedición para Seix Barral la retituló como Otra maldita novela sobre la Guerra Civil, y, en lugar de revisarla, construyó un metadiscurso a partir de un lector implacable de la obra que va comentando cada capítulo: otra perita en dulce para un teórico de la literatura, claro.

sábado, 9 de octubre de 2010

Salinger



Salinger es uno de esos escritores (otro buen ejemplo es Borges) que vuelve una y otra vez sobre los mismos temas y lo hace, además, de la misma forma. Esto, al menos, deja las cartas sobre la mesa para el lector: puede decidir tras una cata breve que no necesita leer sus obras completas (y lo más probable es que con cierta irritación), o bien se hace admirador de él una forma personal, esto es, esperando justamente las reiteraciones, consciente de los defectos, e incluso por —o al menos con— esos defectos. En mi caso, sin irritación, tengo que decir que con El guardián entre el centeno y los Nueve cuentos, ya he tenido bastante como para hacerme una idea. Pero puedo entender, aunque a mí no me interese mucho, por qué a tanta gente le gusta y es considerado un autor de culto.
Salinger siempre habla de lo mismo: de personas que tienen algún grado de excentricidad y por ello son capaces de percibir, desde un punto de vista enajenado y melancólico, la anormalidad que subyace bajo las convenciones y los usos sociales normales. Bien se trate de niños o adolescentes que aún conservan una mirada prístina, genuina, y que se resisten a entrar en el mundo adulto, al que los abocan sin remedio; bien se trate de adultos que, por algún tipo de trauma (en los nueve cuentos casi siempre es haber participado en la guerra) han quedado descompaginados y perplejos ante lo que antes era su mundo cotidiano. Desde el punto de vista formal, Salinger también utiliza siempre los mismos recursos (y hay que decir que los utiliza muy bien): o nos encontramos con narraciones en primera persona, donde quien narra es el personaje excéntrico, y de ese modo nos aporta su peculiar punto de vista sobre el mundo, casi siempre mediante un lenguaje coloquial y un tono sarcástico que en el fondo desvela un profundo desvalimiento; o hay un narrador omnisciente que, a la manera de Hemingway, se limita a narrar acciones o a describir detalles externos, materiales, objetivos, y a reproducir diálogos, de forma que es el lector quien debe decidir qué está sucediendo tras ese acopio de hechos, casi siempre triviales (que un personaje añora la vida que pudo tener si hubiera tomado otras decisiones, o que se está enamorando, etcétera.) Esta es, quizá, la gran virtud de Salinger como escritor, y un recurso que, en estos tiempos en los que los escritores tienden a dar demasiadas explicaciones, habría que estudiar e imitar. Cómo el lector puede comprender qué está sucediendo y cómo son los personajes en relatos como "Un día perfecto para el pez plátano" o "Linda boquita y verdes mis ojos" a través de las conversaciones entre éstos y los gestos triviales, sin asomo de simbolismo fácil, que realizan mientras hablan (casi siempre por teléfono, además) es de una maestría envidiable.

Imagino que lo que les gusta a los fans de Salinger es identificarse con el punto de rebeldía original y tierna de los protagonistas. Saberse diferente en un mundo adocenado. Eso, claro está, es lo que no me gusta a mí. Es posible que en los tiempos de la publicación, la actitud de los personajes fuera genuinamente rebelde y original. Luego (también como sucede con Borges), han salido tantos imitadores y admiradores de estos rasgos, que uno que, inevitablemente, ha leído a veces antes a los discípulos degradados que al maestro, ya no puede, ay, evitar poner a éste también bajo sospecha de cierta cursilería.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Las necesidades sexuales y el doble rasero socialdemócrata (Millenium II)

La única persona que entendía la pasión sexual que Silvio Berlusconi sentía por Michelle era su esposa, y la entendía porque él se había atrevido a hablarle de sus necesidades. No se trataba de infidelidad, sino de deseo. El sexo con Michelle le daba un subidad que ninguna otra mujer era capaz de darle, incluida Veronica [su mujer]. [...]


Junto con Veronica había explorado el sexo con dos mujeres -una de ellas una destacada galerista- y descubrió no sólo que su mujer presentaba marcadas inclinaciones bisexuales y que él mismo casi se paralizó de placer al sentir cómo dos mujeres la acariciaban y satisfacían simultáneamente, sino también que experimentaba una sensación placentera difícil de interpretar al ver cómo su esposa era acariciada por otra mujer. [...]


Su vida sexual con Veronica, por tanto, no resultaba ni aburrida ni insatisfactoria; lo que sucedía era que con Michelle la experiencia se le antojaba completamente diferente.


Ella tenía talento. Aquello, simplemente, era SJB. Sexo Jodidamente Bueno.


Tan bueno que él lo vivía como si hubiese alcanzado un equilibrio óptimo entre Veronica como esposa y Michelle como amante, según sus necesidades. No podía vivir sin ninguna de las dos y no pensaba elegir.
Valiente machista, Silvio; y rijoso ¿no es verdad? Repugnante. El problema es que el sujeto de estas acciones no es Silvio Berlusconi. He aplicado el mismo método que utilizó Gombrowicz para probar la verdad y la coherencia de un discurso: cambiar el sujeto. "Un día puso Alemania en un discurso donde los nacionalistas de su país escribían Polonia y la verdad resplandeció en todo lo alto." En realidad el sujeto principal del texto de arriba no es Silvio Berlusconi, sino una mujer, Erika Berger, una de las protagonistas de Millenium de Stieg Larsson. Donde dice la esposa, Veronica, debe decir Greger, el marido de aquélla; y el amante es Mikael Bloomkist, el héroe de la serie. De repente el párrafo no es machista, o la fantasía inverosímil de un varón que proyecta el deseo de tener una mujer sumisa y complaciente. De repente el texto habla de una mujer liberada y moderna; de una relación civilizada.

La clave la encontramos en la propia novela, un poco después del pasaje citado; la injusticia previa que la absuelve:

Mikael era un hombre; podía ir de cama en cama sin que nadie arqueara una ceja. Ella era una mujer y el hecho de que tuviera un amante -contando, incluso, con la bendición de su marido y considerando, además, que llevaba veinte años siéndole fiel a su amente- daba lugar a unas intersesantísimas conversaciones de sobremesa (Larsson: La chica que soñaba... p. 162).

Este es otro ejemplo del doble rasero que nutre toda la novela y que es un síntoma, o signo, de los tiempos.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Stieg Larsson, los hombres, las mujeres y el progresismo de hoy

Acabo de terminar La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, la segunda parte de la trilogía de Stieg Larsson. Después de leer el primero hace más o menos un año, no estaba seguro de querer leer ninguno más: me había entrenido, pero no me había entusiasmado; y no son breves. Comencé éste por curiosidad y tengo que admitir que me enganché. Engancha y divierte, qué duda cabe, a pesar de algunas prolijidades y trampas.

Ahora bien. Desde un punto de vista ideológico, se trata del libro más socialdemócrata -en la acepción irónica que emplea Arcadi Espada-, más políticamente correcto que he leído en la cuestión de las relaciones entre hombres y mujeres (que es el tema que vertebra la trama de los dos libros que yo he leído hasta ahora). Está al borde de la parodia, pero no lo es. Es más bien un síntoma.

Los principios fundamentales del progresismo en materia penal, a saber, la presunción de inocencia, el derecho a defensa y a juicio justo, y que la pena por un delito no implique castigo físico, no rigen en él para los hombres en relación con las mujeres. Sencillamente porque los hombres son culpables ontológicos. La injusticia secular que han cometido anula culaquier posibilidad de ser injusto con ellos: es imborrable, un pecado original sin Dios que pueda redimirlo. Lo que tanto odia la progresía, el ataque preventivo y el "algo habrá hecho", es, sin embargo, aplicable a los varones. Por eso en la novela una mujer policía, garante de la Ley, puede abofetear a un colega por un insulto, en lugar de denunciarlo, mientras que una situación opuesta sería un acto atroz de violencia de género. Por eso la protagonista puede torturar a un ser humano: el hombre era un putero que se acostaba con mujeres menores. Los únicos hombres que pueden librarse (el grupo de protagonistas buenos, incluido un boxeador cuya fuerza bruta es necesaria en el desarrollo de la trama) son los que asumen su culpa y se pasan toda la novela pidiendo, literalmente, perdón por si un comentario ha podido ser sexista, y subrayando la absoluta libertad e independecia de sus compañeras de aventuras.

En lugar defender el argumento de razón, de progreso, de que los hombres constituye una abstracción -hay este hombre o aquel hombre-, y que por tanto este hombre o aquel hombre no son responsables de la la conducta volenta de aquel otro hombre o este otro hombre, cierto progresismo actual se siente fascinado por esa suerte de injusticias o derechos atávicos de grupo, producto de una no menos atávica injusticia histórica. Historicismo, grupo -colectividad-, injusticia (¿rémoras de un marxismo al que todavía se apela de modo subconsciente?): es lo que justifica en mayor o menor medida, a los ojos socialdemócratas a nacionalistas, terroristas no occidentales y a las mujeres. La culpa del varón mítico; la culpa de un Occidente no menos mítico.

La idea seminal que subyace a esta novela es misma que ha hecho posible en España una Ley, real, material, como la de Violencia de Género, donde un varón es culpable per se. Puedo imaginar a Bibiana Aído leyendo La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y disfrutando con delectacción y diciendo para sí, "tooma" cada vez que una mujer propina una patada o un insulto a un varón, que lo merecía, por presuntuoso. Porque la novela está concebida para eso.

sábado, 17 de julio de 2010

El busto del Emperador (melancolía)

El busto del emperador contiene uno de las diatribas más violentas que he leido contra el nacionalismo:

Como es bien sabido, en el siglo XIX se había descubierto que todo individuo tiene que pertenecer a una nación o a una raza determianda si realmente pretende ser conocido como ciudadano burgés. "De la humanidad a la bestialidad por el camino de la nacionalidad", había dicho el dramaturgo austríaco Grillparzer. Justo por entonces empezó eso de la "nacionalidad", la fase previa a esa bestialidad que estamos viviendo ahora [se refiere a la I Guerra Mundial]. (p. 19)

Más adelante, el protagonista, un noble local, le dice a un tarbernero judío:

Con todo, la teoría de Darwin me sigue pareciendo icompleta. A lo mejor son los monos los que proceden de los nacionalistas, pues los monos suponen un progreso. Tú que conoces la Biblia, Salomón, sabrás que en ella está escrito que el sxto día Dios creó al hombre, no al hombre nacional. ¿No es así, Salomón? (p. 21)

La ofensa se realiza desde una visión del mundo elitista y aristocrática: como he dicho, la de un noble local que añora otros tiempos. Esto le aporta, sin quitarle un ápice de validez a estas opiniones, un interés narrativo por la ambivalencia que comporta: es el aristócrata quien defiennde valores ilustrados -pero también ciertos privilegios- frente a una masa burguesa que, aun representando la democracia -a la que el noble odia-, también representa la mediocre obsesión por la identidad nacional y su exaltación que conducirá a la xenofobia, el odio entre grupos humanos que antes convivían de modo pacífico y, finalmente, la guerra.

Por lo demás, El busto del Emperador es un relato magistral del ocaso de una época y el comienzo de otra, condensado en una anécodta pintoresca (relativa al busto que le da título), que se carga de una gran profundidad simbólica: el arrumbamiento y entierro de un busto del emperador, que es a su vez el símbolo del final del Imperio Austro Húngaro con el advenimiento de la Primera Guerra Mundial.

A veces uno, personalmente, en el mundo del lenguaje "no sexista", en el de la imposibilidad del humor o la ficción por el miedo a ofender a "colectivos", donde se censuran o autocensuran novelas y películas; en el mundo de las identidades y la obsesión por una diversidad solipsista y pre-ilustrada que no se articula en lo que tenemos de común y que por tanto no es en absoulto enriquecedora; en el mundo en el que vuelve la moralina, sólo que ahora es laica y progresista...; y todo en nombre de unas supuestas democracia y modernidad en realidad prostituidas; uno, entonces, se siente (con un claro poso de vanidad mal confesado, claro)  identificado con ese aristócrata protagonista del relato que sabe que vive un mundo en el que sus ideas, las que él cree correctas, van perdiendo, y que ya comienza a no ser el suyo.

miércoles, 23 de junio de 2010

Cómo sobrevivir con veinticuatro horas al día

Aunque por su título Cómo sobrevivir con veinticuatro horas al día (Barcelona, Melusina, 2010) podría parecer un libro de autoayuda, en realidad este brevísimo ensayo de Arnold Bennet, escrito a principios del siglo XX, contiene una de las críticas más demoledoras a este tipo de obras, que al parecer ya se estilaban en aquella época. Estaría bien que el siguiente pasaje lo incluyeran al comienzo de cada libro de Paulo Coelho, Jorge Bucay o similares, para aviso de incautos porque es la descripción más exacta de sus autores:

La mayoría de quienes opinan sobre el éxito tienen un corazón tan inequívocamente bueno que terminan escribiendo cosas perversamente falsas. La base de su argumentación es que prácticamente cualquiera que se lo proponga puede tener éxito. Esto es, en una palabra, mentira. Precisamente, el meollo de la noción de éxito consiste en un alejamiento de la masa de las personas corrientes, acaso la única característica común a los distintos tipos de éxito. Dirigirse a toda la población, como hacen estos escritores, y decirle a la masa cómo debe alejarse de sí misma es una soberana estupidez, (p. 9)

Todo el libro destila este saludable sentido común, además de humor tan zumbón como típicamente inglés. El meollo del ensayo consiste en dar, sin ninguna pretenciosidad, algunas sugerencias para que la vida no se nos escape de entre las manos sin que nos demos cuenta. El secreto a voces consistiría, según este autor, (aparte otras consideraciones, consejos y matices de lo más curioso e interesante) en dedicar parte de la semana a  aquellas actividades (preferiblemente una) que realmente nos interesen al margen de nuestro trabajo y que contribuyan a formar la parte más elevada de nosotros mismos. Parece obvio, pero lo cierto es que no solemos hacerlo: lo inmediato se acaba imponiendo, al igual que en el trabajo, en el ocio.

Para que os hagáis una idea del tono simpático, lúcido y llano del texto, he aquí una de las últimas consideraciones bajo la forma de un peligro que puede acechar a quien se decida a seguir el programa que propone el autor:

El [...] grave peligro de convertirse en la más odiosa e insoportable de las criaturas: un engreído. Un engreído es un memo altisonante que se las da de profundo. El engreído sale de paseo dándose aires y sin llevar puesto el más importante de los ropajes: el sentido del humor. Cuando el engreído descubre algo queda tan impresionado por su propio descubrimiento que se enfada si el mundo entero no comparte su asombro. [...] Por tanto, cuando alguien se lanza a la aventura de hacerse con su propio tiempo, es apropiado recordarle que se trata de su tiempo y no el de los demás. El mundo giraba indiferente antes de que empezáramos a administrar las horas y seguirá girando indiferente tengamos éxito o no [...] Es mejor no hablar mucho de lo que intentamos ni dar muestras ostentosas de tristeza ante el espectáculo de un mundo que malgasta tantas horas al día sin llegar a vivir plenamente (pp. 95-96)

El libro está dirigido al público propio de su tiempo para esta lectura: varones de clase media trabajadores en la City de Londres (parece directamente escrito para el padre de la familia que contrata a Mary Poppins). No obstante, mutatis mutandis, podemos sacar verdadero provecho de él; en su brevedad, supone una genuina lectura edificante, una llamada sencilla, lúcida y simpática a la excelencia y lo mejor de nosotros mismos; una bocanada de aire fresco en un ambiente de mediocridad y halago de lo bajo (que es lo que hace Belén Esteban en sus intervenciones reivindicándose, aunque es cierto que es tan sólo un instrumento). O sea que autoayuda, sí, pero como la que proporciona cualquier libro bueno de verdad.

sábado, 12 de junio de 2010

Ileż długich sierpni


Por fin se ha publicado la antología en polaco de poetas granadinos Ileż długich sierpni. Antologia poetów Grenady, en español: Cuántos agostos largos. Antología de poetas granadinos. (Cracovia: Akademicka, 2010). La cuestión es que dicha antología va con un prólogo mío. Es una cosa curiosa ver traducido un texto propio al polaco.

 Para que os hagáis una idea.

Los poetas elegidos son: Elena Martín Vivaldi, Trina Mercader, Antonio Carvajal, Rafael Juárez, Francisco Acuyo y Antonio Mochón. La labor de traducción ha corrido a cargo de un grupo de estudiantes de la Universidad de Granada coordinados por la profesora Joëlle Guatelli-Tedeschi, y otro de la Universidad de Cracovia dirigido por Xavier Ferré.

Mañana me voy con Rafael a Sevilla a escuchar a Mariola Cantarero debutar en La Traviata, así que tanto esta entrada como la del domingo aparecerán de forma programada.

sábado, 15 de mayo de 2010

Madrid y los libros

La tarde del jueves en Madrid me enteré que en el paseo de Recoletos estaba la Feria del libro antiguo: qué mal rato. Cuando lo supe estaba en Atocha (en la cuesta de Moyano para más señas), así que para llegar tuve que dirigirme hacia la rotonda de Neptuno, de manera que parecía un hincha más del Atlético, de los que se encaminaban hacia allí en progresión creciente como un tumulto, con bufandas, cánticos y camisetas. Al final, a la altura de Cibeles, me topé con el mismísimo autobús descubierto de los jugadores con la copa. Me pasó como con las procesiones: uno no las busca y se las encuentra, a veces en circunstancias privilegiadas; seguro que otra gente se dejó los cuernos infructuosamente por ver lo que yo vi.

La Feria del libro antigio de Madrid es como tres veces la de Granada. De hecho, no pude ver todos los puestos. Aunque también es cierto que muchos se reiteraban en el mismo escaparate de libros saldados que pueden adquirirse aquí (por ejemplo en el puesto de Kinépolis). Por cierto, estaba la librería Urbano de Granada.

Me contuve: no era cuestión de acarrear con mucho peso. No obstante, compré:

Michael Millgate (1966): William Faulkner. Barcelona, Barral, 1972
Se trata de un estudio de la obra de Faulkner novela a novela. Pertenece a la maravillosa y desaparecida colección "Biblioteca breve de balance", de la que ya encontré otros títulos señeros como El espejo y la lámpara, de M.H. Abrams, o Poesía e investigación de Hermann Broch.

Oscar Wilde: Salomé. Barcelona: Aymá, 1979. Traducción de Pére Gimferrer y prólogo de Terenci Moix.
Esta es una colección de teatro estupenda que sólo he visto en los puestos de viejo de Madrid. Ya me llevé en su día Equus de Peter Schaffer;, de hecho, es la única versión española que he encontrado.

Julio Camba: Haciendo de República. Madrid: Plus Ultra, 1968
Uno no es seguidor de Espada impunemente. Se trata de una colección de artículos escritos en pleno advenimiento de la II República. Como testimonio de primera mano y reflexión crítica -y humorística- de aquel momento, aparte de lúcido, resulta muy útil para la recuperación de una memoria histórica real y no maniquea o interesadamente idílica. Leí algunos artículos aquella misma noche, cenando en un Sushi bar de Chueca (donde el ejemplar y yo pegábamos como dos pistolas a un Cristo), y constaté con pena que, en política, en España hemos avanzado muy poco; y espero que no perdamos la mínima reserva de sentido común necesaria para no hacer una tontería.

Gabriele Bartz y Eberhanrd König: Museo del Louvre. (S.L.), Könemann, 2005
Esta es una colección de guías llamada "Arte y arquitectura" que me gusta mucho. En tapa con sobrecubierta, pero pequñitas y manejeras. Me fueron muy útiles en Italia. Ya he ido coleccionando Venecia, Florencia, Toscana, Roma, Andalucía, París, y ahora ésta. Reconozco que la compré con un punto de tacañería, porque estaba tres euros más barata que en Granada.

Norman Mackenzie (ed.) (1967): Sociedades secretas. Madrid, Alianza, 1973
La verdad es que este me lo llevé sobre todo por la cubierta de Daniel Gil (un ojo dentro de una lata de conservas). Pero lo cierto es que hace un repaso muy interesante a las principales sociedades secretas, desde la época primitiva a la mafia, pasando por los Asesinos, los Templarios o los Masones. Lo mejor es que parece riguroso, algo muy difícil en estas cuestiones; y, sobre todo, es anterior a la avalancha bibliográfica propiciada por Dan Brown.

Para colmo, al día siguiente, tras la conferencia, Ángel Uriarte me regaló algunos ejemplares de la colección El libro de bolsillo de Alianza editorial (con cubierta de Daniel Gil, por supuesto): El castillo, de Kafka; La narración de Arthur Gordon Pym, de Poe; una Antología poética de Borges; y Un díalogo sobre el poder, de Michel Foucault. Lo cierto es que, salvo el de Foucault, los tenía todos (el de Poe en otra edición), pero me pareció descortés desairar el gesto de espontaneidad generosa de Ángel, una persona verdaderamente cordial y desprendida (y encima estos ejemplares estaban impolutos).

Total, que he vuelto de Madrid cargado de libros.

domingo, 25 de abril de 2010

Peligros y el Día del Libro

Ayer, como lleva pasando ya desde hace cinco años, presenté la entrega de premios del certamen literario de los centros educativos de Peligros, así como la del Premio Andaluz de Poesía de la misma localidad, que celebra ya su XXV edición. Y como ya ha sucedido otras veces, siempre hay algún poema de entre los premiados más pequeños que me sorprende por su frescura e imaginación. Y eso que no no soy de los que mi(s)tifican la infancia ni reivindican ésta como el estadio de la creatividad absoluta al que hay que volver; pienso más bien que los niños, en general, son pedestres y prosaicos, realistas: quieren ser mayores. Sea como fuere, el caso es que este año los poemas estaban dedicados a la lectura, y la primera premiada, una cría de primero de primaria, leyó un poema precioso, cuyos dos últimos versos (los únicos que recuerdo), van a ser a partir de ahora mi divisa. Aparezcan aquí como celebración del Día del Libro (lástima que no pueda reproducir aquí el entusiasmo puro con que los recitó):
Si me tocara la lotería
Me compraría un libro ¡cada día!
(Por circunstancias de trabajo, la publicación de ayer no se produjo -y en general se ha alterado el plan previsto de entradas-. Espero compensar con otro breve extraordinario el próximo miércoles)

sábado, 17 de abril de 2010

Sorprendente coincidencia

La siguiente entrada la escribí en mayo del año pasado. Por alguna razón no la publiqué y se quedó en el limbo de los borradores. Esta mañana la he descubierto por pura casualidad; como me ha gustado mucho, la había programado para que se publicara el sábado de la semana que viene -las entradas de este fin de semana ya las tenía previstas. Más tarde, he entrado en el blog literario de El Mundo, El Escorpión, de Alejandro Gándara, para descubrir que éste ha escrito una entrada igual. No daba crédito. Por eso, he decidido, a título de curiosidad, adelantar su publicación. Si no fuera porque este blog es personal y sin lucro, sería muy difícil por mi parte sostener que se trata de una coincidencia y no de un plagio. 

Traducir a Kafka
Hace ya un tiempo compré el tercer volumen de las Obras completas de Kafka, el correspondiente a las narraciones cortas y los escritos sueltos. Círculo también acusa la crisis y ha hecho un tres por dos de sus colecciones de Obras completas: así, he comprado la Poesía completa de Rubén Darío, el tomo de novelas últimas de Nabokov (incluyendo Pálido fuego y Ada, o el ardor) y de regalo venía el de Kafka.

Uno de los alicientes del tomo son las nuevas traducciones, a cargo de Adan Kovacsics, Joan Parra Contreras y Juan José del Solar, incluyendo el controvertido cambio del título La metamorfosis por La transformación, cambio, dicho sea de paso, muy bien justificado por los traductores desde un punto de vista tanto lingüístico como literario e histórico en una exhaustiva nota. Lo que ocurre es que la literatura también se hace con el contexto y las convenciones y así, la edición suelta de la obra en bolsillo, tanto en DeBolsillo como en Círculo, ha debido llevar entre paréntesis La metamorfosis, bien para no confundir a quien ya la tenga, bien para no espantar al comprador que estuviera buscando este relato.

Por curiosidad, me he ido directo a uno de mis cuentos (¿poema en prosa?) favoritos de Kafka, el que en la edición de Alianza Editorial, traducido por J. R. Willock, se titula "El deseo de ser piel roja". En la nueva edición, "Deseo de convertirse en indio". A continuación lo transcribo en ambas versiones, primero la de Alianza, luego la de Galaxia, para que podáis comparar, porque las variaciones son notables:

El deseo de ser piel roja
Si uno pudiera ser un piel roja siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era un pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo.

Deseo de convertirse en indio
Si uno fuera de verdad un indio, siempre alerta, y sobre el caballo galopante, sesgado en el aire, vibrar una y otra vez sobre el suelo vibrante, hasta dejar las espuelas, pues no había espuelas, hasta desechar las riendas, pues no había riendas, y por delante apenas veía el terreno como un brezal segado al raso, ya sin cuello ni cabeza de caballo.

La primera versión suena más "bonita", esto es, más emocionante y literaria. Esto parecería confirmar la impresión que tengo de que el paradigma de la traducción ha cambiado: busca mayor precisión pero a cambio de perder cierto instinto de lenguaje y voluntad de estilo: las traducciones de ahora adolencen de cierto desangelamiento fiel frente a la infiel gracia literaria de las del pasado. Aparte es a la que estoy acostumbrado, y la nueva me suena rara.

Pero también es cierto que la primera traducción es también más "asequible", esto es, más comprensible, con lo que se tiene la sospecha de que el traductor ha limado asperezas y, por ejemplo, ha unificado los tiempos verbales para ayudar a la comprensión (cosa que al parecer no responde al original). O sea que la ha domesticado y convertido en divulgación. Da una impresión más que razonable de que está ocurriendo lo que denuncia Kundera justamente sobre Kafka en Los testamentos traicionados (en otra obra lo indica de Tolstoi o incluso de él mismo): la propensión de los traductores facilitar la lectura, o a incluir su interpretación en la urdimbre del texto mediante la modificación de palabras, giros, etc., o también la tentación de "embellecer" un texto (o sea, volverlo kitsch) mediante la supresión de cacofonías o palabras que se repiten -sustituir "musitó" por "dijo"-, sin pensar que estas puedan tener un valor expresivo deliberado. De hay que el "vibrar/vibrante" de la segunda traducción, tan poco literario, probablemente sea más genuinamente kafkiano. Quién supiera idiomas.

sábado, 3 de abril de 2010

La infancia no recuperada

Es posible que sea cierto que hay novelas que son para leer en una determinada edad. No como principio general, sino adaptado a la idiosincrasia de cada uno. ¡Cómo me hubiera gustado Oliver Twist con trece o quince años! Cómo hubiera disfrutado cuando Oliver, tras tanta penuria, acaba por encontrar un ámbito de pura dicha con las Maylie. Cómo me hubiera identificado con delectación morbosa en la absoluta determinación de Oliver, casi abyecta, de complacer a sus bienhechoras en todo momento. Cómo hubiera querido pertenecer a la pequeña comunidad, casi falansterio de clase alta, que se crea en torno al huérfano. Cómo hubiera deseado, en definitiva, que la felicidad no acabara nunca, que la novela se estancara cuando Oliver ya no tiene que preocuparse por nada más y pasa a ser un personaje pasivo... (no sé si es un gusto peculiar, pero de pequeño me encantaba leer pasajes felices, y los cambios de fortuna me producían pereza: creo que podría haber leído una novela sobre nada salvo acontecimientos favorables para los protagonistas; por eso me gustó tanto El pequeño Lord de Frances Hodgson Burnett. No está mal como materia de reflexión psicoanalítica).

Leída hoy, puedo entender cómo, a pesar de ser uno de los títulos más famosos de Dickens, si no el que más, no suela figurar en las listas canónicas de sus mejores obras (a diferencia de, por ejemplo, David Copperfield o Grandes esperanzas). La trama -engordada artificialmente, porque en resumen es mínima- resulta melodramática en el peor sentido del término, disparatada y completamente inverosímil. La crítica social es tan ñoña y grosera que parece que busque más contentar conciencias hipócritas -nadie puede estar de acuerdo con la extremosa crueldad de las autoridades del hospicio- que realizar una verdadera denuncia. El estilo de Dickens, dichararchero, jovial y algo campanudo -no me extraña que le gustara tanto a Galdós-, a veces es ameno y a veces cansino (por cierto, otra cosa que hubiera disfrutado en mi infancia: de ese estilo -tan "literario"- y del continuo salto por parte del narrador omnisciente de un personaje a otro, indicándolo además: "dejamos ahora al judío para ver qué estaba haciendo en ese momento Nancy..."). Y el uso continuo que hace de la ironía en su forma retórica más ortodoxa, esto es, diciendo lo contrario de lo que se pretende, sobre todo al principio de la novela, se hace directamente cargante.

Con todo, algo hay de verdad en el incendio de teatro de Oliver Twist: apetece seguir leyendo para ver en qué queda la cosa, aun cuando se vea venir (prerrogativa del melodrama, supongo). Y uno, como en la infancia, se sorprende emocionado en algunos pasajes, como el encuentro entre Nancy y Rose, o implicado de veras durante la escena vívida, magistralmente narrada, puesta ante los ojos, del acoso final a Sikes. Y lo cierto es que se cierra el libro con la impresión de haber estado dentro de un mundo, es decir, de una novela.

viernes, 26 de junio de 2009

Mario Vargas Llosa en Granada

Son días de mucho trabajo: corregir exámenes, presentar memorias, propuestas de proyectos de innovación docente... No obstante, tuve tiempo de acudir a la entrevista de "El intelectual y su memoria" que le hicieron a Mario Vargas Llosa en una hora y lugar intempestivos (el complejo Triunfo de la Universidad, a las 9:30, cuando suelen ser en la Facultad de letras y a mediodía; aún me pregunto por qué), un día antes de investirlo Doctor Honoris Causa).

El planteamiento del acto también fue novedoso: lo normal es que la entrevista esté preparada por el presentador/acompañante, en este caso el profesor Ángel Esteban. Sin embargo, éste realizó tan sólo una pregunta incial y dejó el resto al público, por lo que aquéllo fue un auténtico coloquio. Esto puede ser muy peligroso, pero he de decir que la cosa salió bien, y que el acto resultó ameno e interesante.

Como era de esperar, hubo preguntas sobre literatura y sobre política. Sobre la segunda, me pareció especialmente interesante la que le hicieron acerca de unos disturbios indígenas en Perú en los últimos días (o semanas), de los que debo reconocer humildemente que no tenía noticia, en donde al parecer ha habido decenas de muertos. Con su claridad y su talante librepensador habituales, Vargas Llosa dijo que pensaba que en este caso se había producido una de las paradojas habituales de la Historia: el motivo de éstos eran unas leyes para regular la selva que habían sido interpretadas como una amenaza a la pervivencia de las comunidades indígenas. La virulencia de los disturbios, donde la mayoría de muertos han sido policías salvajemente mutilados -aunque también han muerto indígenas por las cargas-, había conseguido que el gobierno, asustado, se retractara de su aplicación. Sin embargo, Vargas Llosa opinaba que aquellas leyes protegían por fin de facto a las comunidades indígenas, que no poseen las tierras por ley sino por tradición, regulaban aquel territorio y permitían las inversiones y la prosperidad frente al narcotráfico, dueño actual de la zona. Que los indígenas, alentados por el populismo anticapitalista tan propio de Iberoamérica, habían obtenido una derrota tras la apariencia de un triunfo, contribuyendo a perpetuar su estado de indigencia.

Acerca de la Literatura, fui muy curiosa e hilarante la historia de la publicación de su primera novela, La ciudad y los perros. Tras diversos rechazos, Carlos Barral se avino a publicarla, sugiriendo presentarla al premio "Biblioteca breve" (que ganó) para, por el prestigio, presionar a la censura. Vargas Llosa no creía que una novela así pudiera pasar ésta, pero, aparte del premio, se realizó una campaña a su favor de gente no demasiado lejana al régimen entre los que figuraron, por ejemplo, José María Valverde. Al final sólo le censuraron ocho palabras. Y allá que fue el autor a una oficina ignota a discutirlas. Una de ellas era el adjetivo "cetáceo" atribuido al vientre de un coronel: "vientre de cetáceo". Contó Vargas Llosa que, por hacer una broma que lo congraciara con el censor, propuso cambiar "vientre de cetáceo" por "vientre de ballena". Y para su absoluta sorpresa, el censor repuso que sí, que si era de ballena estaba bien. Otra era "burdel", más que nada porque era el capellán (único religoso que aparecía en la novela) el que lo frecuentaba. Por probar, Vargas Llosa sugirió cambiar a "prostíbulo". Y al censor también le pareció bien, porque esa palabra no la entendía tanta gente... Y así fue cambiando todas las palabras por sinónimos. Podéis imaginar las carcajadas del auditorio cuando contaba esto. Luego añadió que, en Perú, los militares hicieron una quema pública de la novela pero no se les ocurrió prohibirla (quizá ni siquiera sabían que podía prohibirse una novela). El resultado fue que ésta se convirtió en un best seller, porque todo el mundo quería saber por qué la habían quemado los militares.

miércoles, 10 de junio de 2009

Ojos azules

Ojos azules es un cubito de caldo concentrado de Pérez-Reverte. Una pura decantación de Pérez-Reverte. Esto quiere decir que, a quien no le guste Pérez-Reverte, que ni se acerque al libro, y, a quien le guste mucho, que vaya de inmediato a hacerse con uno porque va a pasar un rato estupendo, si bien brevísimo: uno de los claros inconvenientes del libro es que es un descarado artículo de lujo a costa de la firma de éxito del autor: es un cuento de la extensión de los que regala la Rober, sólo que ilustrado y encuardernado en tapa con sobrecubierta al precio de 14 €. Las ilustraciones, por cierto, obra de Sergio Sandoval, tienen una técnica impresionante, pero las encuentro un punto cursis.

A la obrita la precede un magnífico prólogo de Pere Gimferrer, de gran perspicacia crítica (y que aporta cierto relleno de decoro). Tanto es así que voy a limitarme a copiar aquí un fragmento de éste que permite hacerse una idea cabal de lo que puede encontrarse en el relatito o miniatura, como no tiene más remedio que admitir Gimferrer:
Miniatura magistral de la escritura de Pérez-Reverte, Ojos azules me trae a la memoria cierta frase de Emerson que solía recordar Borges: comprendiendo un momento de la vida de un hombre podremos comprender toda su vida. Del mismo modo, quien lee Ojos azules no sólo percibe la vida entera del soldado que la protagoniza, sino el alcance y significación del extenso episodio épico en el que se inserta, y , en otro sentido, la dimensión de toda la numerosa, variada y rica trayectoria narrativa de Pérez-Reverte, cuyas virtudes compendia especularmente y espectacularmente en un admirable microcosmos (pp. XII-XIII).
Otra referencia interesante en el prólogo es al empleo deliberado de un registro actual y coloquial, huyendo de la tentación, absurda ya, de intentar remedar el habla de la época mediante arcaísmos etc. y que justifica muy bien la decisión de Reverte, extensible a sus otras crónicas históricas más o menos noveladas.

A mí es éste el Reverte que me gusta, y me gusta mucho: el que narra de manera suelta e informal aspectos de la historia; el de La sombra del águila, Territorio comanche, Cabo Trafalgar y la magna, excelente crónica Un día de cólera. Ello frente a sus novelas "grandes" o "serias", donde creo que resulta más forzado y encorsetado, no exento de tópicos y estereotipos sin ironía; donde trata de comunicar con subrayado excesivo una determinada idea a priori, casi siempre moral y donde sobran bastantes páginas... (Y, no obstante, su última novela, El pintor de batallas, constituye una excepción: se ha descolgado con una novela muy seria y precisa, sin retórica hueca, de calado más profundo pero que no renuncia a la trama. Si se trata de un punto de inflexión, como ya apunté Reverte está cogiendo hechuras de clásico.)

Por cierto, no terminaba de entender a qué el título de la obra: se comprende justo al final, aunque, la verdad, en el fondo tampoco hay que ser muy perspicaz para comprenderlo aun antes.

sábado, 6 de junio de 2009

Esperando a Godot

El sábado 30 fue el último concierto de la temporada de la OCG, uno familiar en el que participaba el coro. Después de éste había una reunión de representantes del coro con los de la orquesta en el hotel Saray. Rafael se quería quedar. Al final, en lugar de marcharme a casa o a alguna otra parte, yo también decidí quedarme en el hotel a esperarlo, leyendo. Rafael me dejó sus cosas, entre las que se encontraba Esperando a Godot, que es lo que estaba leyendo él en ese momento; decidí releerlo. Me atrae mucho esa idea de un tiempo muerto donde se lee una obra breve completa. Y así, a pesar del ruido circundante (el resto de mesas estaban ocupadas, y además había una boda), me sumergí en la lectura. Fue una experiencia intensa y gratificante: a pesar de la dificultad y de la abstracción de la obra, el entorno se difuminó y asistí al desenvolvimiento de esta experiencia desasosegante y moderna. Mientras leía estalló una tormenta en la calle. La verdad es que todo contribuía a generar la atmósfera precisa.

No me extraña que Beckett sea uno de los autores favoritos de Adorno; tiene todas las características de lo que éste esperaba de la obra literaria: por ejemplo, que ésta sea como la música, una abstracción cargada de sugerencias, imposible de dotar de un sentido concreto; y, en efecto, es inútil tratar de encontrar, no ya un sentido, sino cualquier sentido a Esperando a Godot: como la música, y a pesar de los referentes inevitables a la lengua, el discurso es una pura sugerencia que estalla en muchas direcciones, sustentado tan sólo en un ritmo y una estructura. Pero no sólo eso: la sugerencia o expresividad de la obra de arte tiene que ser difícil y dolorosa, mostrar la angustia del mundo. También ocurre esto en EaG, donde todo es tristeza, angustia, absurdo apenas mitigado por unas gotas de compasión y de compañerismo: así se convierte, como quería Adorno, en un foco genuino de resistencia negativa que, en su no sentido, se niega a ponerse al servicio de nada, es un puro fin en sí misma que, sin embargo, con su expresividad angustiosa, grita verdades, no por imprecisas, menos necesarias.