domingo, 14 de noviembre de 2010

10 (x25) Reglas para escribir ficción

El martes me marcho a Dinamarca a un Congreso sobre la Guerra Civil Española en la ficción de la última década. Voy a hablar acerca de las dos películas de Guillermo del Toro sobre el particular: El espinazo del diablo y El laberinto del fauno. Como todavía tengo bastantes cosas que hacer, a falta de algo mejor, es un momento excelente para colgar un enlace muy interesante que encontré hace tiempo. Parece ser que The Guardian preguntó a 24 escritores norteamericanos por 10 reglas para escribir ficción, con el pretexto de que Elmore Leonard había publicado un libro con las suyas. Un alma caritativa anónima las tradujo y las colgó en Internet. Creo que encontré esto a través del diario de Arcadi Espada. Las reglas irónicas (la mayoría) suelen ser ingeniosas y divertidas; las serias, interesantes, incluso útiles. Hay escritores muy prestigiosos (por ejemplo, Margaret Atwood, Colm Tóibín, Richard Ford, Joyce Carol Oates...), y otros que no conozco. Estoy seguro de que os interesará.

10 Reglas para escribir ficción

domingo, 7 de noviembre de 2010

París. Día primero: La Shakespeare and Co (II)

Todo el piso de arriba estaba ocupado por libros antiguos. Cogí uno al azar: era una miscelánea de ensayos de Hazlitt. Aparte de un par de personas curioseando como yo, en la habitación del piano había una chica sentada en el camastro que no tenía almohada; en la habitación de la ventana había otro señor de unos cuarenta años, sentado en un sofá de cuero negro empotrado en la pared. Ambos, chica y señor escribían en sus respectivos Moleskines. No pude evitar una cierta sensación de vergüenza ajena. Es el problema de este tipo de lugares. Como cuando estás cerca de un escritor admirado, por ejemplo en una firma de libros. Tú lo has leído, conoces literariamente a ese autor y te sientes con derecho (querrías) establecer una relación con él de tipo personal (que fuera un amigo, vaya). Entonces ves en la cola de firmas a otras personas como tú y comprendes que ellas se sienten con el mismo derecho (y en realidad lo tendrían); y para colmo todos somos para el autor lectores iguales e indistintos que le dicen más o menos las mismas cosas mientras le decimos nuestro nombre, que no conoce, para que lo incluya en una dedicatoria impersonal. Con los sitios importantes ocurre lo mismo. Voy a un lugar y, porque sé (poco), querría ser diferente, querría entablar una relación personal y única con el lugar en cuestión,  hasta que me encuentro con otra gente que está allí y que también sabe. Uno querría ser diferente, pero todos quieren serlo. La única salida digna que se me ocurre es merodear por el lugar tratando de pasar lo más desapercibido posible, aprehendiendo alguna que otra percepción o sensación —y asumiendo que la mayor parte de ellas serán, probablemente, autoinducidas— de la forma más privada posible. Lo contrario, lo que hacía esa gente ahí, gente incluso ya de cierta edad, remedando a grandes escritores que escribían o leían ahí por simple falta de medios y que si hubieran dispuesto de la habitación de un hotel o de un apartamento razonable no lo hubieran hecho, me parece de una increíble, pretenciosa ingenuidad. No obstante, luego pensé que quizá realmente esas personas se sentían parte de una tradición y que a lo mejor realmente estar allí les inspiraba y les ayudaba a trabajar. Por qué no. Quizá si yo tuviera que vivir un tiempo en París, por ejemplo en una estancia, quizá no iría allí a escribir, pero sí a leer. Desde la habitación con la ventana a la fachada, oí el piano. Una canción neutra, facilona. Acudí a ver quién tocaba. Era el muchacho alto que había estado leyendo abajo las cartas de amor de Dylan Thomas.

Salimos de la librería. Era de noche. En ese momento me di cuenta de que la Shakespeare and Co estaba abierta hasta horas intempestivas. Me sentía muy contento, con una emoción razonablemente genuina. La librería sin duda conservaba una cierta aura, lo que quizá no es difícil en un lugar donde hay estanterías repletas de libros. Quizá también por la hora, o porque se notaba que la gente que la ocupaba eran lectores. Rafael me comentó que era el sitio más gafapastoso que había estado, y no pude por menos que darle la razón. Enfilamos de vuelta al piso cruzando el río, por la rue de Rivoli, hasta entrar en el Marais. Todavía estuvimos a tiempo de pasar por la Place des Vosgues que, a oscuras, sólo revelaba sus edificios regios e  iguales rodeando a una masa negra y uniforme de bosque rodeada por una reja de agujas de oro.

lunes, 1 de noviembre de 2010

La nueva temporada del Alhambra

Se me acumulan las cosas por hacer y el blog se me resiente sin que por ello, ay, parece que despeje el cúmulo de tareas. En fin. Aquí -mínimo hilo de continuidad- enlazo la crítica de la primera obra de la temporada de este año del Teatro Alhambra a la que hemos ido: María Estuardo, de Schiller. La foto, Magnífica, de Rafael


El poder de las palabras y las palabras del poder

domingo, 17 de octubre de 2010

París. Día primero: La Shakespeare and Co (I)


Volvimos a cruzar a la orilla izquierda del Sena y desandamos el camino. A la altura de Notre Dame, a mano derecha, al otro lado de la calle, entreví una librería. Cuando busqué cómo se llamaba no podía creerlo: ¡Era la Shakespeare and Co! Yo creía que estaba en St-German-des-Prés, justo una calle más abajo, no en la ribera del Sena. Pero cuando nos acercamos, no había duda: era la librería de Sylvia Beach, la de Joyce, Hemingway… Entramos. En efecto, era una librería inglesa (todos los libros que alcanzaba a ver estaban en inglés), vieja, con olor a libro viejo, destartalada, irregular, estrecha (había que ceder el paso a los otros ocupantes al cruzarse con ellos), atestada de libros: perfecta. En los rincones libres y alrededor de los dos mostradores, tenía fotos de sus viejas glorias. En una vitrina sobre el mostrador central (en ángulo frente a la puerta, como la quilla de un barco) había algunos ejemplares antiguos de Hemingway, Stein o Joyce. Otra cosa curiosa en que no había reparado hasta entonces: era ya tarde y, sin embargo, la librería estaba abierta y había gente deambulando por ella.

La recorrí mirando aquí y allá, reconociendo algún título suelto (me pareció que había muchas obras de Martin Amis) pero sin poder fijar la atención. Al fondo, tras una cortina ajada, descorrida, en un pequeño ensanche, un muchacho alto estaba desparramado sobre un sillón, leyendo (no hojeando como quien duda si comprar o no) las cartas de amor de Dylan Thomas. Pasado este descansillo se giraba la izquierda y, tras otro breve pasillo, podía girarse a la derecha (la librería es una estrechísima irregular U), o bien subir por unas escaleras. Subí. Por toda la pared de la escalera estaban dibujados de forma tosca y naif, enmarcados en óvalos,  los principales autores en lengua inglesa vinculados de un modo u otro con la librería, o más bien con París a principios del siglo veinte: Edith Warthon, Hemingway, Joyce, Gertrude Stein, Djuna Barnes, Henry Miller…; también estaban Scott Fitzgerald y la generación beat; lo cierto es que me gustó verlos allí. En la segunda planta, más estanterías por todas partes. Aquí los libros que había parecían claramente ser libros viejos. La escalera desembocaba en una sala con una ventana al fondo: la de la fachada del primer piso. Antes de entrar en ella, a mano izquierda, había un diminuto cubículo de paneles —no se podía entrar de pie—, ornado con una ristra de luces, como las de los árboles de Navidad, en cuyo interior había un asiento y una vieja máquina de escribir. Un cartel invitaba los visitantes a escribir en ella si lo deseaban. A mano derecha, justo antes del cubículo de la máquina de escribir, en recodo, se abría otra habitación. En dos de las paredes, encajonados entre estanterías, se escondía sendos camastros, no muy limpios, uno de ellos con su almohada, como listo para acostarse. Entonces recordé que Terenci Moix cuenta en sus memorias que se podía pasar la noche en la Shakespeare and Co (no recuerdo si había algún tipo de requisito para ello, vinculado con la literatura) y que él mismo pernoctó allí un tiempo, cuando se fue a París en plan bohemio. Supuse que la cama sería algún vestigio de aquella tradición. En la sala también había un piano de pared, empotrado entre estanterías, haciendo esquina con el camastro. También había un cartel que invitaba a tocarlo.

sábado, 9 de octubre de 2010

Salinger



Salinger es uno de esos escritores (otro buen ejemplo es Borges) que vuelve una y otra vez sobre los mismos temas y lo hace, además, de la misma forma. Esto, al menos, deja las cartas sobre la mesa para el lector: puede decidir tras una cata breve que no necesita leer sus obras completas (y lo más probable es que con cierta irritación), o bien se hace admirador de él una forma personal, esto es, esperando justamente las reiteraciones, consciente de los defectos, e incluso por —o al menos con— esos defectos. En mi caso, sin irritación, tengo que decir que con El guardián entre el centeno y los Nueve cuentos, ya he tenido bastante como para hacerme una idea. Pero puedo entender, aunque a mí no me interese mucho, por qué a tanta gente le gusta y es considerado un autor de culto.
Salinger siempre habla de lo mismo: de personas que tienen algún grado de excentricidad y por ello son capaces de percibir, desde un punto de vista enajenado y melancólico, la anormalidad que subyace bajo las convenciones y los usos sociales normales. Bien se trate de niños o adolescentes que aún conservan una mirada prístina, genuina, y que se resisten a entrar en el mundo adulto, al que los abocan sin remedio; bien se trate de adultos que, por algún tipo de trauma (en los nueve cuentos casi siempre es haber participado en la guerra) han quedado descompaginados y perplejos ante lo que antes era su mundo cotidiano. Desde el punto de vista formal, Salinger también utiliza siempre los mismos recursos (y hay que decir que los utiliza muy bien): o nos encontramos con narraciones en primera persona, donde quien narra es el personaje excéntrico, y de ese modo nos aporta su peculiar punto de vista sobre el mundo, casi siempre mediante un lenguaje coloquial y un tono sarcástico que en el fondo desvela un profundo desvalimiento; o hay un narrador omnisciente que, a la manera de Hemingway, se limita a narrar acciones o a describir detalles externos, materiales, objetivos, y a reproducir diálogos, de forma que es el lector quien debe decidir qué está sucediendo tras ese acopio de hechos, casi siempre triviales (que un personaje añora la vida que pudo tener si hubiera tomado otras decisiones, o que se está enamorando, etcétera.) Esta es, quizá, la gran virtud de Salinger como escritor, y un recurso que, en estos tiempos en los que los escritores tienden a dar demasiadas explicaciones, habría que estudiar e imitar. Cómo el lector puede comprender qué está sucediendo y cómo son los personajes en relatos como "Un día perfecto para el pez plátano" o "Linda boquita y verdes mis ojos" a través de las conversaciones entre éstos y los gestos triviales, sin asomo de simbolismo fácil, que realizan mientras hablan (casi siempre por teléfono, además) es de una maestría envidiable.

Imagino que lo que les gusta a los fans de Salinger es identificarse con el punto de rebeldía original y tierna de los protagonistas. Saberse diferente en un mundo adocenado. Eso, claro está, es lo que no me gusta a mí. Es posible que en los tiempos de la publicación, la actitud de los personajes fuera genuinamente rebelde y original. Luego (también como sucede con Borges), han salido tantos imitadores y admiradores de estos rasgos, que uno que, inevitablemente, ha leído a veces antes a los discípulos degradados que al maestro, ya no puede, ay, evitar poner a éste también bajo sospecha de cierta cursilería.

domingo, 3 de octubre de 2010

Reinauguración del Auditorio Manuel de Falla

Por fin ha vuelto a abrir el Auditorio. Lo hizo con la OCG, progrma, como no, de Falla, y Estrella Morente como guest star. Fuimos con invitación del Granada Digital, a cambio de crónica del acontecimiento y foto de Rafael. Aquí os dejo el enlace a ambas. La crónica tiene su puntito de pimienta.

Y la música volvió a su casa de Granada

sábado, 2 de octubre de 2010

París. Día primero: Paseo por la tarde


Tras la siesta de casi dos horas, estábamos preparados para salir otra vez. Volvimos hacia el centro por el mismo camino que por la mañana: Bd. Beaumarchais, Bastilla, Bd. Henri IV hasta llegar a la Île St. Louis. Pero esta vez, en lugar de entrar en la Isla, seguimos por el pont du Sully, en cuyo centro hay una enorme imagen, de apariencia fascista, envuelta en su propio, rígido ropaje como de una virgen (más adelante supimos a quién representaba y quién la había hecho). Nos asomamos un momento al patio del Centro de Estudios árabes para ver la bonita fachada, que aúna estética orientalista y alta tecnología: imita un artesonado árabe, o una celosía, pero en realidad son placas cuyas aberturas circulares se abren y se cierran por un sistema de células fotoeléctricas en función de la luz. Todo parece indicar que no funcionan, quizá por fidelidad de la tecnología al modelo estético.

Por la ribera izquierda del Sena, pronto vimos el lateral de Notre-Dame que da al norte. La vista, entre la arboleda del muelle, era verdaderamente preciosa bajo un cielo encapotado. Para cuando llegamos al Pont au Change comenzó a llover con fuerza. A mí no me gusta que me llueva, y sólo llevaba un minúsculo paraguas de bolsillo, pero lo cierto es que me alegré. Las calles se habían quedado casi sin gente. Volvimos la vista para ver la fachada principal de Notre-Dame y tuvimos nuestra estampa: la plaza desierta y la catedral tras una lánguida cortina de agua: por supuesto, la naturaleza imita al arte.

Seguimos disfrutando del paseo por el centro casi desierto de París bajo la lluvia. Llegamos al pont Neuf. Lo cruzamos empapándonos de las vistas a uno y otro lado. A poniente el cielo encapotado se desgarraba y dejaba pasar una luz algo violenta de bronce, preciosa, justo para recortar la punta de la torre Eiffel a lo lejos. Entramos en la isla por su ribera norte. En la esquina de la Coniergerie, palacio de justicia, vimos una inscripción en latín en un reloj: El tiempo huye, la justicia permanece. Pasamos ante la fachada oeste del edificio, enorme, imponente, al estilo de París, con sus gigantes columnas clásicas estriadas. Después desembocamos en la plaza Dauphine: íntima, coqueta, las casas iguales, con el ladrillo visto rojo por entre los numerosos vanos; apenas si se distinguían de las diferentes, más modernas, bajo el cielo encapotado y la falta de luz. El piso era de tierra. Había un restaurante muy concurrido, con todas las mesas de fuera ocupadas a pesar del tiempo, junto a otro vacío.